RAY
Nunca he sido un hombre pudoroso. Al haber convivido siempre con gente y haber pasado noches enteras de desfases, pierdes el poco recato que puedas tener.
Los integrantes del grupo hemos hecho tríos, e incluso orgías en las fiestas y estamos hartos de vernos el culo y las pollas, así que ya no me asustaba por nada. Soy muy liberal en el sexo, y aunque me considero gay, también he mantenido sexo con algunas tías.
Avery siempre me decía que era un putón verbenero, y reconocía que tenía toda la razón.
Nunca nos hemos acostado entre los integrantes del grupo, para evitar luego riñas innecesarias, excepto con Connor, él siempre fue especial para mí, y tenía que reconocer que no era capaz de pensar en lo que le podía pasar a él también.
Lo último que sabía de él era que seguía en coma.
Me centré en el agua caliente de la ducha y sonreí al notar el interés que mostraron los ojos de mi vecino cuando me vio desnudo.
Cada vez me gustaba más, y además su ropa olía muy bien.
Me puse un pantalón cargo de él y una camiseta interior de manga larga…
¿térmica? sabiendo que me iba a quedar grande.
—¡Qué calentita!
Me coloqué una sudadera negra con gorro y olí de nuevo la ropa, no me pude resistir. Olía a suavizante y al olor que impregnaba su cabaña e incluso a él era muy agradable.
—Bien, allá vamos.
Me puse sus calcetines que era azules con globos aerostáticos amarillos.
—Muy discretitos, sí señor.
Me miré los calcetines con una sonrisa y salí descalzo. Había enjuagado las zapatillas bajo la ducha y las llevaba en la mano para ponerlas a secar ante la chimenea.
Allí estaba él, cocinando mientras tarareaba una canción que solo oía él.
Apolo levantó la cabeza cuando me vio acercarme a la chimenea para poner allí las zapatillas, y viendo que no interactuaba con él, bajó la cabeza para seguir roncando plácidamente junto al fuego. No se merecía perder tiempo conmigo.
—No las acerques mucho al fuego que se te pueden estropear. ¡Válgame dios que te perdieras esa obra de arte!
Obvié el sarcasmo y me señalé a mí mismo para mostrarle lo ridículo que estaba con su ropa un par de tallas más grande que la mía. Me sonrió a su vez. Intentando tranquilizarme.
—Estás seco que es lo importante. En la pasarela de París desfilas otro día—me indicó la isla de la cocina donde había puesto la mesa para dos— ¿cerveza o vino?
El olor de lo que estuviese cocinando me llevó casi flotando a su lado para meter la nariz y ver qué era eso que olía tan bien.
—¿Es pollo?
O eso parecía. Me desilusioné un poco, pensando que se iba a esmerar más. Yo estaba acostumbrado a ser el centro de atención y a que la gente se desviviera por contentarme. Bienvenido a la realidad.
—Sí, voy a hacer un arroz caldoso para chuparse los dedos —coge una cerveza de la nevera.
Él dio un trago a la suya mientras seguía removiendo el pollo para que no se le quemara.
—Vaya mierda de tiempo —dije, por decir algo mientras bebía un trago de cerveza después de que él me indicara donde tenía el abridor.
Yo odiaba la cerveza de lata, y la ropa mojada, y el calor pegajoso, y mil cosas más— ¿cuánto tarda la comida?
Me muero de hambre— solté, yendo de nuevo a olerla como si así pudiese conseguir que se terminase antes.
—Voy a echar el arroz y tardará unos veinte minutos o así.
Quita que eres capaz de quemarte —me apartó con la mano y lo vi calcular el arroz a ¿puñados?
¿en serio se hacía así? Y echarlo al guiso.
Me ofendí, porque yo me ofendía a la mínima, y me senté en la isla de la cocina enfurruñado. El hambre me ponía de mal humor.
—Toma —cogió una bolsa de patatas y tras ponerlas en un plato la colocó ante nosotros— veo que te ofuscas cuando tienes hambre.
—No es cierto —cogí un puñado de patatas y me las metí en la boca sin demasiado cuidado— yo siempre estoy ofuscado —reconocí en voz baja.
No quería contarle nada sobre mi vida, pero Liam siempre se había encontrado conmigo en momentos comprometidos, y no sé por qué quería darle otra impresión.
—¿Quieres hablar del motivo por el que estás aquí, en este lugar perdido donde está más que claro que no es tu sitio? No sé, podrías estar en un resort de lujo en las Maldivas, o en El Caribe, o en cualquier sitio exótico de esos.
Negué con la cabeza. No quería hablar de ello.
—Allí no me dejarían en paz los paparazzis.
Me estudió unos minutos sin apartar los ojos de mi cara.
—Sé que me suenas de algo y odio no saber de qué. ¿Por qué no empezamos diciéndonos quiénes somos y lo que nos ha pasado para estar aquí solos?
Iba a negarme de nuevo.
—Hablar de nuestras mierdas pueden hacernos sentir mejor, o eso me dijo mi psicólogo— viendo que no me atrevía a hablar continuó él— vale, empiezo yo.
Soy cirujano militar, y estuve unos años en la guerra de Irak, antes de derrumbarme y tener que retirarme por shock postraumático.
Algo muy común en los soldados que están en zona de guerra.
Estuve pensando en qué horrores habría visto para tener que dejarlo todo y huir a este rincón apartado.
—Soy el solista del grupo Tentations y… hemos tenido un accidente de coche donde murieron casi todos los integrantes del grupo.
Se me quedó mirando unos segundos sin decir nada.
—Vale, ahora te pongo cara —dio otro trago a su cerveza— estás mucho más delgado que la última vez que te vi en la tele, y tienes el pelo bastante más largo.
Antes lo llevaba más corto.
—Ese soy yo.
Y volví a beber cerveza sin saber qué más contar.