Asuntos pendientes RAY
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RAY

Odiaba a este cretino con aires de buen samaritano. Pero solo de pensar que tenía algo para mitigar mi dolor, haría lo que fuera para conseguirlo. Hasta invitarlo a comer. Quizás buscaba otros mil euros… por lo que anoté pedirle a Avery que me mandase dinero la próxima vez que hablara con ella.

No había gastado nada desde que estaba aquí, en Rumanía. Bueno, solo los mil euros que le pagué a… ¿cómo había dicho que se llamaba? ¿Liam? ¿Leo? ...bueno algo así. También me di el capricho de comprar algunas botellas de whisky del bueno en el aeropuerto para aligerar mis penas.

Que fuera médico y, encima, supiese cortar leña era tener mucha suerte.

Mis tripas rugieron y me avisaron que apenas había desayunado mucho esa mañana, así que me obligué a levantarme y ponerme a hacer la pasta para dos.

Me sabía mal no hacerle de comer después de las molestias que se estaba tomando conmigo.

Ninguno queríamos compañía y yo estaba dispuesto a demostrar que sabía cuidar de mí mismo sin ayuda de nadie, menuda mentira, parecía que el vecino no estaba de acuerdo.

Mientras se cocía la pasta puse música para relajarme.

Y me di cuenta de que el vecino me ponía nervioso, pero no sabía bien por qué.

Era un idiota prepotente, y, aunque nunca me había gustado que se rieran de mí, no tenía demasiado claro que fuera solo eso lo que me ponía de los nervios.

¿Quizás su manera de mirarme con esos ojos oscuros y misteriosos?

¿Esa manera de caminar tan arrogante? ¿O sería ese cuerpo fuerte y musculoso que se adivinaba bajo la ropa?

Su voz grave me resultaba extremadamente erótica, y eso me molestaba por encima de todo lo demás. ¡Conseguía erizarme el vello del cuerpo sin ni siquiera proponérselo! ¿De verdad tenía ese poder sobre mi cuerpo? Bueno, por lo que fuera, lo quería bien lejos de mí.

—Después de que me dé los calmantes —me dije en voz alta.

Puse la mesa en la isla de la cocina donde desayunaba todos los días.

Como era lo suficientemente grande para poder comer los dos sin problemas, saqué aceitunas y preparé una ensalada.

Era un hombre delgado, y desde el accidente, más todavía, pero tenía esa costumbre de comer una ensalada antes del primer plato desde pequeño.

—Está empezando a nevar.

Me sobresalté porque no lo había oído llegar. Miré por la ventana para comprobar que efectivamente estaban cayendo unos suaves copos de nieve, pero se deshacían al caer al suelo.

El perro entró tras él y se acercó a saludarme con la lengua fuera, como si hubiera venido corriendo y estuviese cansado.

—¿Querrá agua? —le pregunté al vecino mientras me inclinaba lo que mis costillas me permitían para acariciar su pelo frondoso y suave.

—Ha estado bebiendo en los charcos que nos hemos encontrado. No te preocupes.

—Eres un perro muy guapo —le dije a Apolo. Tenía un nombre fácil de recordar— ¿Quieres agua? ¿Sí? ¿Estás cansado? ¿Has corrido mucho? ¿Has visto ardillas? ¿Y conejos? ¡Qué guay!, ¿no?

El perro me chupó una mano y parecía entusiasmado por mis preguntas, así que no me lo pensé demasiado. Cogí un bol de un estante de la cocina y se lo llené de agua. Lo puse en un rincón y el animal se acercó a curiosear antes de ponerse a beber.

—No tenías que molestarte.

Ninguno de los dos apartamos los ojos del perro mientras bebía.

—No es molestia, ese bol es en el que te voy a servir la ensalada.

Rompió a reír a carcajadas y ese sonido me hizo sonreír a mí también.

—Veo que tienes sentido del humor —se acercó adonde estaba retirando la pasta del fuego— ¿te ayudo en algo?

