RAY
No valoramos nuestra salud hasta que no la perdemos, y eso me estaba pasando a mí desde el accidente.
Era un hombre activo. Tenía un entrenador para mantenerme en forma y aguantar el ritmo cuando nos íbamos de gira. La gente puede pensar que no tienes que hacer nada excepto salir al escenario y cantar, pero no pueden estar más equivocados.
Son entrevistas a los medios casi todos los días, horas de viaje interminables, comer a deshoras y llevar un ritmo frenético durante todo el tiempo, así que hacía deporte siempre que podía y trataba de cuidar mi alimentación. Todo se había ido a la mierda desde ese fatídico día.
Tenía que llamar para ver cómo estaba Connor, pero me remordía tanto la conciencia que no tenía corazón para hablar con él.
No soportaría que me echase en cara el accidente.
Y, aunque sabía que había sido culpa mía por querer trasnochar y arrastrarlos a todos conmigo esa noche, no soportaba la culpa que me comía por dentro como un cáncer terminal.
Llovía a mares cuando me levanté esa mañana y miré el móvil roto que estaba sobre la isla de la cocina.
—Avery me va a matar cuando consiga ponerme en contacto con ella.
Pensaba ir al pueblo a comprarme un teléfono nuevo, pero es que no había dejado de llover desde hacía varios días, así que no había tenido ánimo de conducir con este maldito tiempo. Seguro que me perdía o me quedaba atascado o algo peor, me despeñaba por un barranco.
¿Os había dicho ya que soy un poco aprensivo?
Es lo que pasa cuando llevas mucho tiempo con un montón de gente a tu alrededor que te lo organizan todo sin que tengas que mover un dedo.
Así que había decidido acarrear toda la leña que pudiera para estar abastecido cuando llegaran las temidas nieves.
Miré de nuevo la lluvia caer desde el marco de la puerta y seguía pensando en las pocas ganas que tenía de mojarme.
—Es solo agua, deja de ser tan gallina.
Me molestaron mis propias palabras, así que cogí la caja que tenía destinada para acarrear la leña y salí a la intensa lluvia asegurándome de llevar la llave en el bolsillo.
Por más prisa que intenté darme, cuando llegué al cobertizo estaba completamente empapado.
—Hostia puta qué frío está —abrí la puerta con rapidez y entré al cobertizo que empezaba a odiar con todas mis fuerza.
Era mi sala de tortura particular.
Entrar allí era para mí sinónimo de dolor ya que agacharme para llenar la caja con leña y luego acarrearla me dejaba dolorido por el resto del día.
Pero no podía hacer otra cosa. Necesitaba la puñetera leña con urgencia.
Ahora empezaba a cogerle gusto a estar delante de la chimenea, calentito, tapado en el sillón con una manta viendo la tele todo el día.
Ponía películas en el ordenador y las reproducía en la tele.
Nunca había tenido tiempo de ver la caja tonta desde que era cantante, así que era como si acabara de descubrir un nuevo mundo lleno de posibilidades.
Ya que no podía mirar mis redes sociales con el móvil…
No encontraba una postura adecuada para no tener que agacharme al pasar la leña del enorme montón que mi vecino había cortado tan amablemente, nótese la ironía, a la caja donde la transportaba, así que buscaba una manera menos dolorosa.
No la había, así que empezaba a mover troncos con muchísimo cuidado, lo que me dejaba sudando y agotado al cabo de pocos minutos.
—Odio mis putas costillas —grité en voz alta intentando sacar parte de mi frustración— joder, joder.
Me tumbé en el suelo esperando que el dolor intenso que sentía disminuyera un poco y respiré lentamente intentando olvidarme de las náuseas que el intenso dolor me provocaba cada vez que me agachaba.
Oí unos pasos suaves que no podían ser de una persona y me volví hacia la puerta como estaba, tendido en el suelo. No podría moverme ni, aunque me fuera la vida en ello, así que me quedé allí tumbado viendo acercarse a… ¿otra vez el lobo—husky del vecino o lo que coño fuera?
—¿Tú otra vez? —lo odiaba, ya no le temía, pero había sido el culpable de mis momentos más vergonzosos— fuera, lárgate.
El chucho se paró en la puerta y me miró inclinando la cabeza hacia un lado, como si así pudiese entender por qué estaba tirado en el suelo de mi cobertizo.
Esperaba que su dueño no viniera con él porque ya había pasado suficiente vergüenza por un par de años o por el resto de mi vida. No tuve tanta suerte.
—Hola, vecino. ¿Echándote una siesta?
Cerré los ojos, consternado. ¿Por qué me pasaba esto a mí? ¿Este hombre no tenía leña que cortar o algo así? ¿Por qué coño tenía que venir y encontrarme siempre en las posiciones más ridículas?
—¿Qué haces aquí otra vez? Te dije que no eres bienvenido —quizás si era grosero con él se marchaba, ¿no?
—Créeme que si no fuera por el cariño que le tengo a Anka no vendría a oírte a ti y a tus groserías.
—¿No vas a marcharte? —pregunté esperanzado.
—Nop —y entró en el cobertizo con el perro siguiéndole de cerca— ¿Vas a decirme qué haces tirado en el suelo mojado con el frío que hace? Puedes coger una pulmonía por si no lo sabes.
Ese tonito me repateaba y me mordí la lengua para no mandarlo a la mierda.
—¿En serio? No tenía ni idea, Einstein —no sé estar callado, ya está.
Me sentía tan mal que no me importaba pedirle ayuda. Total. La vergüenza de verme ya la había pasado y si no pensaba marcharse…