LIAM
Había tratado con todo tipo de personas, pero mi vecino parecía un ser sacado de otro planeta.
Me sonaba su cara de algo, así que debía de ser famoso. A todas luces era un urbanita que no había estado de acampada en su vida y, aún así, aquí estaba, solo y sin querer ayuda de nadie, aunque estaba más que claro que la necesitaba urgentemente.
Me pregunté qué traería a alguien como él a un paraje tan inhóspito como este. Además, estaba enfermo o herido, lo que lo hacía todo más extraño todavía. Veía desolación en sus ojos cuando me miraba. Un dolor que no podía ocultar.
—¡Hostia puta! —No pude ocultar la sorpresa cuando vi la mancha que aún le quedaba en las costillas, resto de un hematoma intenso.
Este hombre tenía que estar en un hospital, no aquí en medio de la nada— ¿Cuántas costillas rotas?
— no me quería aquí y seguramente no me agradecería que me inmiscuyera en su vida privada, pero estaba herido y viendo sus costillas, su dolor debía de ser atroz.
—Tres.
No lo toqué, porque empeoraría su dolor, y era lo último que quería.
—¿Hace cuánto que ocurrió el accidente? ¿Traumatismo torácico?
—Algo más de mes y medio y fue torácico abdominal.
Se giró para enseñarme la cicatriz de su barriga. Que se veía bastante reciente.
—¿Te quitaron el bazo?
—Y la vesícula.
Silbé, haciéndome una idea mental de cómo tuvo que ser el accidente para que le extirparan dos órganos y tuviera así la zona de las costillas.
—¿Por qué no te quedaste en el hospital? —debía haber pedido el alta voluntaria. Ningún médico le mandaría a casa con estas heridas.
—Ya no podían hacer nada más por mí. Si tenía que mantener reposo, lo haría en mi casa, no en un puto hospital.
—¿Y con esas heridas te vienes aquí en invierno? ¿Solo? —este tipo no se preocupaba nada por su rehabilitación, qué coño rehabilitación, no se preocupaba ni por su vida.
—No es asunto tuyo donde decido recuperarme. Por si no te has dado cuenta no te he pedido ayuda, y no quiero tu puta lástima.
Ahí tenía el agradecimiento que iba a tener de él. Era bueno saber a lo que me enfrentaba.
—¿Lástima? —eso sí que no se lo iba a consentir— lo que me dan son ganas de darte un puñetazo y devolverte al hospital de donde nunca debiste salir —pensaba decirle un par de cositas más, pero había vuelto a taparse la tripa y me miraba con mala leche, así que me guardé mis palabras para no empeorar más las cosas.
No tenía ningún sentido decirle nada. Era un puto irresponsable, pero tenía razón, no era problema mío lo que quisiera hacer con su vida.
—Bueno —me dijo muy digno— pues no puedes —miró por el ventanal donde la lluvia parecía haber dado un pequeño respiro, pero el cielo encapotado se oscurecía por momentos lo que me indicó que se iba a poner a nevar de un momento a otro.
—¿Qué estás tomando para el dolor? —Me miró mal, pero no le hice ningún caso.
Si no se cuidaba las costillas rotas podían perforarle un pulmón y entonces, sí que iba a tener un gran problema, porque, para mi desgracia, no podía hacerme a un lado y dejar a un enfermo a su bola cuando no tenía ni idea de lo que hacer para recuperarse— va a empezar a nevar —indiqué al ventanal para que se diera cuenta— así que cuanto antes me lo enseñes para poder darte el visto bueno, antes me marcharé.
Soy médico —le recordé ante su mala cara— y te guste o no voy a intentar que no te mueras en la montaña.
—¿Aunque no quiera tu ayuda?
Mira que era desagradecido.
—Aún así.
Me indicó las pastillas con la cabeza. Estaban sobre la isla de la cocina y no iban a ser suficientes para calmarle el dolor.
—Necesitas más medicación. Tengo en mi casa varias cajas que te vendrán bien para alternar con esas que tomas.
—Estaré bien.
—No, no lo estarás —me dirigí a la puerta donde Apolo me esperaba pacientemente.
Miré su ropa seca y vi que, aunque no llovía con la intensidad de antes, continuaba lloviznando lo suficiente para empaparse si lo hacía venir de su casa a la mía y volver— ponte un impermeable y acompáñame para dártelas.
Ahora llueve menos y podemos aprovechar.
—No tengo impermeable.
Se encogió de hombros con indiferencia.
—¿Cómo no vas a tener algo tan básico para vivir aquí arriba?
—bufé, perdiendo la paciencia. Estaba mojado y tenía frío.
Ayudar alguien que no quería ayuda y que no te lo iba a agradecer era lo peor de este trabajo, pero estaba claro que la medicina era vocacional y no por esperar el agradecimiento de nadie— iré a casa y volveré antes de que empiece a nevar.
—No hace falta que vuelvas.
¡Ya lo sabía! Pero no iba a dejarlo sufriendo como sabía que sufría. El dolor debía ser tan intenso que pensé que apenas lo dejaría dormir por la noche.
¿Por eso tenía siempre tan mala leche? Yo sabía lo que era despertar de mal humor por no haber podido dormir casi nada.
—Pero volveré. Lo menos que podrías hacer es cocinar para los dos. Ya sabes, por ser amable y eso.
No iba a hacerlo, pero me gustaba chincharlo de todas formas.
—No sé cocinar nada —se volvió a encoger de hombros como si no le diera importancia. Lo pensó durante unos segundos antes de añadir— si te vale un plato de pasta…
—Es coña —no lo era— no necesito que hagas nada por mí. Intentaré tardar lo menos posible.
—La próxima vez deja entrar al perro.
Ese detalle me gustó. Algo es algo. A lo mejor no estaba todo perdido con él. Me marché rezando que no empezase a nevar antes de haber vuelto o se quedaría aquí tirado.
Eso debería hacer. Pasar de su puto culo canijo, pero en el fondo sabía que no podía dejarlo a su suerte.