Asuntos pendientes RAY
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RAY

Tener mi teléfono conmigo le dio un nuevo entretenimiento a mis días. Tenía Netflix y Amazon en la tele, así que no pregunté cómo lo había hecho Avery, pero con tantas series que ver y el móvil para comunicarme, los días tenían otro atractivo.

Había llegado esa tormenta que todos anunciaban y yo me dedicaba a ver la nieve caer tras la ventana, mientras dejaba los días pasar uno tras otro.

No veía ningún canal de noticias, aunque nos habían hecho un documental sobre nuestra meteórica carrera musical, que ni siquiera quise ver. Se estrenó días después de nuestro accidente de coche y me negué a verlo sabiendo todo lo que podía despertar en mí.

Avery había intentado que hablara con un psicólogo, aunque fuera por teléfono, pero me negué, necesitaba vivir el duelo a mi manera, vivir mi sentimiento de culpa como una herida abierta, era el mínimo castigo que me merecía por lo que les había hecho a mis amigos, qué digo amigos, eran mi familia, desde que empezamos juntos hacía ya tantos años.

¿Cómo debía sentirse una persona tras ser el culpable de la muerte de todos ellos?

Yo me atosigaba cada día y me recreaba en el dolor de mi corazón, aceptaba la pena y la culpa como justo pago por mi decisión.

Era un puto irresponsable, y vivir toda la vida atormentado por ello, era lo mínimo que me merecía.

Era una persona odiosa y no merecía que nadie me quisiera ni se preocupara por mí.

—¿Estás comiendo bien? —me preguntó Avery, que había vuelto a la rutina de llamarme todos los días.

—Sí, no seas pesada— era mentira. Comía el día que tenía hambre, que eran los menos, pero si se lo contaba, vendría en el primer vuelo disponible y no la quería tener aquí. Quería llevar mi duelo en soledad.

—Sabes que sé cuándo me estás mintiendo ¿verdad?

Maldita fuera por conocerme tan bien.

—Avery, lo estoy llevando como puedo, no me agobies ¿vale?

Me conocía lo suficiente para no volver a insistirme, o le colgaría el teléfono sin miramientos.

—Ray, estoy preocupada por ti.

Se me hizo un nudo en la garganta al oírla.

Era la única familia que me quedaba, y me sentía como una mierda la mayoría de los días.

Allí arriba tenía mucho tiempo para pensar en todo, no solo en lo que había hecho, sino en lo que iba a ser de mi vida de ahora en adelante.

Solo tenía treinta y un años, y mi vida y mi carrera musical estaban acabadas.

—¿Qué voy a hacer ahora Avery? —me eché a llorar porque sí, porque ella siempre había sido mi mejor amiga y mi confidente.

—Ay, Ray. La vida sigue —ya, ya lo sabía— apenas tienes treinta y un años y, toda la vida por delante.

—Soy un monstruo —le recordé— no me merezco nada bueno después de lo que he hecho.

—Eso no es cierto, fue un accidente —me recordó— ni siquiera conducías tú, deja de atormentarte por algo que no ha sido culpa de nadie.

—Pero todos están muertos, mis amigos —hipé antes de continuar y me limpié las lágrimas que me bañaban las mejillas— eran lo único que tenía.

—No es cierto, todo el mundo te quiere. Tienes miles de fans que te mandan miles de cartas de ánimo todos los días.

—Ya sabes cómo son los fans, mañana nadie me recordará.

—No iba a decírtelo todavía —me limpié la cara mojada con la palma de las manos, cansado de pasarme los días llorando— pero la discográfica te quiere hacer una oferta.

Me quedé en shock porque lo último que quería era hablar con ellos en estos momentos, posiblemente también me culpaban por lo sucedido.

Al fin y al cabo, era una empresa a la que le dábamos de ganar millones de dólares todos los años, y ahora no tenían nada.

Lo último que necesitaba era que me denunciaran por incumplimiento de contrato o algo parecido.

—No quiero saber nada, por favor.

—Vale, vale, cuando estés listo, lo hablamos si quieres.

—No sé si alguna vez podré superar esto, Avery.

—Claro que sí —me animó ella— ha sido un duro golpe, pero ya verás que con el tiempo todo es más llevadero.

—No quiero olvidarme de ellos —le advertí— estarán siempre conmigo.

—Nunca los olvidarás, Ray. Pero el tiempo mitigará un poco ese dolor que tienes ahora mismo por la pérdida y la culpa.

—Eso espero.

—Oye, ¿qué tal con tu vecino el gruñón? ¿Has sabido algo más de él?

Eso de gruñón me hizo reír.

—No, Liam lleva un tiempo sin venir por aquí.

—Bueno, te ha llegado ya la caja de botellas de whisky que me pediste, lo mínimo que deberías hacer es llevarle una en agradecimiento por todas las molestias que le hemos causado.

—Es que eres muy pesada— me gustaba chincharla, porque saltaba a la mínima.

—¿Yo? Si te hubieras comportado como un adulto responsable no habría tenido que molestarlo.

—Bueno, ya sabes cómo soy.

—Sí, un puto grano en el culo es lo que eres.

Nos reímos juntos. Y así todos los días. Qué cansina era y cuánto la quería.

Lo de la botella de whisky me lo estuve pensando un tiempo antes de decidirme a llevársela, porque no soportaba estar solo más tiempo sin poder hablar con nadie, no por otra cosa. No flipéis.