RAY
Yo no lo tenía tan claro.
—¿No lo ha sido? Por dos veces me ha hecho creer que el perro era un maldito lobo —ella comenzó a reírse otra vez, más fuerte todavía. Si no estuviese tan ofendido y avergonzado, quizás la anécdota me resultaría tan divertida como a ella.
—¿Cómo has podido confundir un husky con un lobo? —me dijo cuando paró de reírse— y lo de intentar asustarlo era por si te encontrabas con un oso, no con un perro.
—No tiene ni puta gracia —le solté ya cansado de ser el hazmerreír de todo el mundo— estoy pensando en despedirte, así que tú sigue riéndote de mí.
—Vale, lo siento. Estoy segura de que no ha sido divertido para ti. ¿Cómo llevas las costillas? ¿Están muy mal? ¿Necesitas que te vea un médico? Puedo hablar con…
—Estoy bien —no era verdad, pero no necesitaba un médico. Solo seguir descansando para que mejoraran— no necesito ayuda.
—¿Es cierto que te cobró mil pavos por cortar la leña? —parecía genuinamente interesada por ese tema. Al parecer que tuviese a un leñador como vecino le parecía a ella perfecto. Seguro que había salido a la luz su vena casamentera.
—Bueno, no fui excesivamente amable con él, así que supuse que quiso vengarse. No sabe que no me importa lo que me cobrase, solo quería perderlo de vista de una vez.
—¿Y qué tal tu vecino?
—¿El leñador?
—¿Por qué piensas que es leñador?
—Porque siempre que lo he visto estaba cortando leña. ¿Por qué iba a ser si no? ¿Tú lo has visto? —recordé el cuerpo de mi vecino. Sus brazos musculosos y sus piernas fuertes. Hasta la cara tenía de leñador rudo y primitivo.
—Yo no, pero creo que no es leñador.
—¿Y eso por qué? —¿acaso tenía noticias sobre su vecino que él no sabía?
—Ray, que hayas visto a una persona haciendo una determinada tarea, no significa que sea a eso a lo que se dedica profesionalmente. Lo sabes, ¿verdad?
—No seas condescendiente conmigo y dime si sabías que había una cabaña cerca y tenías conocimientos previos sobre el puto vecino y no me habías dicho nada.
—A ver…
—¿Qué has hecho, Avery?
¿En qué puto lío me había metido ahora?
—Nada, no he hecho nada. Es solo que no iba a dejar que te fueras al culo del mundo sin tener a alguien cerca por si necesitabas ayuda. Es todo. Además, creo que hay un juguetito que te gustará cuando tus costillas mejoren claro. Espero no arrepentirme de haberte comprado la puta moto.
—¿Tan inútil me consideras? —estaba dolido, pero dolido en mi orgullo como no lo había estado antes con ella y con el mundo en particular.
—No es eso…
—Mira, mejor no me contestes.
—Ray…
—No quiero hablar contigo ahora mismo, ¿vale?
—Ray, por favor…
—Déjame en paz tú también, joder.
Colgué el teléfono y lo tiré contra la pared. Se rompió en mil pedazos. No me importaba el móvil. De hecho, agradecía poder lamerme mis heridas en soledad.
No hice caso a la vocecita que me recordaba que quizás no era buena idea estar en este lugar totalmente incomunicado con el mundo. Avery se volvería loca si no podía contactar conmigo durante unos días.
—A la mierda todo, joder.
Di una patada a las piezas del móvil que habían rebotado hasta mis pies y me dije a mí mismo que les demostraría a todos que era capaz de sobrevivir en esta montaña sin ayuda de ningún tipo.
No era un puto inútil. Joder. ¿Por quién coño me habían tomado?
Había sobrevivido toda mi vida solo y sin ayuda hasta que una discográfica me descubrió cantando en un bar de mala muerte hacía ya más de diez años. A mis treinta años quizás mi carrera musical estuviese acabada, pero este retiro me ayudaría a reencontrarme a mí mismo.
—Ya verás, Avery. Cuando vuelvas a verme no reconocerás al hombre que soy. Ya va siendo hora de volver a mis orígenes y dejar atrás al Ray Orson que todo el mundo adora y que casi nadie conoce.
Lo primero que pensaba hacer era acarrear la leña que tanta falta me hacía. Ya me había gastado hasta el último tronco y no podía encender la chimenea si no iba a por más.
Ni siquiera me había molestado en ir a ver lo que “ el leñador ” había cortado, pero no podía alargarlo más.
Cogí con cuidado la caja donde metía la madera cortada y salí al frío a por leña.
Ignoraría el dolor de mis costillas y traería toda la leña que pudiera antes de que comenzase a nevar.