Asuntos pendientes RAY
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RAY

Pasear por el bosque requería mucha más energía de la que yo tenía.

Me recordaba un poco el tiempo que había pasado en Central Park.

La ciudad que nunca duerme nos había tratado siempre muy bien.

Nuestros conciertos habían sido siempre un lleno absoluto y los fans nos perseguían a donde quiera que fuéramos.

Por eso, porque me hacía inmensamente feliz, me compré un ático allí y era donde vivía cuando me cansaba de Miami o no tenía que grabar.

Era. En pasado.

Estaba seguro de que todo el mundo ya se había hecho eco de nuestro accidente y me preguntaba, no por primera vez, cuánto tardarían en olvidarse de mí.

¡Qué efímera es la fama! Hoy estabas en la cima de la ola y dos meses después…

El bosque de pinos tenía mucha más vida de la que a simple vista parecía.

Los animales no parecían asustarse de mí, ya que vi a varios conejos, gordos y grandes como perros pequeños, correr de un lugar a otro.

Los pájaros ponían la banda sonora desde las ramas e incluso el viento se había unido para acompañar silbando el trino de los pájaros.

Aun así, tenía que reconocer que estaba asustado. Acojonado para ser más exacto. Las ardillas se habían aliado para darme más de un susto saliendo disparadas saltando de un árbol a otro y provocando demasiado ruido en la cacofonía del silencio del bosque.

Un búho ululó en un árbol. Me volví esperando encontrarme una manada de… algo detrás de mí.

Salieron a mi paso varios ratones de campo y las cigarras me acompañaban con su incesante canto. Mi temor era encontrarme con lobos, u osos de esos que había que asustar cuando los vieras.

No supe cuánto tiempo había andado, pero decidí volver a la cabaña. Ya buscaría a mi supuesto vecino en otra ocasión.

Estaba demasiado hecho polvo para socializar. No supe cómo llegué sin querer a otro claro del bosque con otra cabaña, más rústica y pequeña que la mía, que atrapaba los pocos rayos de sol que habían aparecido tímidamente entre las nubes oscuras que entristecían la mañana.

Pero no fue la cabaña lo que me sorprendió, sino el hombre gigantesco que estaba cortando leña con una enorme hacha con el mango rojo.

Me lo quedé mirando sorprendido. ¿Así eran los leñadores?

Este en particular llevaba unos pantalones negros cargo, una camiseta interior de color negro y una blusa de cuadros, de tela suave y cálida, de color rojo y negro. Calzaba unas botas de montaña viejas y desgastadas. Sus antebrazos morenos tenían venas marcadas como un mapa de carretera.

Era enorme. Tenía el pelo corto y de un negro profundo que reflejaba el sol con vetas rojizas y parecía enfadado, ajeno a mi presencia.

No podía verle los ojos desde aquí, pero me los imaginé oscuros, intensos y llenos de secretos.

—¿Llenos de secretos? ¿Por qué? —me dije a mí mismo en voz alta.

—No sé, vive aquí en el bosque alejado de todo —no quise darme cuenta de que yo también lo hacía, también tenía oscuros secretos y huía de la gente— seguro que tiene varios cadáveres en el congelador.

Era una manera de hablar, claro. No pensaba que fuera ningún asesino en serie ni nada de eso.

Debió oírme hablar conmigo mismo, porque cuando me volví a centrar en él, había dejado de cortar leña y me miraba a mí, con cara de mala leche y una ceja levantada.

Yo nunca había podido levantar una ceja de esa manera, oye. Y hacer eso era muy expresivo sin necesidad de decir nada más.

Me miraba tan intensamente con ojos oscuros y penetrantes, que se me olvidó por un momento qué decirle. Supuse que tenía los ojos oscuros y había acertado.

—¿Hola?

No me contestó. ¡Qué maleducado! ¿Y si era un asesino en serie o algo? Me di cuenta de que quizás esa leña que estaba cortando era la mía.

¡Avery, eres la mejor!

Cogí confianza en mí mismo para seguir hablando.

—Soy tu vecino de al lado —señalé hacia atrás con el dedo y me di cuenta de que no tenía ni idea de en qué dirección quedaba mi cabaña. Así que miré en varias direcciones por si podía orientarme, pero nada.

Seguía sin contestarme, así que como era muy malo con los silencios incómodos, seguí hablando, como hacía siempre.

—Estoy seguro de que me has reconocido, sí soy yo —amplié la sonrisa por la que era mundialmente conocido pero el tío no pareció impresionado ¿Iba a quedarse ahí sin decir nada?

— ¿Esa es mi leña? —di varios pasos más para acercarme a él— luego puedes llevármela a mi cabaña. Te pagaré por el trabajo, claro.

Mi sonrisa se fue marchitando al ver que seguía sin decir nada. Pero su rostro se congeló al oírme hablar de dinero.

—¿Vas a decir algo? —le pedí perdiendo ya la paciencia— ¿Hablas mi idioma? Lo siento, pero no sé nada de rumano. Nothing. Ni una palabra. Puedo poner el traductor…

No necesité que dijera nada. Me callé en el acto cuando lo vi detrás de él, acercándose con cuidado.

—¿Eso es…?

Me quedé congelado, mi imaginación se disparó y me llenó de imágenes sangrientas y de cadáveres a medio comer.

“ Grita fuerte y haz movimientos exagerados para ahuyentarlo ” recordé que me había dicho Avery.

No me lo pensé. Quizás podía evitar que el lobo ese se comiera a este hombre tan extraño.

—¡Fuera! ¡Largo! ¡Vete a comerte a otro!

—el lobo no se inmutó, pero se quedó parado en el sitio mirándome con esos ojos azules tan fríos.

Empecé a hacer aspavientos con las manos, como si fuese un molino de viento— ¡¡¡ aaaaaaaaaahhhhhhh !

!! —grité con todas mis fuerzas y no me dio tiempo a sentirme ridículo por la mirada que me estaba echando el tipo, ya que decidí que mi momento de hacerme el héroe había pasado, di media vuelta y eché a correr no sin antes gritarle a mi vecino un ccccoooorrrreeee !

Y eso hice, con las pocas fuerzas que me quedaban.

El lobo podía comérselo a él, que era más grande, yo no iba a ser un héroe hoy. Y seguí corriendo.