LIAM
Para ser médico no puedes ser aprensivo y hay que mantener la sangre fría veas lo que veas y te encuentres en el quirófano lo que te encuentres.
Cuando vi a Ray tendido sobre la cama, supe que no estaba dormido y me pregunté de nuevo si había cometido alguna locura.
Así que me acerqué con rapidez y le tomé el pulso en primer lugar.
Ahí estaba, muy débil, pero latiendo que era lo importante.
El cuarto olía como una destilería de alcohol y supuse que se podía tratar de un coma etílico por el número de botellas vacías que había tiradas por el suelo.
—No te has podido tomar cuatro botellas de whisky.
Mi temor era que hubiera intentado suicidarse tomándose las pastillas que le mandé, que eran lo suficientemente potentes como para acabar con su vida si se tomaba más de la cuenta.
Y entonces las vi…
La tableta que le di estaba a su lado, completamente vacías.
—Mierda, mierda, Ray, ¿qué coño has hecho?
Le di la vuelta en la cama, agradeciendo que pesase tan poco a pesar de ser casi igual de alto que yo.
—Ray, Ray…
Lo sacudí para intentar despertarlo, pero no lo conseguí.
No sabía el tiempo que llevaba así, ni cuantas pastillas se había tomado, o si era o no demasiado tarde para que las vomitase. Desde esa habitación, apenas tenía ningún medio para un lavado de estómago, así que le metí los dedos en la garganta y le apreté la lengua para obligarlo a vomitar.
—Vamos, vamos… tienes que echarlo todo.
—Ray…vamos despierta.
Nada.
Seguí llamándolo mientras seguía le provocando el vómito, y después de varias arcadas en seco, conseguí que vomitara sobre el suelo un montón de whisky, que al parecer, era lo único que tenía en el estómago.
Se quejó mientras seguía vomitando whisky con jugos gástricos, y entonces, las vi, cinco pastillas a medias de digerir, fue lo último que conseguí que vomitara.
No había despertado ni después de vomitar todo el contenido del estómago, así que decidí sacarlo de ese estado antes de que las pastillas —lo poco que ya se hubiera disuelto— empezaran a hacerle efecto.
—Ahora vamos a ir caminando hacia la ducha, ¿me oyes?
Lo puse en pie y lo sujeté con un brazo bajo las axilas para intentar que colaborara. Era un peso muerto, aunque estaba delgado, pesaba lo suficiente como para hacerme apretar los dientes y sacar fuerzas de donde no tenía, para evitar que los dos cayéramos al suelo.
—Mierda puta, Ray. Despierta de una puta vez y camina, o te llevaré arrastrando de esos pelos de loco que tienes, joder.
Nada, ni se inmutó.
Lo medio arrastré desde la habitación intentando no pisar su propio vómito para meterlo bajo la ducha e intentar así que se despertara.
—Mierda, como pesas —bufé por el esfuerzo. y le grité de nuevo en el oído para intentar que reaccionara— esta me la vas a pagar por gilipollas. ¿Te enteras?
Lo oí gemir y vi que intentaba mover los pies. Un mínimo movimiento que me indicó que no todo estaba perdido.
—Eso es, intenta caminar, vamos o te dejaré en la nieve para que te congeles y te coman los lobos.
—Déjame —susurró en mi oído.
—Ni lo sueñes. Sigue caminando o no tendré piedad contigo.
Diría lo que fuera para que se centrase en mí y no se dejase llevar por todo el alcohol que aún tenía en la sangre y las pastillas…
Eso era sin duda lo que más me preocupaba.
Llegué a la ducha y la regulé para que no saliese congelada, o le podía dar algo por la impresión, pero era lo que este estúpido gilipollas se merecía.
Lo solté en el plato de la ducha y abrí el agua lo suficientemente fría para que la sintiera. Prefería curarle un constipado a que se me muriera en los brazos. Ya había visto suficientes muertos por el resto de mis días. Gracias.
Bufó cuando el agua fría le cayó sobre la cara, y, apiadándome de él, moví el brazo de la ducha para que le cayese sobre el cuerpo y no se ahogase. Era lo que me faltaba, que muriese ahogado cuando intentaba salvarlo.
—Joder —murmuró intentando quitarse el agua fría de encima.
—Te aguantas —dije mientras salía del baño dejándolo a remojo como a la ropa sucia. Lo que iba a prepararle iba a ser peor.
Me fui a la cocina mientras lo oía gruñir desde el baño. No estaba lo suficientemente espabilado para poder levantarse solo, pero el agua fría lo ayudaría a salir de la inconsciencia. Haber vomitado parte del whisky y las pastillas, también, pero no pensaba dejarlo hasta que estuviera más repuesto.
Me fui a la cocina y preparé café bien cargado. Luego empecé a encender la chimenea sin dejar de oír las quejas y gruñidos que provenían del baño.
Apolo gimió, como si sintiese lo que Ray estaba sufriendo ahora mismo.
—Que se aguante por gilipollas —dije al perro, que se removió inquieto y luego se asomó al baño a vigilar a Ray. Gimió desde la puerta y eso consiguió que me apiadara de él.
—Enciendo el fuego y lo saco de allí, lo prometo.
Y eso me quedé haciendo, pensando en lo que iba a pasar con él de ahora en adelante.