Asuntos pendientes LIAM
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LIAM

Si lo piensas, a lo largo de tu vida conoces a un sinfín de personas. Y cuando has tenido una profesión como la mía, la de cirujano militar, conoces a muchísima gente de lo más variopinta.

Pero en todos mis años de servicio y anteriores a él, nunca había conocido a alguien tan excéntrico como el que se suponía que era mi nuevo vecino.

Saber que tenía que cortarle leña a un niño rico incapaz de valerse por sí mismo, me había puesto de peor humor del habitual. Así que antes de ir a conocer al susodicho, decidí dejar partida la leña para mí antes de que se me empezara a acabar.

No lo vi venir, así que no sabía qué iba a encontrarme cuando fuera a conocerlo, pero nada me preparó para lo que vi cuando alcé la vista y lo encontré allí, parado, mirándome como si nunca hubiera visto a otra persona.

Lo primero que me llamó la atención fue su ropa.

¿Era un chándal blanco? ¿Había ido por el bosque vestido con un chándal que parecía valer más que toda mi ropa?

Luego me fijé en que era bastante alto y delgado, con el pelo rubio, largo y suelto hasta los hombros.

Luego recordé que… ¿había hablado solo? Yo lo hacía con mi perro por costumbre y sabía que no era raro que el dueño de un perro le hable como si le fuera a entender.

No entendí nada cuando dijo algo de que lo había reconocido.

¿Quién se suponía que era? Ese pelo rubio y esa sonrisa que puso a continuación me sonó de algo, pero llevaba demasiado tiempo alejado de todos así que no supe quién era, ni me importó.

Sí me molestó, y mucho, que supusiera que la leña que estaba cortando era la suya.

Si no fuera porque se lo había prometido a Anka, dejaría que el puñetero niño pijo con chándal blanco se las arreglase solo, y me habría encantado verlo manejarse con un hacha.

Estaba seguro de que ni siquiera podía con ella.

Maldije mi mala suerte.

—¿Has visto lo mismo que yo? —le pregunté a Apolo cuando pude dejar de reírme.

No se me olvidaría nunca los gritos y los aspavientos que hacía, ¿para qué? ¿Para espantar al perro? ¿Lo había confundido con un lobo? ¿Desde cuándo se espantaban los lobos de esa manera? ¿Y qué persona no distinguía a un husky de un lobo?

—¡Madre mía, colega! La próxima vez que lo veas tienes que ir a saludarlo —dije al perro que se sentó a mi lado viéndome partirme el culo de risa.

Hacía mucho que no me reía tanto— Menudo elemento está hecho ese pijo.

¿Y lo vamos a tener que aguantar por aquí mucho tiempo?

Quizás si le das un susto de muerte conseguimos que se vaya con su horroroso gusto musical por donde ha venido, ¿eh?

¿crees que lo asustaremos lo suficiente como para que se marche?

Apolo correteó a mi alrededor al notar mi estado de ánimo. Normalmente estaba de mal humor. Las heridas de metralla me dolían tanto algunas veces que me despertaban, y si encima le sumaba las pesadillas, mis noches y mis días se convertían en un completo suplicio.

—No, no vamos a jugar ahora. Vamos a ver si el idiota ha conseguido llegar a su casa o si se ha perdido por el camino.

Guardé el hacha con el resto de las herramientas, así que tras cerrar mi cabaña me dirigí a donde sabía que estaba situada su casa y terminar con esto cuanto antes.

No me había gustado el tipo desde el primer segundo en que lo vi.

Iba pregonando lo rico e inútil que era a los cuatro vientos, desde su ropa de marca, hasta lo perdido y fuera de lugar que parecía en esta montaña.

No le daba mucho tiempo aquí. Suponía, que cuando la tormenta de nieve que se esperaba cayera sobre la montaña dejándonos aislados, cogería su coche y se largaría buscando un clima más apacible.

No sabía qué había venido a buscar a los Cárpatos, ya que era un terreno agreste y desagradecido para vivir. No veía que ese rubiales con pinta de surfero tuviera los cojones suficientes para aguantar aquí un invierno entero.

No intenté llegar sin hacer ruido, pero estaba acostumbrado a moverme con sigilo, era una costumbre. Cuanto menos ruido fueras capaz de hacer, menos llamarías la atención.

Al llegar al claro donde estaba su cabaña, a escasos trescientos metros en línea recta, vi el enorme todo terreno, aparentemente nuevo, aparcado frente a la cabaña.

Me habría oído llegar si no volviese a tener la música a todo volumen. Estaba sentado en una mecedora en el porche, donde le daba el sol directo y parecía dormido.

¿Cómo podía alguien dormirse con esa música estridente?

Era algo que no podía entender. No me miró cuando me acerqué a él y estaba tan ofuscado por tener que ayudarlo, que no pude evitar gastarle una broma.

No quería volver a tratar con él después de cortarle la leña, así que no me importaba que se enfadara.

—Apolo —el perro me miró y se paró a mi lado— ve a saludarlo, ¿vale? Saluda.

Lo señalé a él con la mano y el perro echó a correr hacia el rubio que seguía sin haberse enterado de nuestra presencia. Por un segundo me dio pena el susto que se iba a llevar y estuve a punto de llamar al perro para que no lo despertara.

Pero fue demasiado tarde.