RAY
Para mi sorpresa, el lobito entró conmigo en mi casa mientras lo olía todo, investigando a su aire sin cortarse un pelo. Y para mi desgracia se meó en la entrada, justo ante la puerta.
—No, no, no seas marrano —había limpiado un poco antes de salir por la mañana y ahora tendría que volver a limpiar— eso, tú marca mi casa como si fuera la tuya, tío guarro.
Mientras él soltaba una larga meada, como si no lo hubiese hecho nunca el muy capullo, yo cogí y me puse a calentar leche en la cocina sin quitarle el ojo de encima.
Traer un cachorro de lobo a mi casa no era la idea más inteligente que había tenido nunca, pero se me rompía el corazón al dejarlo allí solo, bajo la nieve. Era muy pequeño.
—Además yo no lo he tocado todavía, me ha seguido él solo —dije a la cabaña vacía— porque eres muy listo ¿verdad, pequeñín?
Algo dentro de mí se derritió al pensar que tendría a alguien a mi cargo mientras estuviera aquí en la montaña.
Nunca me había gustado estar solo, y, de hecho, nunca estaba solo.
Siempre estaba rodeado del personal que vivía en mi casa, limpiadora, cocinera e incluso guardaespaldas cuando empezaron a llegar los mensajes amenazantes.
Luego, cuando salía de casa, estaba siempre con Avery, como si fuese mi sombra, bendita fuera, y con el resto de los chicos del grupo.
Éramos como una gran familia y siempre estábamos juntos.
Intenté no seguir recordando el pasado y me centré en el lobito que se había echado frente a la chimenea y me miraba con sus minúsculas orejitas levantadas, como intentando descifrar lo que este humano estaba haciendo.
Con la leche, eché algo de pan de molde y le puse el cuenco ante sus narices. Debí acercarme demasiado porque me enseñó los dientes para que no me acercara tanto.
—Serás desagradecido —pero di un paso atrás mientras él olfateaba la leche y se acercaba para luego meter el hocico entero y ponerse a comer, llenándose casi toda la cara de leche.
—Madre mía, ¿desde cuándo no comes? —me ignoró, por supuesto, mientras comía sin apartar sus ojitos pequeños de mí, como si fuese una amenaza.
No me había dado cuenta de que había dejado la puerta abierta hasta que entró Apolo, ladrando desesperado al cachorrito que había dejado de comer, y le enseñaba los dientes como un digno adversario.
—Anda, pero si eres valiente y todo —me reí de su postura. Apenas levantaba una cuarta del suelo y era muchísimo más pequeño que Apolo, pero eso no parecía achantarlo— Apolo, déjalo. ¿No ves que es muy pequeño? No va a hacerte nada.
Me di cuenta de que el cachorrito no le temía a Apolo en sí, sino que parecía que estaba defendiendo su comida, ya que en cuanto el husky se apartó de él, el lobo volvió a ponerse a comer sin apartar sus ojitos amarillos del perro.
Como no, mi vecino entró en la cabaña derrapando en la puerta. ¿A qué venían esas prisas?
—Hola —le dije, mientras él le chistaba al perro para que se callase de una vez, ya que no había dejado de gruñirle al lobo.
—Hola, ¿de dónde has sacado al animal? —me preguntó con los ojos entrecerrados, como si quisiera adivinar lo que había hecho con tan solo mirarme.
—Lo encontré en el bosque —me puse a explicarle cómo lo encontré mientras él no apartaba sus ojos negros del lobo.
—Ray… dime que su madre no era un lobo —me preguntó preocupado. Me encogí de hombros porque no me gustaba su manera de mirarme— ¿Te has traído a un lobezno a tu casa?
El lobo alzó la cabeza ante sus gritos y lo miró enseñando sus colmillitos que parecían alfileres pequeñísimos. Le chisté.
—No grites que lo asustas, y me ha costado mucho que se ponga a comer.
