LIAM
No quería reírme, en serio que intenté no hacerlo, pero el pobre tenía completamente embarrada la ropa por detrás, y su famoso chándal, ese que debía costar más que toda mi ropa junta, le pesaba tanto que los pantalones se le bajaban solos por las estrechas caderas, así que se los sujetó con las manos, fulminándome con la mirada por reírme de nuevo de él como solía hacer cada vez que nos encontrábamos.
Pero es que era muy cómico de ver. ¿Es que este hombre no hacía nada en condiciones y todo acababa en situaciones comprometedoras?
Que no me quejaba, ojo, con tantas cosas que le pasaban había conseguido arrancarme más de una carcajada, y eso era mucho más de lo que me reía antes de conocerlo a él.
—Ni se te ocurra reírte —me soltó mientras entraba en mi cabaña con los pantalones sujetos.
—Jamás se me ocurriría algo semejante —intenté mantenerme serio, pero su mirada fulminante, aún me hacía más gracia.
—He venido a traerte esto – se sacó una botella de whisky del interior del abrigo. Había sido un milagro que no la rompiese por el camino.
—Vaya —me quedé muy sorprendido por su gesto que no me esperaba para nada— ¿a qué debo el placer de este regalo tan… inesperado?
—Bueno, Avery me ha convencido de que te agradezca lo pesada que ha sido contigo todo este tiempo.
Por un segundo, juré que había visto una especie de emoción en sus ojos, pero se esfumó con rapidez.
—¿Con que Avery, eh?
Lo vi mirar mi casa con curiosidad mientras yo ponía la botella en la isla de mi cocina.
—No sabía que las cabañas eran iguales —dijo él volviendo sus ojos grises a mí, tras revisarlo todo con curiosidad.
—Sí, Anka y su marido construyeron primero esta y luego decidieron construir la tuya, por eso es más nueva y tiene algunas comodidades más que la mía.
La nieve comenzó a caer de nuevo, pero esta vez con bastante más fuerza. De repente el cielo se oscureció y el viento comenzó a soplar con virulencia empujando la nieve como si estuviese enfadado con el mundo.
—Deberías quitarte esa ropa mojada o cogerás una neumonía.
Me miró parpadeando sin entenderme.
—Te dejo algo de ropa, pero quítate ese chándal mojado que tanto adoras.
—Ah, vale.
Me siguió hasta el baño.
—Con la que está cayendo ahora mismo, no vas a poder marcharte en un buen rato, así que puedes ducharte si quieres mientras te traigo una toalla limpia y algo de ropa, que te quedará grande, pero por lo menos estarás seco y caliente.
—Vale —no necesitó que lo animara demasiado. Se quitó las zapatillas chorreando agua mientras abría el grifo del agua caliente como si estuviese en su casa. No parecía ser demasiado remilgado y eso me gustó, no sabía bien por qué.
Con lo poco que parecía que me soportaba, me había extrañado mucho que viniese a mi casa a buscarme, por mucho que su amiga se lo hubiese aconsejado.
No me esperaba cuando llamé a la puerta del baño para entregarle la toalla y la ropa encontrármelo desnudo, como el día que vino al mundo.
Me miró, sorprendido, pero no hizo amago de taparse.
Tenía la piel como el azúcar moreno, y estaba bastante delgado, pero se marcaban los abdominales y el músculo de los bíceps cuando se movía.
Así que parecía haberse cuidado, por lo menos antes del accidente.
Estaba completamente depilado y su polla descansaba semi erecta entre sus piernas.
Aparté la vista, turbado porque lo que estaba viendo me gustaba más de lo que debía y estaba seguro de que mi vecino no se alegraría al enterarse de que me había excitado al verlo desnudo.
Uno que no es de piedra, y llevaba ya mucho tiempo entendiéndome con mi mano derecha, y echaba de menos un cuerpo de hombre donde calentarme.
—Te dejo la ropa aquí y la toalla.
Odié que mi voz sonara más ronca, pero me aguanté las ganas de carraspear o se daría cuenta de que me había afectado verlo desnudo.
—Vale, gracias. Mis calzoncillos están secos, así que me los volveré a poner, soy muy mío para guardarme mi polla, lo siento.
Negué con la cabeza ante su explicación, y salí del baño antes de volver a echarle una larga mirada, que era lo que de verdad me gustaría hacer.
—Estaré fuera. Voy a preparar algo para comer. Parece que no vas a ir a ningún sitio hasta que no pare el temporal.
—Vale —me gritó tras la puerta cerrada— ¿Qué hay en el menú?
—Espero que no seas de pico fino, porque no soy un restaurante pijo de esos a los que a los celebrities os gustan tanto— dije a la puerta cerrada.
Lo oí reírse y me fui a la cocina a preparar algo para comer, porque ver el cuerpo desnudo de Ray me había dado hambre, aunque de otro tipo.
—Vas a tener que conformarte —me dije a mi mismo.
Apolo me miraba desde delante de la chimenea como si hubiese perdido la cabeza.
—No preguntes. ¡Y no me juzgues!