RAY
Estaba soñando con lobos que me acechaban desde el bosque. Ojos rojos en la oscuridad mientras un animal mucho más grande me estudiaba impasible ante el inminente ataque.
Yo estaba petrificado. Por más que intentaba salir corriendo no podía hacerlo. Parecía que estuviese clavado al suelo.
Sentí unas uñas arañándome las piernas y me desperté sobresaltado.
No había estado soñando.
El lobo que había visto esta mañana tenía sus patas sobre mi regazo y la boca llena de dientes puntiagudos frente a mi cara.
De la impresión, me impulsé hacia atrás con tanta fuerza, que la mecedora donde había estado durmiendo se volcó conmigo sentado encima. Menudo golpe.
Mis costillas protestaron con un latigazo de dolor y yo grité al compás, no tanto por el dolor sino también por el miedo de saber que el lobo me había seguido y estaba en mi casa listo para zamparme de un par de bocados.
Tampoco tenía demasiada carne, no era más que un manojo de huesos.
Me arrastré por el suelo, intentando alejarme de la bestia que había dado la vuelta para poder hincarme el diente. Grité más alto y por instinto levanté las piernas para intentar alejarlo de mí. El animal chilló cuando le di la primera patada y se alejó un poco. Ya no parecía tener tanta hambre.
Yo seguí retrocediendo, arrastrándome por el suelo como podía. El dolor de mis costillas era infernal y me hacía ver borroso, pero no pensaba dejarme vencer por el dolor.
—No vuelvas a acercarte o te daré más fuerte todavía, lobo asqueroso.
En la neblina que tenía en la cabeza, al despertar sobresaltado, se unía el intenso dolor que apenas me permitía moverme, oí a alguien riéndose.
Me arrastré un poco más para ver detrás del sillón volcado y pude ver al que era mi vecino partiéndose el culo de risa. Estaba apoyado en uno de los pinos de final del bosque y se inclinaba sobre sí mismo mientras no dejaba de reírse.
Y entonces lo supe.
Mi agresor salvaje no era un lobo, solo lo parecía.
El ¿husky? perro de las nieves, si es que eso existía, o lo que fuera, me miraba confundido por mi reacción.
Supe que el animal debía ser suyo y no había tenido el detalle de advertirme y no hacerme pasar la vergüenza de verme huir como una damisela en apuros y arrastrarme por el suelo muerto de miedo.
Sentí la ira burbujear en mi interior subiéndome hasta la cabeza. Hasta las orejas se me calentaron y dentro de esa tormenta incendiaria que bullía en mi interior ganó la batalla la vergüenza.
Ese hombre era mi nuevo vecino, la única persona de los alrededores y se había dedicado a burlarse de mí, como si fuera divertido estar a punto de morir de un puto infarto.
—¿Te has divertido? —apenas podía moverme.
Mis costillas me hacían ver el firmamento entero cuando me movía, pero no iba a dejar que se siguiera riendo de mí.
Me sujeté al poste de la esquina de la terraza para poder ponerme de pie y puse una mano en las costillas mientras lo fulminaba con la mirada.
—Tendrías que haberte visto la cara —el idiota seguía riéndose como si nada— es lo más divertido que he visto en los últimos dos años. Ese “ lobo ” es Apolo y es mi husky siberiano.
—Bien, me alegro de que te hayas divertido tanto a mi costa —estaba pasando tanta vergüenza que solo quería enterrar la cabeza en el suelo y desaparecer hasta que el mundo se acabara.
Pero como no podía hacerlo decidí quitarme de en medio— no sé qué quieres viniendo aquí, pero sea lo que sea, te digo de antemano que no.
Lárgate con tus risas y tu chucho donde no pueda volver a verte.
Estaba jadeando de dolor. Apenas podía hilar dos frases seguidas, pero no iba a quedarme allí fuera ni un segundo más. Me dirigí a la puerta de la cabaña para poder ocultarme sin volver a mirar al idiota que todavía se estaba riendo.
—Espera, ha sido una broma sin importancia, no te lo tomes así —Se acercó a mí y cuando se dio cuenta de que me sujetaba las costillas su semblante se transformó— ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
No le contesté. Me dirigí a la puerta y se la cerré en las narices. Podía irse a la mierda.
—Espera, oye…
—Lárgate —le grité a la puerta cerrada. Fui a la cocina a tomarme una pastilla y jadeé por el esfuerzo. Estaba bañado en un sudor frío y me estremecí al notar una gota helada bajarme por la columna hasta perderse en la cintura de los pantalones.
Llamó a la puerta.
¿No pensaba dejarme morirme de vergüenza en paz?
—Que te largues, joder.
—No seas crío. Solo era una broma.
Oí ruido al otro lado de la puerta y supuse que estaba levantando la mecedora que había tirado al despertarme tan bruscamente.
—Pues me alegro de que te hayas reído de mí.
—¿Te has hecho daño? He visto que te sujetabas las costillas.
—Estoy bien— no iba a contarle nada de mis heridas a este idiota.
Por mí podía desaparecer él y el chucho apestoso que lo acompañaba.
¿Se había reído de mí en todos nuestros encuentros?
Recordé mi intento de protegerlo intentando espantar a “ su lobo ”.
Ahora entendía su mirada desconcertada. Normal que me mirara como si estuviese loco.
—Escucha…he venido a cortarte la leña. Me ha enviado Anka.
¿Y esa quién coño era?
Supuse que la intermediaria de Avery en el pueblo.
¿no había nadie más a quien encargarle que me cortase la leña?
Solo me faltaba que el tipo pensara que era un inútil que no podía hacer algo tan simple como cortarme un poco de leña.
Pero es que me habían dejado enormes troncos que veía imposible poder cortar con un hacha, o al menos para mí, que jamás había hecho nada parecido.
—No hace falta que te molestes. Ya me apañaré. —no era cierto, pero haría lo que fuera por no tener que agradecerle nada a ese…Gilipollas con “g mayúscula”
El tío bufó al otro lado. Al parecer no tenía demasiada paciencia. Bien, que se largue de una vez.
—Mira, se lo he prometido a ella, así que como tengo llave del cobertizo cortaré la leña y la dejaré allí para que la metas dentro cuando la necesites.
¿Qué tenía llave de mi cabaña? Hablaría con Avery al respecto para solucionar ese detalle. ¿Quería que yo acarreara leña desde el cobertizo? ¿Cómo pretendía que cargara leña con las costillas así? Era una puta broma, pero no pensaba pedirle ayuda a este…neandertal.
No le contesté. Si iba a cortar la leña porque era su trabajo que lo hiciera. No podía negar la falta que me hacía la ayuda en eso y en todo lo demás, pero ni muerto pensaba decírselo.
Me tumbé en el sillón cuando oí el ruido de un motor y supuse que sabía usar la motosierra para cortar la leña.
—Tú no sabes ni cómo se enciende —me dije a mí mismo— que corte la puta leña y se marche de aquí cuanto antes.