Asuntos pendientes LIAM
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LIAM

Ver a mi vecino tirado en el suelo con la ropa empapada, me provocó escalofríos. Tenía que estar helado, pero, por lo menos, ya no parecía tenerle miedo a mi perro. Algo es algo.

Iba tan enfadado por tener que venir a comprobar que al niñato este no le había pasado nada que ni siquiera me había dado cuenta de que también me había mojado, pese al chubasquero y las botas de agua que traía puestas.

No sabía por qué estaba en el suelo. Aunque estaba muy pálido, no parecía que se hubiese desmayado ni nada por el estilo.

No hice caso a sus palabras tan groseras. Ya estaba acostumbrado. Además, había ido con un propósito muy concreto y no iba a dejarme provocar por su sarcasmo.

—¿Necesitas ayuda para levantarte? —algo me decía que ese era el motivo por el que estaba allí tumbado.

Cerró los ojos con pesar, pero para mi sorpresa, asintió. No parecía gustarle tener que pedir ayuda.

—¿Son las costillas? —me miró sorprendido mirando mi mano extendida para ayudarlo. No sabía que era médico ni que reconocía bastante los signos de dolor que la gente mostraba. Y los que intentaban ocultar, también.

—Sí.

Se calló y no quise indagar más. Se notaba a la legua que no le agradaba nada reconocer lo vulnerable que era en esos momentos, y aunque a mí no me gustaban los extraños, él y yo parecía que íbamos a estar condenados a entendernos.

Le tendí la otra mano y cogí la suya. Era más pequeña y mucho más pálida que la mía.

—¿Listo?

Asintió y soltó un grito cuando tiré de su cuerpo y se puso de pie. Vale, esas costillas estaban peor de lo que en principio me temía.

—Vamos a la cabaña. Vas a darte una ducha caliente y me vas a dejar que te reconozca para ver esas costillas.

Estaba sudando y se había puesto más pálido todavía. Debía de estar muy mal para que no se negara en redondo.

—He venido a por leña. Sin ella la cabaña se convierte en el polo norte como no encienda la chimenea.

—Vale. Haremos una cosa. Tú vete a duchar y yo te llevaré la leña.

—¿Va a costarme otros mil pavos tu ayuda?

Este tipo era tonto, pero tonto de remate. No sabía si era una broma, pero decidí no entrarle al trapo.

—Hoy no. Me has pillado en mi día bueno. Vete, anda.

Preferí que se fuera para poder cargar la leña sin tenerlo delante, mirándome con esos ojos grises que me desconcertaban.

Aunque era bisexual y me gustaban los hombres, no había tenido demasiadas experiencias con ellos.

Llevaba demasiado tiempo sin sexo, eso era lo que me pasaba.

Porque con este idiota me entraban las mismas ganas de saltarle los dientes de un puñetazo que de empotrarlo contra la pared.

Llené la caja hasta arriba de troncos y di un primer viaje bajo la lluvia maldiciendo a todos los ancestros de este inútil. Y de Anka también, por obligarme a tratar a este hombre que no se alegraba nunca de verme.

—Perra vida, joder.

Comprobé que era cierto, no había ni un miserable tronco en la cabaña para encender la chimenea y me maldije por ser tan idiota de volver a salir y dar dos viajes más, asegurándome de que tendría suficiente para que no tener que salir él a buscarla.

Cuando volví por tercera vez a la cabaña, se oía el agua de la ducha y decidí entretenerme encendiendo la puñetera chimenea. Era cierto, parecía que estábamos en el polo norte. Tenía que decirle que la mantuviera siempre encendida para que no se enfriara tanto.

Me moría por saber qué era lo que le pasaba, y ya puestos… su nombre. Después de tres encuentros me había dado cuenta de que ni siquiera nos habíamos presentado.

Me quedaba claro que este tipo necesitaba ayuda y que no pensaba pedirla. Por lo menos a mí.

Cerré la puerta, asegurándome de que Apolo se quedaba fuera, en la terraza.

No quería que el tipo se enfadara por meter a un perro en su casa sin permiso, y me puse a pasear por la cabaña esperando a que terminara.

Estaba limpia, tenía unas vistas impresionantes desde el gran ventanal del salón y en la isla que separaba la cocina del salón encontré lo que había ido a preguntarle esa mañana.

Un teléfono. O lo que quedaba de él, porque estaba completamente destrozado.

La pantalla estaba rajada y la carcasa estaba rota en varios trozos. Le di a encender, sabiendo de antemano que no lo haría.

¿Qué le había pasado? ¿Lo había pisado sin querer?

Descarté esa idea ya que nadie podía destrozar un móvil de esa manera por pisarlo, a no ser que pesaras quinientos kilos, y ni así.

—¿Estás cotilleando mis cosas?

¿Por qué no me extrañaba que me atacara nada más verme? Seguí sin hacerle caso y se lo enseñé.

—¿Una mala caída?

Sabía que era mentira y que no me iba a decir la verdad.

—Algo así. ¿A qué has venido exactamente?

Buena pregunta. ¿A qué había ido exactamente?

Le enseñé lo que quedaba del móvil.

—Al parecer tu mujer está muy preocupada porque no puede ponerse en contacto contigo.

Bajó la vista, avergonzado.

—Ya me supongo —me miró unos segundos con seriedad— ¿Me dejarías tu móvil para hacer una llamada?

—Vale —accedí— pero luego me dejas que echarle un vistazo a tus costillas— lo corté cuando se iba a quejar— soy médico— y sonreí como un idiota cuando se quedó sorprendido— ¿Qué pensabas, que era leñador?

No deberías juzgar a nadie tan alegremente —no pude evitar echarle en cara sus propios prejuicios.

—Déjame hacer esa llamada para que puedas marcharte de una vez, ya que tienes tantas ganas como yo de estar aquí.

Mira que era estúpido el tío, pero de todas maneras era verdad. Ninguno de los dos quería que yo estuviese allí.