RAY
—¿Me estás diciendo que la mujer que trae las provisiones no va a venir hasta que pase esta supuesta tormenta que va a llegar en cualquier momento? ¿Es eso?
—Tiene a su marido enfermo con gripe que es el que la acerca con el todoterreno, así que organízate la comida que no va a haber más hasta nuevo aviso.
Avery me había sacado de la cama a las nueve de la mañana para decirme eso, como si fuese una emergencia nacional o algo así.
—Yo también puedo ir al pueblo, ¿sabes? —me sentía herido en mi orgullo— te recuerdo que mi coche tiene GPS y tan inútil no soy.
Era posible que sí lo fuera porque siempre había gente que me solucionaba la vida. Pero era capaz de ir al pueblo, donde quiera que estuviera, a comprarme una docena de huevos o lo que se me antojara.
—Por el bien de mi salud mental, no cojas el coche cuando llueva o nieve, no quiero morirme de preocupación.
—Oye…—¿Veis lo que os decía? Piensa que soy un inútil integral —Voy a hacer como si no hubieses dicho nada sobre mi manera de conducir.
Me gustaban mucho las carreras de coches y tenía un par de ellos con los que me gustaba competir de manera extraoficial. Pero por motivos lógicos no me los había podido traer hasta aquí.
—Vale —suspiró al otro lado de teléfono— ¿Cómo estás?
Siempre me enternecía que se preocupara por mí, aunque llevase al extremo su instinto de mamá gallina.
—Estoy bien —mentira— las costillas me duelen menos —mentira también— y empiezo a dormir algo mejor —eso sí era verdad.
Culpaba al viaje tan largo que había hecho, que todavía no había conseguido aclararme la cabeza y no sucumbir al cansancio y al sueño que me embargaba. Esta noche no había tenido pesadillas y habría dormido más si ella no me hubiese despertado tan temprano.
—Qué alegría me da oírte decir eso —aunque no parecía demasiado contenta por el teléfono, parecía más preocupada que otra cosa— ¿Has salido a pasear por los alrededores como te aconsejó el médico?
Ahí me había pillado. Pensé en mentirle también, pero ya estaba cansado de contarle tantas mentiras.
—Eh… no. Ha estado lloviendo y el terreno es una mierda para pasear— todavía recordaba mi vergonzosa caída en el charco días atrás— pero en cuanto desayune de hoy, salgo a pasear sin falta.
—Vale, ten cuidado por si ves animales salvajes. No te alejes mucho.
Era lo único que me faltaba que me dijera. Como yo no era cagón ni nada…
—¿Animales salvajes? ¿Cómo de salvajes?
Dudó antes de contestarme.
—Eh, no sé. Lobos quizás, o zorros o incluso puede haber algún oso. ¿No sabes si hay osos por esa zona?
—¡Oh, Avery, venga ya! ¿Osos en Rumanía? ¿En serio?
—No lo sé. Tú solo ten cuidado —la oía andar de un lado a otro por los tacones que siempre llevaba— escucha, Ray, estás en medio de los Cárpatos, es una cadena montañosa y posiblemente haya animales salvajes, ¿Cuáles?
Ni idea – siguió ella sin saber lo mucho que me estaba preocupando— pero por si acaso no te alejes mucho, y recuerda que si te encontraras con un oso tienes que hacer mucho ruido para espantarlo y evitar que te ataque.
Esto empezaba a ser surrealista.
—¿Desde cuándo sabes tú lo que hay que hacer cuando ves a un oso? —me tuve que reír ante la idea de ella con sus tacones de diez centímetros y su escaso metro sesenta, haciendo ruido en un bosque o corriendo para huir de un oso.
—Es de primero de montañismo —me soltó tan fresca— todo el mundo sabe lo que hay que hacer si se encuentra con un oso.
¿En serio?
¿Y yo por qué me estaba enterando en este mismo momento?
Miré por la ventana viendo el bosque de pinos que tenía a escasos metros como un paraje lleno de animales salvajes y osos. Sobre todo, de osos a los que tenía que asustar para que no atacaran.
—Vale. No me alejaré de la cabaña. Te lo prometo. Ahora voy a darme una ducha y a desayunar, que estoy famélico.
—Y no te olvides de tener la leña preparada dentro de la cabaña para cuando llegue la tormenta.
Miré el montoncito de troncos que apenas daría para encender la chimenea en cuanto acabara de hablar por teléfono. No podía alargar más el momento de ir al cobertizo a por leña. Esperando que no me encontrase ningún animal salvaje por el camino.
—Vale, vale, lo pillo. Te dejo, Avery, vamos hablando. Un beso.
Ya tenía planes para toda la mañana.
Primero ducharme, desayunar, ir a por la leña y después pasear por los alrededores, aunque si aparecía un oso me comería seguro. Con todas mis heridas lo último que podía hacer era salir corriendo. Ya me gustaría.
En fin.
¿Y si veía un lobo? ¿También había que hacer mucho ruido?