Asuntos pendientes RAY
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RAY

Aunque me había propuesto un montón de cosas que hacer esa mañana, cuando me estiré para coger una taza para el café, mis costillas me dieron tal latigazo de dolor que me entraron náuseas y se me quitó el poco apetito que tenía.

—Me cago en todo lo movible, en los Cárpatos y en el Conde Drácula, joder. Y en los lobos, los osos y todos los animales salvajes del mundo mundial.

Sí, lo sé, soy un poco pintoresco con los insultos, pero es que el dolor de mis costillas me quitaba las ganas de vivir.

Me tomé una pastilla mientras seguía con el desayuno, pero ahora moviéndome con mucho más cuidado que antes. De golpe se me habían quitado las ganas de salir a por la leña, pasear y hasta de respirar.

Me puse música de nuevo, tan alta que abrí la puerta para que no retumbaran los cristales, pero es que a mí me gustaba la música así, estridente. Me recordaba a mis conciertos y ayudaba a aliviar un poco el pesar de mi alma rota desde el accidente.

En ese momento me di cuenta de que echaba de menos tener un perro o incluso un gato.

—Bueno, un gato no, porque se lo pueden comer los osos y los lobos. Pobrecito. Pero un perro sí.

Me encantaban los animales. Con el tipo de vida que llevaba nunca me había animado a tener una mascota.

Me pasaba fuera de casa la mayor parte del año, de concierto en concierto por todo el mundo y no era viable tener un animal de compañía.

A menos que me lo llevara conmigo de viaje, cosa por la que Avery me habría matado si lo dejaba a cargo de ella que seguramente es lo que haría.

—Me gustaría ver la cara de Avery cada vez que tuviera que sacar al perro del hotel para que hiciera sus necesidades.

Me reí con la idea. Era tan absurdo todo, que me hizo más gracia todavía y se me escaparon carcajadas hasta que se me saltaron las lágrimas.

—Joder, Avery. Tenías que haberte visto la cara —me dije a mí mismo.

Era una completa tontería, pero consiguió animarme la mañana.

Terminé de desayunar y cogí las llaves de la encimera de la cocina para ir a por la leña al cobertizo.

Esta vez tuve mucho cuidado de no pisar ningún charco.

Fuera soplaba un viento furioso que me hizo estremecer de frío en cuanto salí de la cabaña.

El cielo estaba encapotado y prometía lluvia o incluso nieve en cualquier momento.

Me metí las manos en los bolsillos de mi chándal blanco, mi segundo favorito, y fui con cuidado hasta el cobertizo.

Era una choza más tosca y grande que la casa principal, pero también parecía bien cuidada. Recé para no encontrarme a ningún mapache, ni rata, ni, por supuesto serpientes ni murciélagos en su interior.

—Como un animalejo me dé un susto, juro que le prendo fuego a este sitio.

Dándome ánimos a mí mismo abrí la puerta con la llave más pequeña del llavero y me aparté de la puerta para dejar pasar al animal que estuviese dentro y quisiese salir.

—¿Hola? —asomé la cabeza por la puerta, dejando el resto fuera por si acaso.

Luego me recriminé a mí mismo el ser tan patético.

—¿Qué animal va a estar ahí metido que te pueda contestar?, idiota que eres idiota.

Junté todo mi valor, que era bien poco, y me animé a adentrarme un poco más. Tenía ventanas muy altas que daban claridad al interior. Pero como estaba muy nublado y no se veía demasiado, encendí también la luz, rezando para que no estuviese fundida. No lo estaba.

Miré por los cuatro rincones esperando ver a algún animal agazapado esperando a que me relajara para atacarme, pero solo vi un trineo de nieve, del que Avery no me había hablado, por supuesto, temiendo que me matara si decidía probarlo.

Algunas herramientas, que no sabía para lo que se podían utilizar, colgadas por las paredes y un banco de trabajo lleno de polvo y de más herramientas extrañas que parecían instrumentos de tortura.

Bueno, la motosierra sí la reconocí y había algo muy grande tapado bajo una manta raída.

