RAY
A pesar de que la pasta estaba realmente buena y me moría de hambre, apenas pude llevarme a la boca más de tres o cuatro tenedores de pasta, cuando mis nauseas volvieron con más fuerza que antes.
—No puedo —me llevé la mano a la boca— de verdad que no.
—Vale —me tomó la mano para que no me levantara de la isla— intenta respirar con calma y no pienses en eso. Verás como tus nauseas se pasan.
Tragué saliva y cerré los ojos obligándome a respirar como me estaba indicando. Me apetecía volver a vomitar tanto como que me arrancaran las uñas con unas tenacillas.
¡Qué mal me sentía, joder!
Mientras me concentraba en respirar sentía su mano sujetando la mía y me centré en esa sensación.
El tacto de sus manos era áspero, por los muchos cayos y durezas que tenía, contra la suavidad de las mías, que indicaban que era un urbanita y que nunca hacía trabajos con ellas.
Sus manos también eran más grandes que las mías.
Recordé que Avery siempre decía que tenía manos femeninas.
Me vino a la mente también lo que se decía de los hombres con las manos grandes, que su polla también tenía que ser…
Muy mal, Ray, deja de pensar en su polla. Ese comentario echo a mí mismo me hizo sonreír y me di cuenta de que se me habían pasado las náuseas. Él también lo notó.
—¿Estás mejor?
Abrí los ojos y me encontré con sus ojos oscuros mirándome con atención. Me obligué a soltarme de sus manos, avergonzado de que se pudiera dar cuenta de que me había quedado pensando en el tamaño de su…
No se la mires, no se la mires…
Me eché hacia atrás en el banco de la isla y me alejé de él. Menos mal que estaba sentado al otro lado de la isla, así me aseguraba de que mis ojos no se fijaran en nada que estuviese por debajo de su pecho.
Llevaba una camisa de cuadros azules, de leñador, por supuesto, y debajo una camiseta negra y parecía estar encantado con su propio cuerpo.
Yo, por el contrario, me sentía como si me hubiese masticado una vaca y me hubiese escupido después.
Me aparté el flequillo mojado de la cara sin querer pensar en las babas de una vaca cuando masticaba. ¡Qué asco!
Asentí, pero alejé el plato en clara indicación de que no pensaba comer nada más.
Él se quedó comiendo sin volver a mirarme.
Aunque la educación me decía que debía quedarme en la mesa con él hasta que terminara de comer, me levanté y me arrastré hasta el sillón que estaba a menos de tres pasos de distancia, y allí me quedé.
Tumbado bocabajo ante el calor de la chimenea.
Lo último que sentí antes de dormirme de nuevo, fue a Apolo que se subió al sillón para acurrucarse a mi lado.
No tuve fuerzas de decirle que no me gustaba que los perros se subieran al sillón.
***
Me desperté desorientado y con dolor de cuello. No me había movido desde que me tumbé hacía ya un buen rato, por la oscuridad que había en la cabaña.
Apolo seguía roncando, tumbado a mi lado y me había encajado en el fondo de los cojines, donde apenas me podía mover.
—Quita, joder —intenté empujarlo para que se quitara y me dejara moverme, pero nada.
El condenado pesaba igual que un muerto.
Intenté apoyarme sobre mis brazos y elevar el cuerpo para intentar pasar por encima del perro dormido, pero tenía tan poca fuerza que acabé tumbado encima del perro, que se despertó de golpe y chilló como si lo hubiese atropellado un camión.
Intentó levantarse para que me quitase de encima suyo.
y como no pudo con el peso de mi cuerpo, volvió a chillar más fuerte todavía.
¿Alguien ha intentado sujetar un pez vivo que no deja de coletear para salvar su vida?
Pues así me sentía yo tumbado sobre el perro que se removía como un puto salmón debajo de mí.
—Deja de chillar que no te estoy haciendo nada, joder. —Solo me faltaba que su dueño pensara que estaba maltratando al perro.
Como no podía ser de otra manera, el perro me desequilibró y terminé cayendo al suelo con un fuerte golpe que me sacó el aire de mis pulmones.
—¡Ay, joder! ¿por qué eres así?
—¿Qué hacéis los dos en el sillón? Bueno, ¿qué haces tú en el suelo?
Podía oír la risa de Liam que debía estar viéndonos desde algún lugar.
Conseguí incorporarme hasta quedarme sentado mientras el animal se bajaba de un salto y me miraba con rencor en sus ojos perrunos.
Juro por dios que el puto perro me miraba como si lo hubiese agredido físicamente.
¿Por qué me pasaban ese tipo de situaciones continuamente?
Me lo encontré mirando la tele, sentado en el extremo del sillón donde yo acababa de despertarme. Lo miré, todavía adormilado y con la mente nublada por los restos del alcohol.
—¿Qué haces? —no me levanté del suelo. No podía hacerlo, ni aunque me lo propusiera con todas mis fuerzas.
—Ver la tele —me dijo por toda respuesta. Siguió con ello sin pararse a darme más explicaciones.
—¿No te piensas ir a tu casa?
No quería tenerlo aquí pululando todo el día. No sabía por qué, pero su sola presencia me conseguía poner nervioso.
Mis palabras debieron de molestarle, porque se volvió a mirarme. No supe descifrar lo que vi en sus ojos oscuros… ¿dolor, quizás? Fuera lo que fuese, consiguió que me sintiera mal al momento. Lo de hacerme quedar mal con solo una mirada lo estaba convirtiendo en un arte.
—De verdad que me sigue asombrando lo muy borde que eres. Pensaba que ya habíamos dejado eso aclarado.
Me avergoncé, porque era cierto. Ya me lo había dicho antes de morirme en el sillón a mediodía, y aquí estaba yo quejándome de nuevo de que quisiese quedarse conmigo después de lo mal que lo estaba tratando. ¿Se podía ser más miserable?
Me había salvado la vida. Me había cortado leña y me había ayudado infinitas veces sin quejarse demasiado de que yo lo hubiese arrollado como un puto tifón.
Avery solía decirme justo eso. “ Eres un puto tifón, Ray ¡Asolas por donde pasas y nadie te podrá olvidar! ”
Siempre había pensado que era un bonito piropo, pero con este hombre, no lo tenía tan claro.
—Lo siento, de verdad.
Bajé la vista, avergonzado. Él se acercó a mí con solo dar un par de pasos.
—Escucha, sé que no estás pasando por buen momento. Te prometo que no haré nada que te haga sentir mal y que me marcharé en cuanto el tiempo mejore.
Me di cuenta de que no quería quedarme solo. A mi pesar, tuve que reconocer que nunca me había gustado la soledad. Siempre había tenido conmigo o bien a Avery, o bien a un sinfín de personas que trabajaban donde yo estuviese. Incluso estaba siempre rodeado de los integrantes de mi grupo.
Yo tenía un problema con la soledad, de la que nunca me había conseguido hacer amigo.
No sabía estar solo y necesitaba la continua aprobación de los demás.
Me había venido a este lugar del mundo para intentar encontrarme a mí mismo, y me aterraba colgarme de mi vecino, que no hacía más que intentar cuidar de mí y yo no paraba alejarme.
—No quiero que te vayas —pensé que me iba a ser más difícil confesárselo, pero ahí estaban las palabras que de verdad me costaba reconocer— no me gusta estar solo. Por favor, quédate conmigo.
No dijo nada más. Solo asintió tras estudiarme unos minutos en silencio.
Pues ya estaba todo aclarado. Se quedaba conmigo, y por supuesto. Apolo, también.