LIAM
No me había despertado de buen humor. Había vuelto a tener pesadillas, tan vívidas, que cuando abrí los ojos aún pensaba que estaba en el campo de batalla.
El sonido de las bombas cayendo a mi alrededor.
Los gritos de los soldados y los enfermos de la tienda de campaña donde pasaba horas intentando curar o ayudar a los soldados aterrorizados, que no querían morir solos.
El olor a sangre, a cuerpos sudados y a miedo me llegó tan vívido que me entraron náuseas.
¿Había algo más absurdo que una guerra en la que luchaban personas que no querían estar allí, mandadas por gente a las que no les importaba una mierda nada más que su escalada hasta el poder?
Estuve sentado en la cama, con el corazón a mil por hora, viendo las montañas y los pinos por la ventana. Se me había olvidado cerrar la persiana cuando me acosté anoche y ahora veía la niebla que se retorcía entre los árboles como si quisiera exprimirles la vida.
Apolo lloriqueó inquieto al notar mi estado de ánimo.
—Estoy bien —le acaricié el pelo abundante y lo besé entre los ojos de un azul tan vívido como una mañana de verano— venga que te abro la puerta para que vayas a cazar ardillas o lo que sea que hagas cuando te vas.
Pero cuidado con dejar a ninguna loba preñada que no tenemos dinero para guarderías ni colegios, ¿eh?
Estaba acostumbrado a hablar con él, como si me contestase. Llevaba casi dos años escondido aquí, en el culo del mundo, huyendo de unos recuerdos que sabía que jamás podría olvidar, pero intentando aprender a vivir con ellos.
El alma tiene una capacidad limitada de soportar el horror, y cuando se sobrepasa ese límite, ya nunca vuelves a ser el de antes. Eso me pasaba a mí desde que volví de la guerra.
Me sonó el teléfono después de abrirle la puerta al perro para que saliera, segundos antes de meterme en la ducha.
Era Anka. Se había encargado del alquiler de la casa en la que vivía y me abastecía la nevera de las compras de la semana, así evitaba yo tener que salir de aquí.
Me estaba convirtiendo en un ermitaño, pero prefería la tranquilidad de aquí a las prisas y los nervios de las ciudades.
—Buenos días —no tenía claro el motivo por el que me estaba llamando, cuando siempre que necesitaba algo la llamaba yo.
—Hola Liam. ¿Te pillo bien? —siempre me sorprendía lo bien que hablaba el inglés, cuando yo no hablaba ni pizca de rumano. Menos mal. Era una asignatura pendiente que siempre dejaba para el día siguiente y así llevaba ya varios años.
—Sí. ¿Ha pasado algo? ¿va todo bien? —no me gustaban las sorpresas de ningún tipo.
—Sí tranquilo. Quería proponerte un trabajo.
Parpadeé sorprendido y la dejé hablar para ver lo que quería.
Estaba acostumbrada a mis silencios así que continuó cuando no le dije nada. Parco en palabras que soy, qué le voy a hacer.
—Me había encargado de la manutención de tu nuevo vecino, ya sabes —¿Al final era un hombre el de la música?
Qué mal gusto, por dios— el caso es que Blake iba a encargarse de cortarle la leña, pero sigue enfermo y no ha podido ir, y con la tormenta de nieve que se está acercando no queremos que el hombre se vea sin leña y se muera de frío, ya sabes cómo de feo puede ser el invierno aquí.
—¿No mejora? —ya salió mi lado doctor. No podía evitarlo. Le había recetado algunas medicinas y me gustaba llevar el control de su enfermedad. Les había cogido cariño a ambos. Eran las dos únicas personas que conocía en la ciudad.
—Sí, parece que está mejor, pero prefiero que descanse más tiempo. Así que la leña del inquilino está sin cortar y quería saber si tú podrías cortársela. Te garantizo que lo pagan muy bien.
¿Y por qué coño no se corta él su propia leña?
—¿Y no sabe cortarse la leña él solo? —no me entraba en la cabeza. No era física cuántica ni nada de eso. Solo había que coger el hacha o incluso la motosierra, si era un poco manitas.
—¿Él? ¿Cortarse leña? —se echó a reír divertida por mis palabras. No entendí dónde estaba el chiste— ¿Lo has conocido ya?
—Eh…no —tuve que reconocer— he oído la música estridente que le gusta poner por la mañana temprano, pero no tengo el gusto de conocerle todavía.
—¿Puedes hacernos este favor? —parecía demasiado preocupada para negarme. No me hacía ni pizca de gracia hacerle favores a nadie, pero no podía decirle que no a ella.
—Claro, no te preocupes. Iré a lo largo de esta mañana.
—Puedes cobrarle lo que quieras que no se va a quejar. Su asistente personal parece una buena chica.
¿Asistente personal?
¿Quién coño tenía un asistente personal?
—¿Ha venido a las montañas con una asistente personal? —eso sí que era raro de narices.
—No, no. Ella le lleva sus asuntos desde Miami, creo.
El tío ha venido solo. A una especie de retiro espiritual o vete tú a saber —hizo un pequeño chillido cuando se rio, como solía hacer siempre y eso me sacó una sonrisa.
Qué risa tan rara tenía— es… alguien muy famoso —bajó la voz como si pudiese oírnos el susodicho hablando de él— no sé si i nfluencer o algo así. Ha querido mantener su anonimato.
Odiaba a los famosillos de medio pelo que ganaban dinero fácil sin hacer nada más que sonreírle a una cámara y decirle a la gente lo que debía ponerse, o leer o comer, como si las personas no tuvieran su propio criterio al respecto.
Había que ser idiota.
—Vale, no te preocupes, dalo por hecho. Me pongo a ello.