Asuntos pendientes LIAM
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LIAM

No esperaba que el resultado de la inocente broma con Apolo saliera tan mal.

No podía dejar de reírme cada vez que me acordaba, pero es que no me esperaba que terminara tirado por el suelo, y su cara de terror de después no tenía precio.

Y luego se sonrojó de la manera más adorable que un hombre se podía sonrojar por la vergüenza. Ahí fue cuando me empecé a sentir culpable.

No se me quitaba de la cabeza que él esperaba que yo lo reconociese en el primer momento que nos encontramos.

Su cara delgada con los ojos grises, del mismo color tormentoso que el cielo sobre nuestras cabezas, me sonó de repente como una estrella fugaz.

Así me sentí yo al verlo levantarse del suelo, abochornado y con ese pelo tan rubio y suelto sobre sus hombros, pero no conseguía recordar de qué me sonaba.

Debía ser lo bastante famoso si esperaba que lo reconociese, incluso en este rincón inhóspito del planeta.

Mira que era guapo el puñetero. Fue lo primero que pensé.

Mi lado médico despertó de repente al verlo sujetarse las costillas con gesto de dolor.

Había visto demasiado sufrimiento en mi vida como para no reconocer cuando alguien tenía un dolor intenso y me apostaría lo que fuera a que ese rubio tenía una herida que apenas lo dejaba moverse.

¿Algún hueso roto? Aunque no llevaba escayola ni ningún miembro inmovilizado, había algo que le dolía mucho, y me sentí mal si por mi culpa su dolencia, fuera la que fuese, había empeorado con su caída.

El idiota se encerró en la cabaña y se negó en redondo a abrir la puerta. Así que mi mal humor, ese con el que vivía siempre, volvió a la superficie para recordarme que ese idiota se podía ir al infierno con su pelo rubio y su ropa de marca, joder.

Le avisé de que tenía llave de su casa y que cortaría su puta leña para que no se le congelara ese culito canijo que tenía bajo el chándal.

Sí, se lo había mirado cuando se dio la vuelta todo digno para encerrarse en la cabaña. Me gustaban también los hombres y llevaba una buena temporada sin follar.

Había ido al bar del pueblo un par de veces, sobre todo en verano que era la temporada alta para el turismo, pero solo había conseguido un par de polvos bastante insuficientes para mi apetito sexual. Pero era lo que había.

Me sorprendí de lo ordenado y limpio que estaba el cobertizo.

Aunque me habían dado la llave por si había alguna emergencia, como la de ahora, nunca había venido, así que ver el montón de herramientas ordenadas y la moto de nieve que había en un rincón tapada con un viejo toldo me hizo desear que nevara para poder probarla.

Era una puta pasada. Seguro que el niño rico era lo que estaba acostumbrado a tener, coches de lujo, ropa de marca y motos de nieve de última generación.

—¡Perra vida, joder!

Vi la motosierra sobre el banco de trabajo y el impresionante montón de leña que había que cortar.

Ni de coña iba a cortar todo eso hoy. Así que le eché gasolina del gigantesco tanque que había para el generador, necesario por si se iba la luz en una ventisca, cosa más que probable, o para echar combustible a la moto, incluso a su automóvil.

La verdad es que estaban cuidando del pijo de la cabaña como si fuese un puto príncipe. ¿Quién coño sería?

Me dije que tenía que organizarme mejor y comprarme también un tanque de combustible para emergencias.

Con este tendríamos para sobrevivir varios inviernos las dos cabañas juntas, pero algo me decía que era persona non grata ahora mismo para mi nuevo vecino.

—Apolo, vigila la puerta por si sale el rubito —aunque no creía que lo hiciese mientras yo estuviese aquí.

Con la motosierra encendida me puse a cortar los troncos más grandes del montón con la música estridente, que volvía a tronar desde la casa, de fondo y me concentré en el trabajo.

Le dejé los troncos más pequeños para que los cortara él con el hacha, igual que tenía que hacer yo. No le iba a dejar toda la leña cortada porque me llevaría varios días. Así que cuando consideré que tenía suficiente, apagué la motosierra y la dejé en su lugar.

Esperaba que a mi vecino se le hubiese pasado ya el mal humor y estuviese dispuesto a aceptar mis disculpas. Me sentía mal por el mal rato que había pasado y esperaba que me dejase presentarme en condiciones.

—¿Hola? —Era increíble que no se hubiese quedado sordo con esa música tronando. Como no me contestó, toqué la puerta un par de veces.

Estaba a punto de marcharme, cuando bajó el volumen de la música. No me dijo nada así que lo volví a intentar.

—Te he dejado leña cortada para una temporada.

Solo tienes que cortar con el hacha la más pequeña— suspiré intentando tener paciencia que se me iba con la misma rapidez que el agua entre las manos—Mira, ¿vas a abrir la puerta o qué?

—no me contestó— pensaba disculparme por la broma de antes —casi me atraganto con la disculpa.

No me gustaba pedir perdón por algo que ni siquiera había sido culpa mía.

Bueno, la broma de la silla sí, pero que él no fuese capaz de diferenciar un lobo de un simple husky no era culpa mía ¿verdad?

—Dime cuánto te debo por cortar la leña.

¿Eso era lo único que le preocupaba?

—No hace falta que me lo pagues ahora. Somos vecinos y…

—No quiero tener más trato contigo. Te pago la puta leña y se acabó. No necesito que vuelvas por aquí nunca más.

Eso me molestó… mucho. Yo tampoco quería tener trato con él, pero las circunstancias eran las que eran y no hacía falta que fuera tan grosero.

—Vale, el trabajo son mil euros —le solté de malos modos. Estaba seguro de que ahora abriría la puerta para quejarse de ese robo a mano armada y por ese motivo se lo había dicho.

Me extrañó que no dijese nada. Durante unos minutos no se oyó nada más que la música de fondo a un volumen bastante más agradable.

El cerrojo sonó y mi vecino con cara impasible, alargó el brazo y me tendió dos billetes de quinientos euros.

Espera, ¿qué? ¿de verdad tenía este tío esa cantidad de dinero en efectivo?

—Aquí tienes tu dinero —lo miré sorprendido. ¿No se había dado cuenta de que era broma? Nadie le cobraría nunca eso por dos horas escasas de trabajo— ahora te pido que nunca más te acerques a mi casa.

—Espera. Era una broma. El trabajo no vale este dinero.

—Pues quédatelo y así no tendrás que trabajar más cortándole leña a los vecinos. Seguro que con eso tienes para vivir unas semanas.

¿Qué coño estaba diciendo?

—¿Perdona? —no sabía si reírme u ofenderme por ese comentario.

—¿No eres leñador? Pues este dinero te vendrá muy bien.

—¿Leñador? —pregunté, desconcertado. ¿Por qué coño pensaba que me dedicaba a cortarle leña a los demás?

—El que corta leña es leñador, no hay por qué ofenderse. Ya no necesitaré más tus servicios, así que puedes marcharte con tu perro y tus bromas de mal gusto.

No me dejó contestarle nada más.

Me cerró de nuevo la puta puerta en las narices. ¿Quién coño se creía que era este puto pijo en chándal? Se podía ir a la mierda él, su leña y su moto de nieve.

Le iba a devolver el dinero, por principios, pero después de lo que me había dicho solo sentía no haberle querido cobrar tres veces más por ser tan gilipollas.

Mi mal humor volvió multiplicado por cinco.