Asuntos pendientes RAY
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RAY

No dejó de nevar en todo el fin de semana, y aunque echaba de menos a mi vecino, nunca lo reconoceré en voz alta.

Nop. Ni de coña. Los dos sabíamos que no queríamos pasar más tiempo del necesario con el otro y sus últimas palabras no se me quitaban de la cabeza.

¿Qué fantasmas tenía él para venirse a este rincón apartado del mundo? ¿Cuánto tiempo llevaba viviendo aquí solo? ¿Los tres años con el perro o más?

Vivir solo tanto tiempo en estas montañas inhóspitas, se me hacía toda una proeza.

Yo no sabía el tiempo que tardaría en cansarme de no tener a Avery rondándome todo el día, o a mi guardaespaldas, Jonás.

Dejarlos a todos mientras intentaba curar mis heridas estaba siendo mucho más duro de lo que esperaba. No sabía estar solo.

El silencio de la cabaña me agobiaba, por lo que cuando no estaba tirado en el salón viendo la tele, estaba escuchando música de Spotify. Lo que fuera con tal de que el tiempo pasara sin agobiarme tanto.

Ya dormía de un tirón gracias a las pastillas que me dio mi vecino. Era cierto que, si me las tomaba durante el día, cuando el dolor me apretaba tanto que era una agonía el simple hecho de respirar, me dejaba totalmente “colocado”, y no me gustaba nada esa sensación.

Había tenido mis años de tontear con las drogas, pero antes de que se nos fuera de las manos, pusimos una regla en el grupo para respetarla a muerte y era la de no tomar drogas duras. Así que a veces nos fumábamos un porro entre viaje y viaje, pero nada más duro que eso.

Los echaba de menos a todos y a cada uno de ellos, joder. Cuánto los extrañaba. Tony era el que tocaba el bajo, y murió en el acto en el accidente. Era el más loco del grupo y siempre nos hacía reír con sus ocurrencias y sus chistes malos.

“ Si Jesucristo tuviese un hermano gemelo, ¿serían clavados?

¿Cómo dice una vaca checoslovaca? Checoslomu ”

Y así se podía pasar los días enteros. Estaba soltero y se acostaba con todo lo que se dejara, fuera hombre o mujer.

La guitarra eléctrica la tocaba Adrien. Un francés que adoptamos en el grupo cuando lo oímos tocar en un tugurio de Las Vegas. También murió en el accidente.

Connor, el batería, era el que estaba en el hospital, en coma, sin saber si algún día despertaría.

Esos días en los que me ponía a recordar los buenos años con ellos, eran los que más me atormentaban. Entonces cogía una de las botellas de whisky y no la soltaba hasta caer desmayado en el sillón.

No me había llegado el teléfono, pero como seguía nevando de manera intermitente, aunque no fuera demasiado intensa, supuse que nadie con dos dedos de frente se atrevería a venir aquí arriba para traerme un puñetero teléfono.

Recé con todo mi ser para que Avery no estuviese llamando a mi vecino y agobiándolo como solo ella sabía hacerlo.

No conocía a nadie que no se diera por vencido después de que mi representante se empeñase en que hiciesen lo que ella esperaba.

Pero Liam no parecía de ese tipo de personas que se dejase presionar por una desconocida, por pesada que esta pudiera ser.

No quería volver a verlo. No quería tener que deberle más favores. “ Avery, déjalo en paz y no lo molestes ” Agradecía que la nieve no dejase de caer, aunque fuese de manera tímida, porque así me aseguraba de no recibir visitas inesperadas.

Ya hacía tres días que no lo veía, y estar encerrado en la cabaña me estaba volviendo loco. Miré fuera para ver si la nevada había parado ya, y al ver que al parecer nos iba a dar un respiro, decidí salir para tomar un poco de aire.

No pensaba alejarme demasiado, y por supuesto, no me acercaría a la casa de mi vecino, entre otras cosas, porque no tenía ni idea de dónde se encontraba exactamente.

La única vez que estuve allí, la encontré por casualidad, así que como mi sentido de la orientación era completamente nulo, me puse mis zapatillas blancas y mi plumas más abrigado, y me obligué a salir sin pensármelo más.

No me iba a alejar demasiado. Lo último que me faltaba era perderme, así que cogí las llaves de la cabaña, le eché troncos a la chimenea para asegurarme de que seguiría encendida y salí a pasear, intentando levantarme el ánimo.

El médico me había recomendado que diera un paseo todos los días para rehabilitar mis pulmones, y eso era lo que pensaba hacer.

Tomé una profunda bocanada de aire cuando cerré la puerta tras de mí, y me metí en el bosque que estaba a unos metros de mi cabaña, asegurándome de no alejarme demasiado y de reconocer el camino por el que me metía para saber volver después.

Lo dicho. Perderme no era una opción.