RAY
Por supuesto que me había perdido. No sería yo si fuera capaz de ir a dar una vuelta alrededor de mi casa y no terminara perdiéndome.
—Anda que ya me vale.
Mi voz me sonó rara en el silencio del bosque.
Ya iba lo suficientemente acojonado por pensar que podría encontrarme con un oso, un lobo o algo así y me comería de una sola sentada.
No me veía capaz de correr por este bosque con el suelo lleno de barro, hierbas altas, trozos de tronco y raíces retorcidas sin caerme y romperme algo.
Y para colmo de males había empezado a nevar …
otra vez. Me metí las manos, con los guantes gruesos de lana, en los bolsillos del chaquetón y me encorvé todo lo que mis costillas me permitieron para refugiarme del viento que empezaba a rugir entre los árboles, tirándome nieve directamente sobre mi cara.
Como si quisiese vengarse de mí por ser tan negado en esto de la orientación.
De repente, caí en la cuenta de que estaba caminando cuesta abajo cuando mi cabaña estaba en el llano que había justo antes de empezar el bosque de pinos.
—Así que, Sherlock, eso significa que tienes que darte la vuelta y empezar a subir, que tu casa estará allí arriba…o la de mi vecino —dios quiera que no, porque no me apetecía oírlo echándome la bronca por salir y perderme con la ventisca que se estaba levantando.
Me di la vuelta y miré hacia arriba odiando mi mal estado físico. Antes del accidente podía haber subido la pendiente corriendo.
—Venga, ánimo que son solo unos metros —me dije para animarme.
Según iba subiendo, sorteando los árboles que me encontraba de frente, me fui alejando del camino que tenía, pero estaba tan sumido en el ánimos que me estaba dando a mí mismo para no desesperarme por el dolor de mis gemelos, y del trabajo que me estaba costando no resbalar por los tramos llenos de fango por donde había corrido el agua de tantos días lloviendo, que no lo oí hasta que no lo tuve justo delante.
—¿Qué coño?
Había un lobo muerto en una vieja trampa de esas grandes que se ponían para cazar osos. El animal debió pisarla y quedó casi cortado por la mitad, así que debió morir al instante. Lo curioso es que aún no había empezado a descomponerse, por lo que debía haber muerto hacía poco tiempo.
Pensé, en un principio, que podía ser Apolo, pero observé que este animal tenía el pelo encrespado y sucio, y sus ojos eran del color de la miel y Apolo los tenía azules.
—¿Eres un lobo de verdad? —estaba alucinando de ver un animal salvaje tan de cerca. Incluso sabiendo que estaba muerto, me acerqué a él con cuidado y lo toqué con un palo para asegurarme de que no saltaría sobre mí y me mataría de un mordisco en la garganta.
Decidí seguir subiendo y olvidarme del lobo, pensando que el cadáver podía atraer a más animales salvajes.
—Lo siento amigo —me despedí del muerto y seguí subiendo con cuidado. Apenas me alejé unos metros cuando me encontré con una cría de lobo, supuse por su apariencia. No supe quién se quedó más sorprendido de los dos, sí ella o yo.
—Hola, perrito —era muy pequeño y parecía más un cachorrito de perro que otra cosa, pero algo me decía que quién estaba en el cepo era un familiar suyo. ¿su madre quizás?
—No vas a comerme ¿verdad?
No sabía nada de lobos, solo que vivían en manadas y que eran extremadamente inteligentes, pero al encontrarme al pequeño aquí solo, me aseguré de que no hubiese más por los alrededores. ¿Se habría perdido buscando a su madre? ¿dónde estaba el resto de su manada?
Mi mente hiperactiva se emperró en mostrarme escenas mías siendo atacado por una manada de lobos que me iban comiendo mientras todavía estaba vivo.
—Qué muerte más mala, joder.
Sacudí la cabeza intentando alejar esos pensamientos y empecé a alejarme del cachorrito con pasos muy lentos, por si se sentía amenazado o algo.
Para mi sorpresa empezó a seguirme moviendo el pequeño rabito como si se alegrase de verme.
Miré de nuevo a mi alrededor esperando encontrarme a los lobos entre los árboles, pero, no había nada.
El cachorrito soltó unos pequeños ladridos que me hicieron sonreír. Parecía un perrito, y me observaba fijamente con curiosidad, con sus ojitos amarillos.
—¿Y ahora qué hago contigo? —no podía dejarlo allí solo, bajo la ventisca. No sabía si tenía familia, hermanos, tíos o algo, pero en ese momento estaba allí solito, tiritando bajo la nieve. Tomé una decisión y posiblemente me arrepentiría de inmediato, pero no podía dejar al animal allí solo.
—¿Te vienes? —le dije al pequeñín que me miraba inclinando la cabeza como si entendiera lo que le estaba diciendo— vamos a mi casa y te daré leche calentita. ¿Te gusta la leche?
Intenté acercarme a él con cuidado, pero se alejó unos pasos y se volvió para mirarme de nuevo.
—No podemos quedarnos aquí parados o los dos moriremos de frío —dije al renacuajo, que no apartaba sus ojitos de mí— si no quieres que te coja vas a tener que seguirme.
Y eché a andar volviéndome para asegurarme de lo que hacía el lobito. Para mi sorpresa me siguió. Asegurándose de dejar siempre una buena distancia entre los dos.
—Eso es. Pronto llegaremos a casa, ya verás.
Y continué subiendo, rezando con encontrar mi casa arriba de la maldita cuesta que no parecía acabar nunca. El animal me siguió durante todo el camino.