No lo quería cerca de mí. Olía levemente a sudor bajo su plumas y otro olor más intenso que supuse era su olor corporal.

¿No se echaba perfume? Yo no salía de casa sin echarme mi perfume favorito.

Nunca se sabía a quién te podías cruzar por la ciudad, aunque aquí, como no te cruzaras con un conejo o con ratones de campo, poco más podías ver.

Bueno, ¡genio y figura hasta la sepultura!

¿Podría oler mi vecino el perfume que me había echado cuando me duché antes? ¿Le gustaría?

Lo miré de reojo por si podía verlo olisquearme con delicadeza. No parecía que lo hiciese. Me desinflé un poco, decepcionado.

—Aliña la ensalada —le mostré donde estaban el aceite y la sal— ¿quieres vino, cerveza, agua?

—¿Tú que vas a beber? Con las pastillas no deberías beber alcohol.

—En ese caso, saca un par cervezas de la nevera para que me las beba antes de tomar la medicación.

Sonreí mientras él negaba con la cabeza.

Estuvimos trabajando juntos en la cocina. Él sacando las cervezas y aliñando la ensalada, y yo echándole las gambas a la pasta antes de servirlas en los platos.

—Espero que no seas alérgico a las gambas —avisé cuando puse los platos en la isla antes de sentarme con cuidado frente a él— ni siquiera se me había ocurrido preguntártelo.

—No, descuida. Huele muy bien.

No contesté. Miré al perro que estaba roncando tumbado justo ante la chimenea.

—¿Lleva mucho contigo? — prefería hablar de un tema neutral. No quería saber nada de su vida, ni contar nada de la mía así que decidí hablar del perro.

—Sí. Tiene tres años y me vine con él cuando aún era un cachorro.

Miré la nieve que empezaba a caer fuera. No llegaba a ser una ventisca propiamente dicha, pero no sabía si se convertiría en la tormenta que decían que iba a llegar de un momento a otro.

—¿Crees que va a nevar mucho?

No tenía idea de cómo era el tiempo allí. Había llovido la mitad de los días y hacía muchísimo frío, pero no era capaz de predecir si el tiempo empeoraría o no con tan solo ver el color del cielo.

—Por lo pronto parece que no. Pero por estas fechas, estos años atrás ya había nevado bastante.

—No nevará tanto como para que no puedas volver, ¿no?

No pretendía que sonara tan grosero. Liam me miró unos segundos antes de seguir comiendo. Yo empecé a liar espaguetis con el tenedor para no tener que mirarlo.

¡Mierda! ¿Se podía ser más grosero?

—No te preocupes que me marcharé en cuanto coma. No me quedaré aquí contigo ni un minuto más del necesario.

Se levantó para marcharse en cuanto se metió el último tenedor en la boca y me sentí el ser más ruin del mundo.

—Espera—le cogí una mano para sujetarlo— lo siento, no quería decirlo de esa manera. No te vayas y termina de comer —miró mi mano en su brazo antes de mirarme a mí— por favor… no te vayas. Quería decir que…

—Sé lo que querías decir y te entiendo. Ninguno quiere pasar con el otro más tiempo del necesario.

—Lo siento —me oí repetir de nuevo— es solo que no sé muy bien cómo tratar a los extraños. He venido aquí para estar solo y curar mis heridas, y tú... —no haces más que entrometerte en mi vida y no me gusta. Evité confesarle.

Dio un largo trago para acabarse la cerveza.

—Los dos estamos aquí para huir de nuestras vidas— me dijo antes de dirigirse a la puerta.

El perro se despertó de inmediato y se fue con su dueño después de estirarse cuan largo era— pero te diré que por mucho que quieras huir, tus fantasmas siempre estarán contigo.

Me voy antes de que nieve más. Tómate una pastilla por la noche para que puedas dormir mejor.

Hoy voy a pasar del café. Intenta no hacer demasiadas tonterías.

Y se fue sin decirme nada más. Y me quedé mirando la puerta cerrada tras él sintiéndome extrañamente culpable.