—¿Me estás diciendo, que no te has parado a pensar en lo que puede pasar por robarle un puto lobezno a su familia?
No entendía dónde estaba el fuego. ¿Por qué estaba tan preocupado? Al fin y al cabo, era él el que me había seguido hasta aquí, y así se lo expliqué, pero él me seguía mirando como si fuese idiota.
—Tendrá más familiares —yo lo dudaba, o no estaría solo cuando lo encontré. ¿verdad? — los lobos viven en manadas — y me explicó todo sobre los lobos como si yo fuese idiota.
—Ha sido él el que me ha seguido y no iba a dejar al lobito allí solo.
—Las crías de lobo se llaman lobeznos —me aclaró como si yo no lo supiese.
Ya lo sabía, pero quería burlarme un poco de él por ser tan sabiondo.
—Qué va, ese es el de Marvel. Él es un lobito, un lobo pequeño, ya sabes —no pude evitarlo.
Era muy divertido ver cómo me miraba intentando averiguar si me estaba quedando con él.
Me miró entrecerrando los ojos cuando oímos unos aullidos en el bosque.
Al parecer sí que tenía familia y parecía que venían todos a buscarlo.
—¿Ves lo que te estaba diciendo? —me dijo el idiota. ¡Oh, cómo lo odiaba cuando ponía esa cara de sabiondo!
Oír a los lobos aullar llenó mi cabeza de imágenes de una manada atacando mi casa para recuperar al pequeño, que había alzado la cabeza al oírlos.
No necesitamos hacer nada más, ya que el lobezno hizo un intento de aullido que le salió como el graznido de un pato pisado, y salió de la casa a la carrera.
Los dos nos quedamos sin saber bien qué hacer.
—¿Quieres cerrar la puerta? —Esos aullidos se habían oído bastante más cerca de lo que me gustaría, y se me habían quitado las ganas de visitas inesperadas por esta mañana.
Apolo olió el pis del pequeño que no había tenido tiempo de limpiar todavía, y para mi sorpresa se meó justo encima.
—¿Pero qué educación le das a tu perro? —Estaba consternado porque todos pensasen que era buena idea marcar mi casa como su territorio— eso lo limpias tú, que lo sepas.
Me ignoró por completo y pidió al perro que entrara.
—Eres increíble, de verdad —cerró la puerta y se volvió hacia mí con una media sonrisa en los labios que no supe interpretar.
—¿Has venido a mi casa por…?
Dudaba de que hubiese venido a verme con la que estaba cayendo al otro lado de la puerta.
Pero de todos modos me emocioné al pensar que podía echarme de menos tanto como para salir con este tiempo y hacerme una visita.
Recordé que llevaba mi mejor chándal y mis deportivas favoritas, llenas de fango del paseo anterior, pero bueno.
Y llevaba puesto mi perfume favorito. ¿Le gustará como huelo? Estuve a punto de levantar la axila para olerme, pero me contuve a tiempo.
—Anka me ha traído tu teléfono nuevo. Ha venido aquí y se ha preocupado porque no estabas. Le he prometido que vendría a comprobar que no te había comido un lobo o que no te habías caído dentro de la bañera o algo.
Me desinflé como un globo pinchado. No había venido por gusto sino por obligación y eso me dolió.
¿Nadie creía que podía cuidar de mí mismo?
De repente no me apetecía nada su visita.
Quería estar solo. Cogí el teléfono que me tendió mientras intentaba leerme la expresión de la cara y me volví para que no viera lo que me había dolido que hubiese vuelto por obligación y no por gusto.
—Bueno, ya me lo has dado y has comprobado que estoy bien. Ya te puedes marchar por donde has venido— le solté intentando recomponer mi ego herido.
—De nada ¿eh?
Liam llamó al perro y se marchó tras oír mis palabras.
Luego me sentí culpable por ser tan desagradecido, pero no estaba de humor para aguantar a nadie.