Asuntos pendientes RAY
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RAY

Mi madre siempre decía que era de bien nacido el ser agradecido o algo por el estilo, y aunque no me gustaba nada tenerlo en mi cabaña revisando mis cosas, tenía que agradecer que me hubiese llenado el leñero hasta arriba de troncos, y que me dejase hacer una llamada para que Avery se quedase tranquila.

Lo de esta mujer no era normal. Llamar a quien quiera que fuese para que mandase a mi vecino a comprobar que me encontraba bien solo porque no había podido hablar conmigo en dos días, solo se le podía ocurrir a ella.

Y aunque me frustraba su control, también me enternecía saber que estaba pendiente de mí.

—Toma —el vecino me entregó su móvil desbloqueado y agradecí saberme su número de cabeza.

—¿Dígame? —me soltó ella. Al parecer no la pillaba de buen humor.

De hecho, parecía estar estresada, aunque eso no era nuevo en ella.

Esta mujer era capaz de llevar tres o cuatro temas a la vez.

No sabía cómo no le había dado ya un ataque de nervios o un infarto por la cantidad de estrés que manejaba a diario.

—Avery, soy yo.

—¿Tú? ¿Y quién eres tú? —puse los ojos en blanco. ¿En serio no me reconocía? —¿Ray, eres tú?

—Sí, soy yo.

Me preparé para la bronca que sabía que me iba a echar. Miré de reojo a mi vecino que estaba a mi lado oyéndolo todo sin cortarse un pelo. Me di la vuelta y me alejé un poco buscando algo más de privacidad.

—Madre mía, ¿qué le pasa a tu teléfono? ¿sabes lo preocupada que estaba? Pensaba que te había pasado algo.

—Estoy bien —decidí cortarla antes de que siguiera con su diatriba verbal— el teléfono… se me ha estropeado —decidí decirle eso mientras miraba el aparato roto encima de la isla. Ahora estaría un montón de tiempo sin móvil y no sabía cómo me iba a poder apañar aquí solo, desconectado del mundo.

—Vale, no te preocupes que hoy mismo te mando otro y te llegará lo antes posible. No puedes estar incomunicado ahí arriba.

Lo que yo decía. Menos mal que esta mujer tenía soluciones para todo. No sabría qué hacer sin ella.

—Gracias, Avery. Te dejo, que estoy hablando desde el teléfono del vecino y tiene que marcharse ya.

Esperaba que captase la indirecta. No me gustaba tener que estar agradecido con él por más favores de los que ya me había hecho. Que fuese testigo de esta conversación tampoco me gustaba especialmente.

—Vale, llámame en cuanto recibas el teléfono. Si en un par de días no sé nada de ti dile a tu vecino que te deje hablar conmigo de nuevo. ¿vale?

Si podía evitarlo no volvería a pedirle ningún favor. Ya me apañaría yo solo.

—Avery, no pasa nada porque no hablemos unos días hasta que no llegue el teléfono.

—Tonterías. No voy a quedarme tranquila sin saber que estás bien. ¿Ya ha llegado la tormenta esa que se esperaba?

—No, aún no. Te llamaré en cuanto reciba el teléfono. Ahora tengo que dejarte.

—Ray… —me quedé expectante esperando que terminase de hablar— ¿De veras estás bien? ¿Y tus costillas y el resto de las heridas? —sabía que él escuchaba la conversación ya que con el silencio de la cabaña se oía todo con claridad, así que intenté acabar la conversación ya.

—Estoy bien, de verdad. Hablamos en unos días.

Y colgué.

Respiré hondo antes de volverme para devolverle el teléfono.

—Gracias —apenas levanté la vista para mirarlo cuando se lo entregué.

Este hombre y yo nos teníamos declarada una especie de guerra, sobre todo yo, por haberse burlado de mí. Y aunque ninguno quería estar cerca del otro, aquí estaba, Dispuesto a ayudarme, pero yo no quería que estuviese aquí y comprobase de primera mano lo inútil que podía llegar a ser.

​ —Tu mujer parecía realmente preocupada.

¿Mi mujer?

¿Este hombre pensaba que Avery era mi mujer?

No supe por qué, pero preferí contarle la verdad.

—No es mi mujer, sino mi representante y ayudante personal.

—¿Representante? —me miró como si tuviera dos cabezas de repente.

—Así es —me dolía en mi orgullo que no me hubiese reconocido todavía.

Llevaba años llenando las portadas de muchas revistas y programas de televisión, y para mi desgracia, la noticia de nuestro accidente había dado la vuelta al mundo.

No quise decirle quién era. No podría soportar que él también me mirara con reproche por creerme culpable del accidente, ni con lástima por saber que mi carrera musical estuviese acabada.

—¿Vas a decirme quién eres? Lo cierto es que me suena tu cara, pero no consigo ubicarte.

—Solo te diré que me llamo Ray —decidí ser educado y tenderle la mano para presentarme— es lo único que merece la pena que sepas.

Si no le gustaron mis palabras no dijo nada, cosa que le agradecí. Me estrechó la mano en un apretón fuerte y decidido.

—Yo soy Liam.

—Encantado —y como no puedo estarme callado le dije— es lo que se dice en estos casos, y sé que ninguno de los dos estamos encantados de conocernos. Aunque creo que nos vamos a ver más veces de las que queremos.

No me contestó. Solo se quedó estudiándome como si fuera un puzzle que necesitara solucionar.

—Bueno. Túmbate en el sillón y déjame verte esas costillas.

Eso sí que no me lo esperaba. Pensaba que lo había comentado de coña.

—¿Qué? ¿Para qué?

Mi idea era tener que verlo lo menos posible, pero dejarlo que me tratase las costillas era casi intimar en la relación y eso era lo último que necesitaba.

—Te lo dije antes. Te ayudo con la leña y tú me dejabas verte las costillas.

Bufé en respuesta y aunque era cierto que habíamos quedado en eso, no quería tener que deberle más favores. Avery estará encantada cuando sepa que vivo cerca de un médico. Con lo patoso que siempre me decía que era.

Mierda puta.

—Vale. Pero rapidito.

Me senté en el sillón. Ni de coña me tendería para luego no poder levantarme y me levanté la camiseta.