Ni me molesté en destaparlo para ver lo que era.

—¿Para qué se utilizan estas cosas? —me acerqué un poco más para verlas de cerca.

Un revoloteo por encima de mi cabeza me dio un susto de muerte.

—Que no sea un murciélago, que no sea un murciélago, por favor.

Eché a correr y llegué a la puerta a tiempo de ver un par de palomas salir volando asustadas por mi interrupción.

—Cabronas, me habéis acojonado, joder.

Volví a entrar y en el segundo vistazo vi un depósito gigante de lo que supuse debía ser gasoil o gasolina ya que aún tenía el interior del cobertizo ese leve olor a carburante, muy débil, por lo que supuse que hacía tiempo que nadie lo usaba.

Para mi consternación, vi un impresionante montón de troncos apilados sobre unos palés de madera, sin cortar, enormes troncos de más de un metro que no cabían en la chimenea, ni podría acarrear en mis condiciones físicas.

Se me vinieron a la cabeza imágenes de toscos leñadores con las camisas de cuadro y barbas a juego cortando leña con sus hachas gigantescas.

—No puede ser verdad. ¿Quién coño va a cortar estos troncos?

Cogí mi móvil para llamar a Avery.

—¿Algún problema? Dime que no estás herido de muerte.

Bufé porque ya no podía seguir ofendiéndome con ella, ¿para qué?

—No seas ridícula. Oye, ¿tú sabes algo de la leña que no está cortada en mi cobertizo? —fui directo al grano, para que no se me dispersara que era muy propensa a hacerlo.

—¿Eh? ¿No está cortada? —me preguntó sorprendida.

—Si estuviese cortada, no te estaría llamando, ¿no crees?

—A ver —parecía realmente confusa por la noticia— habían contratado a alguien de los alrededores para que dejara la leña cortada, según tengo entendido.

—¿A alguien de los alrededores? —no había nadie cerca. ¿A quién coño habían pagado? —Avery, no hay nadie más por aquí.

—Sí, sí hay —era la primera noticia que tenía— hay una cabaña muy cerca de la tuya. ¿De verdad pensabas que te iba a dejar ir a un lugar como ese completamente solo?

Me ofendí con ella porque al parecer todavía podía hacerlo.

—Oye, que no se me está dando tan mal.

—Ray, estás acostumbrado a que haya gente a tu alrededor que te lo hace absolutamente todo y por si no fuese suficiente para saber lo poco que te sabes valer por ti mismo, estás herido.

—Estoy bien —le repetí.

—Has estado gravemente herido. Tuviste un traumatismo torácico y abdominal. Tienes tres costillas rotas y te tuvieron que extirpar el bazo y la vesícula. Has estado casi dos meses en el hospital…

—Vale, vale, lo pillo – no quería que enumerara todas las cosas que me dolían o me deprimiría todavía más.

—Llamaré a la mujer que se encarga de tu cabaña para ver qué ha pasado y te vuelvo a llamar con lo que sea.

—Diles que no me queda leña para encender la chimenea, que es urgente si no quieren que me muera de frío.

No era cierto. Todavía quedaban unos troncos para encenderla hoy, pero así se darían más prisa ¿verdad?

—Vale, vale, tú abrígate bien por si acaso —me reí de sus palabras— ¿de verdad estás bien?

—Que sí, pesada. Haz tu trabajo que para eso te pago. Tía vaga.

Era una broma entre nosotros. Nos conocíamos de tantos años que teníamos una relación fraternal. La quería con locura y sabía que ella a mí también. Yo no era nadie sin ella y los dos lo sabíamos.

—Vale, vale. Iré a hacer la magia que mejor se me da. Ayudarte a ti a sobrevivir en cualquier sitio. Luego te llamo.

Salí del cobertizo, y tras cerrar la puerta para que no entraran más animales, decidí dar una vuelta a buscar la casa del leñador que vivía por los alrededores. A ver a quién me encontraba.

Si no me perdía por el camino, claro.