LIAM
—¿Cómo que no está en su cabaña? —miré a Anka que había venido hasta mi casa muy preocupada porque, al parecer, mi vecino no estaba en su cabaña cuando había ido expresamente a entregarle su teléfono nuevo.
Tenía que reconocer que Avery era insistente.
Muy insistente. Por no decir pesadísima.
Era capaz de conseguir que un muerto se levantara de la tumba con tal de dejar de escuchar lo pesada que podía ponerse.
Yo lo sabía de primera mano ya que me había llamado un par de veces para que le llevara el teléfono a Ray para hablar con él y asegurarse de que estuviese bien.
***
—Está nevando ahora mismo —le había dicho las veces que me había llamado— seguro que está en su cabaña calentito viendo la tele tranquilamente —había intentado tranquilizarla porque no pensaba salir ahí fuera con el tiempo que hacía— además, no es por nada, pero ¿a dónde iba a ir con el tiempo que hace?
—Uy, no te imaginas lo que es capaz de liar en unos segundos. Puede provocar un accidente épico en tan solo unos minutos. Ray no sabe hacer absolutamente nada solo. Por eso estoy tan preocupada por él”
Lo cierto es que Avery parecía realmente desesperada. Me pudo la curiosidad.
—Si no sabe valerse por sí mismo, ¿por qué ha venido a este rincón apartado del mundo?
— no entendía qué había traído a una estrella…
de lo que fuera, porque todavía no me había enterado de quién era en realidad, a este sitio— aquí no hay nada que hacer excepto contemplar la naturaleza y pensar —de eso sabía yo un poco.
Sobre todo, de lo de pensar en tu pasado y en tu vida actual.
—Ray está pasando una crisis existencial —me explicó ella— por llamarla de alguna manera. No sé si sabes algo de sus heridas…
—Algo he visto.
—Pues desde el accidente está inmerso en una depresión y quiso alejarse de todo hasta estar preparado —ella suspiró al otro lado del teléfono— no tengo claro que haya sido una buena decisión, pero no pude convencerlo de que se quedara aquí y se tratara en una clínica especializada.
Por eso soy tan pesada. No te molestaría si no me pudiera la ansiedad de no saber cómo está.
Mi cabeza no hace más que verlo provocando un incendio mientras intenta cocinar o cayéndose en la bañera y rompiéndose una pierna y quedarse allí solo, tendido en el suelo, hasta morirse de frío.
Me reí para intentar que se tranquilizase.
—No te preocupes que seguro que está bien.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
La conocía lo suficiente como para saber que me la iba a hacer de todas formas.
—Claro —aunque no me gustaba nada la idea. Esperaba que no me preguntara nada de mi vida personal.
—¿Por casualidad viste lo que le ha pasado a su teléfono? Es muy maniático con sus cosas y no entiendo que le ha podido pasar, lo compró pocos días antes de marcharse.
Yo había visto el teléfono que tuvo haber sido estrellado contra el suelo varias veces para estar tan destrozado, pero si le contaba eso, se preocuparía todavía más.
—Pues debía venir mal de fábrica porque por lo visto había dejado de encenderse de buenas a primeras.
No me gustaba decir mentiras, y menos de cosas que no me afectaban a mí directamente, pero decidí echarle una mano al descerebrado de mi vecino. Ya me lo cobraría en otro momento.
—Vale. Avísame cuando puedas ir a verlo para que lo llamé por teléfono. ¿vale?
—Claro —no pensaba hacerlo, por supuesto, pero no era tan mala persona por dejarlo allí solo sin saber cómo estaba después de contarme Avery lo desastre que podía llegar a ser.
***
—Hemos ido a llevarle el teléfono que le ha mandado su representante, pero en la cabaña no parecía haber nadie. Y tampoco se veía a nadie por los alrededores — Anka miró detrás de mí por si podía verlo allí en mi casa por arte de magia— ¿tú no lo has visto hoy por casualidad?
No entendía cómo un solo hombre podía tener a tanta gente preocupada por él sin hacer nada.
¿Quién coño se creía que era? Anka tenía ya más de sesenta años y lo último que necesitaba era tener que venir a la montaña en un día como hoy tan solo para traerle un puto teléfono al señorito.
¡Uf, me estaba poniendo de una mala hostia!
—Habrá ido a dar un paseo —supuse. No podía hacer otra cosa aquí arriba— ¿su todoterreno estaba aparcado allí?
—Sí, sí. El coche no parece haberse movido desde el primer día en que llegó. Pero está convaleciente —me recordó ella— y mira el tiempo que está haciendo. Empieza a nevar otra vez— miré tras ella para ver la nieve caer de manera tímida. —No sé dónde se ha podido meter ese hombre.
Una vocecita me decía que yo le había dado una caja de calmantes con los que dormir a un elefante con tan solo un par de pastillas. No habrá sido tan tonto de cometer una locura si estaba tan deprimido como Avery me había dicho, ¿verdad?
—Gilipollas, gilipollas y gilipollas —dije en voz baja, sin saber muy bien si se lo decía a él o a mí mismo por preocuparme por mi maldito vecino.
—¿Perdón? —ella dio un paso atrás al oír mis palabras, como si de repente se sintiera amenazada por mí.
—Nada, son cosas mías —le tendí la mano— dame el teléfono, yo me encargo de llevárselo.
—Pero por favor, mira a ver si lo encuentras lo antes posible ¿vale? —me tendió la caja con el móvil— Dile que llame a Avery cuanto antes —me recordó— esa chica tiene el cielo ganado por trabajar para gente así.
Con esas palabras, Anka, había resumido muy bien el tipo de persona que era mi vecino. Y yo estaba totalmente de acuerdo.