LIAM
Después de una noche inquieta, despertándome continuamente por las pesadillas, cuando por fin caí en un sueño profundo, me despertó un sonido atronador.
¿Qué estaba pasando? ¿Eran truenos? ¿Había otra tormenta? Me quedé escuchando con atención.
Estaba tan acostumbrado al silencio de la montaña, que escuchar aquel ruido era infernal.
¿Era… música?
¿Quién coño tenía música puesta tan alta como para despertar a toda la montaña?
Cogí el móvil para mirar el reloj y maldije en tres idiomas al maldito o maldita inconsciente que tenía la mierda de música a ese volumen.
Pensé en de dónde podía venir el sonido y excepto en la cabaña más cercana, que hasta el día anterior estaba vacía (ya me encargaba yo de controlarlo), no había ningún otro sitio de donde pudiera venir la música.
Me tapé la cabeza para intentar seguir durmiendo. Solo eran las ocho de la mañana, por Dios bendito, y apenas hacía unas horas que había conseguido dormirme… y había un desconsiderado que pensaba que la montaña era suya para poner la mierda de música a ese puto volumen.
Quise levantarme e ir a decirle algunas verdades a quien coño fuera, pero si no calmaba mi mal genio, seguramente le haría ver a ese energúmeno que no podía ir por el mundo como si fuera suyo.
Mi husky siberiano, Apolo, vino a saludarme cuando se dio cuenta de que estaba despierto. Se subió a la cama para animarme a que le abriera la puerta.
—Sí, sí, ya lo he pillado —me levanté y me obligué a llegar hasta la puerta para que pudiera salir a hacer sus necesidades— que te meas y no aguantas más. Cuando seas viejo sabrás lo que es la próstata.
Como siempre, no me hizo puñetero caso y salió disparado a los pinos que estaban junto a la casa.
—Trae conejos o algo para comer —como si no lo conociera. Lo máximo que me traería sería un palo para que jugara con él o alguna pelota que tuviera por ahí perdida.
—Joder, ¿cómo puede la gente oír música a ese volumen sin quedarse sordo?
Miré donde sabía que estaba la cabaña de donde salía la música teniendo claro que, si se repetía este escándalo y no me dejaba dormir, iría a explicárselo bien clarito.
Me había venido a esta parte del mundo para estar solo y disfrutar de un merecido descanso en la naturaleza, desintoxicándome de la tecnología y del estrés.
¿Ahora venía un niñato, o lo que fuera, a molestarme? ¿No había más lugares en el mundo o qué?
Me fui a la ducha dejando la puerta abierta para Apolo y ni siquiera me había dado cuenta de que iba desnudo.
Miré mis cicatrices en las piernas, hombros y abdomen y, una vez más, tuve que dar gracias de haber salido con vida de la explosión.
Echaba de menos el ejército. Su disciplina. Y poder curar a los hombres, aunque siguiera teniendo pesadillas de lo que había vivido en los años que estuve destinado en Irak.
Me di una larga ducha de agua caliente y me vestí con un pantalón cargo y una sudadera abrigada porque pensaba cortar leña esa tarde antes de que me pillara la tormenta.
Seguía sin tener demasiado apetito, pero me obligué a desayunar.
Al abrir la nevera me di cuenta de que necesitaba hacer la compra urgentemente. Muy urgentemente.
Tenía que mandarle un mensaje a Anka, la mujer que me traía las provisiones.
Me pregunté si a mi nuevo vecino también le traían las provisiones o iba él al pueblo a por ellas.
No tenía ni una pizca de curiosidad. Ni una pizca.
No iba a ir a visitar a quien fuera, bueno, lo haría si seguía poniendo esa mierda de música a horas tan intempestivas.
Por mí podía irse al infierno y no volver nunca.
Me pregunté cuánto tiempo se quedaría. Esperaba que no mucho.
No me gustaban los vecinos chismosos. Ni las sorpresas.
Había venido buscando tranquilidad y no llevaba bien que me molestaran.
Si esperaba que fuéramos a hacernos amigos o algo por el estilo, lo tenía crudo.
Apenas me soportaba a mí mismo, así que menos iba a soportar a extraños haciendo ruido y molestándome a todas horas.
Se lo dejaría bien clarito.