Asuntos pendientes RAY
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RAY

Aunque había dormido mucho, el mero hecho de agacharme para colocar la leña y encender la chimenea ya me dejó hecho polvo. Preparar el desayuno mientras la casa se calentaba acabó con mis reservas de energía.

Deseaba sentarme, o mejor echarme y quedarme allí, sin nada que hacer excepto ver la tele o escuchar música, hasta que mis costillas se curaran.

Pero había sido idea mía venirme al culo del mundo nada más salir del hospital.

Así que decidí que, cuando terminara de comer, me tomaría las pastillas que traía y me prepararía para explorar los alrededores.

Aunque tardara dos horas en ir al cobertizo.

Tenía que andar cada día para recuperar mis pulmones, y aunque no debía hacer esfuerzos, sí que tenía que caminar un poco.

Y quizás buscar algún vecino. Nunca se sabe la falta que te pueden hacer.

Me negaba a pensar que estaba solo en esa gigantesca e impresionante montaña.

También quería visitar el castillo de Drácula y los sitios más pintorescos de este país. Aunque pensaba comenzar por los alrededores. El bosque de pinos que tenía a tan solo unos metros detrás de la cabaña me llamaba como el canto de una sirena.

Desayuné una enorme taza de capuchino que era mi especialidad.

Lo hacía con tanto cuidado y mimo que terminaba haciendo una exquisitez, aunque Avery se quejaba de que tardaba media mañana en prepararlo.

Me hice unas tostadas francesas con el pan de molde que encontré y exprimí unas naranjas para un zumo natural.

Como estaba hambriento, también me hice unos huevos con bacon , aunque cuando me senté en la isla de la cocina, estaba tan dolorido que se me había quitado el hambre.

Cogí las pastillas que anoche dejé en la isla y me tomé una, como me había indicado el médico y me la tragué con un trago de zumo.

Me obligué a comer porque tampoco había cenado y ya había perdido demasiado peso desde el accidente.

Además, las pastillas me sentaban mal si me las tomaba con el estómago vacío.

Busqué una playlist en mi móvil y la puse a todo volumen mientras me obligaba a comer algo.

Como no tenía vecinos cerca, disfruté de la música alta, como me gustaba oírla.

Miré la leña que me quedaba junto a la chimenea y calculé que podía tener para el día de hoy y poco más. Así que supuse que habría más en el cobertizo.

—No me queda otra que salir a por ella— me dije para darme ánimos.

Empezó a sonar una de mis canciones y se me hizo un nudo en la garganta pensando que nunca más volvería a cantar con ellos.

Dos habían muerto en el accidente y Connor, el que conducía y con el que tenía una relación más estrecha, ya me entendéis, estaba en coma y no se esperaba que despertara. Traumatismo craneoencefálico o una mierda de esas.

Aunque Avery estaba cansada de decirme que no pensara en mi futuro laboral ahora mismo, que me dedicara a recuperarme y que ya tendría tiempo de pensar en la música, no conseguía quitarme la idea de la cabeza.

Me había centrado tanto en mi música que apenas tenía amigos fuera de ese ámbito, y estaba seguro de que muchos de los que decían ser mis amigos, era porque era famoso y conocido en el mundo entero.

—Es muy ruin decir eso —me regañé a mí mismo— dice muy poco a tu favor si piensas eso de tus amigos.

Era cierto, pero ya no sabía lo que creer.

Mi vida había saltado por los aires y aún estaba intentando recuperar los pedazos.

—Ay, joder. No te pongas a llorar —me dije— ni se te ocurra. Deja de autocompadecerte y mueve el culo para buscar leña antes de que se agote y venga esa famosa tormenta que dicen todos que viene y te quedes aquí dentro congelado como un helado en un congelador.

Me reí de mi propio chiste.

Eché un vistazo al paisaje que había tras la ventana y no podía ser más triste. El cielo anunciaba tormenta y el viento susurraba por las rendijas de la cabaña.

Hice un esfuerzo y me levanté sin haberme comido la mitad del desayuno, pero si no aprovechaba ese momento, sabía que luego no lo haría.

Cogí las llaves que había dejado en la encimera y abrí la puerta de la cabaña con cuidado.

De repente me sentí solo e indefenso. Aunque siempre había llevado guardaespaldas y nunca me había preocupado por mi seguridad, consideraba que estaba en forma.

Mi entrenador físico me machacaba todos los días.

Me negaba a que me viese nadie estando tan vulnerable.

Yo mismo me encargaría de los ejercicios que mi fisio me había mandado hacer para recuperar mi capacidad pulmonar.

—Allá vamos —me animé otra vez—, no va a haber ningún animal que me ataque ahí fuera— entré y le di más voz a la música que ya era atronadora, para que, si había algo acechándome en ese momento, se asustara y se marchara.

Si Avery me viese ahora mismo se estaría riendo una semana entera.

Miré el suelo para no marcharme las zapatillas de marca de barro, así que fui dando pequeños saltitos entre charco y charco para no mojarme los pies.

Al tercer salto mis costillas se resintieron y pisé el barro del suelo con la mala suerte que al intentar esquivarlo me resbalé y caí de culo en el charco más grande de todos.

—Mierda, mierda, mierda. Mi chándal nuevo, joder. No me lo puedo creer.

Me levanté todo lo digno que pude y miré a todos lados por si alguien había visto mi vergonzosa caída. Casi imaginé a los paparazzi que siempre me seguían, sacando un montón de fotos que saldrían en todas las revistas del corazón.

—Menos mal que no hay nadie.

Tenía el culo congelado del agua del charco. Mis pelotas se habían encogido quedándose del tamaño de unas canicas.

—Menuda mierda.

Volví a la cabaña, ya sin importarme nada.

Necesitaba una ducha caliente y larga y poner a lavar mi chándal favorito y mis deportivas nuevas también.

Entonces miré el cobertizo que estaba a unos metros de mí. Luego la cabaña. Y otra vez el cobertizo. Cuando di un paso hacia el cobertizo, mis pies hicieron chof, chof por el agua que tenían dentro, así que me di la vuelta y me metí en la cabaña de nuevo.

A la mierda la leña.

Ya iría otro día a por ella.