CAPÍTULO 31
Charlotte Lins
—Entonces, ¿Baily es el apellido de soltera de tu madre? —preguntó Callum.
—Exacto.
—¿Y tus hermanos estudian lo que me dijiste que era su trabajo?
—Eso es.
—¿Y cómo entraste en la pista a patinar? —Callum me miró, divertido.
—Pensaba que se te había olvidado eso —me reí, acurrucándome contra él, disfrutando de su piel calentita bajo el edredón.
—Ni de coña, fue el día en que conocí al amor de mi vida.
—Callum —era tan guapo y adorable declarándose así. Deslicé la nariz por la suya, disfrutando de su respiración chocando contra mi cara.
—Nada de secretos, quiero saber qué estabas haciendo —me apretó la cintura, con los dedos helados; solté un gritito.
—¡Eh! ¿Cómo puede estar tu mano tan fría? —protesté, ya que hasta nuestras cabezas estaban tapadas.
—La he dejado fuera del edredón, anticipando este momento —se rio, deslizando la mano por mi columna.
Grité, saltando encima de él. Callum empezó a hacerme cosquillas, mientras yo intentaba escapar; su cuerpo musculoso se fue colocando sobre el mío. Besos repartidos por mi cuello y mi cara ahuyentando el frío.
—Cuéntamelo, Lotte —pidió con voz suave.
—Vale, tengo un acuerdo con el conserje. En las vacaciones de verano, puedo usar la pista para patinar, siempre que cierre todo y recoja el desorden del vestuario.
—¿Qué? Ese hombre es un tirano, explotando a mi ratita.
Me reí, Callum se tumbó, llevándome encima de él; el edredón se nos escapó de las cabezas. Lo miré sonriendo, disfrutando de su cara despreocupada.
—Hace muchísimo frío —protesté, tirando del edredón para taparnos las cabezas otra vez.
—Alguien ha tocado el termostato, esto es inaceptable —protestó Callum—. Voy a comprobar si está encendido.
—Aprovecha y tráeme un sándwich.
—¿De pavo?
—Puede ser —le besé la mejilla—. Ah, ¿y tú? ¿Qué estabas haciendo en la pista aquel día?
—Fui a buscar mi móvil.
—Me descubrieron por culpa de un móvil, qué rabia.
Callum soltó una carcajada, me besó el cuello y respiró hondo, saliendo de debajo del edredón.
Saltó sobre el suelo helado, con la polla balanceándose arriba y abajo.
Cogió una manta de la silla, se envolvió en ella, se puso los calcetines y las zapatillas para salir de la habitación, quejándose del frío.
Seguí acurrucadita, admirando la habitación de Callum.
Había puesto fotos nuestras por todas partes, un cuadro enorme con una imagen tomada el día del concierto, cerca del escritorio.
Cuando recuerdo cómo corrió por mi culpa aquel día, el corazón me da un vuelco de felicidad.
¿Cómo podía ser este hombre tan perfecto?
Dios mío, lo quería demasiado. El peso de la mentira me ahogaba el corazón de una forma angustiante; no podía seguir mintiéndole después de que él me revelara sus secretos más profundos, confiando en mí, creyendo que yo era digna de recibir sus secretos.
Callum confiaba en mí, me quería, y merecía recibir lo mismo.
Pensé que no iba a poder, aterrorizada por la idea de perderlo.
Tuve que confiar, creer en quien tenía mi corazón y me prometía que estaríamos juntos para siempre.
Fue difícil, me faltó el aire y la inseguridad casi me volvió loca.
Pero ahí estaba Callum, escuchando mis palabras, entendiendo mis motivos, y al final salimos más fuertes de esa situación.
Ya no había más secretos.
Callum era mío, y yo era suya, y entre nosotros ya no había desconfianzas.
Seguí acurrucadita hasta sentir un airecito caliente entrando en la habitación, con un plato con dos sándwiches. Callum abrió la puerta, se quitó las zapatillas y se tiró debajo del edredón conmigo. Estaba helado, y no pude evitar unos grititos cuando su cuerpo tocó el mío.
—Alguien ha bajado el termostato, mato a Inaki o a Mackenyu —dijo.
Cogí mi sándwich y empecé a comer bajo el edredón.
—¿Cuál de los dos está lo bastante loco como para querer la casa fría con este frío de mierda?
—Probablemente, Inaki, a ese tío le encanta el frío —mordió su sándwich.
—Mañana lo matamos.
—Sin duda.
Nos reímos, y después del sexo estupendo de reconciliación, terminamos de comer y nos dimos una ducha calentita, pero ninguno de los dos quiso vestirse. Callum sonrió, abrazándome la cintura. Me di la vuelta, quedando de espaldas a él, con su polla contra mi muslo.
Seguimos hablando hasta que el sueño nos venció. Ya casi amanecía, pero no nos importó. El domingo servía para dormir tranquilos.
Nos despertamos casi al mediodía, con el olor de la comida haciéndose. Después de un sexo estupendo en el baño, me puse una sudadera de Callum y bajamos las escaleras. Me sorprendió ver a Anna en la cocina, charlando animada con Inaki. ¿Qué estaba pasando aquí?
—¿Anna? —Callum frunció el ceño.
—Ah, por fin os habéis despertado —Anna sonrió, mostrando la mesa llena de comida—. Inaki me invitó a cocinar y no me pude resistir.
—¿Qué os traéis entre manos? —hice la pregunta definitiva.
—Somos amigos, nada más —respondió Anna.
—Descubrimos que tenemos mucho en común —añadió Inaki, sentándose a comer—. Venid a comer.
—Esto es muy raro —dijo Callum.
Lo miré, pidiéndole que se callara. Si los dos eran amigos, no debíamos hacer suposiciones ni poner caras raras.
Me senté, y Callum hizo lo mismo. Empezamos a hablar y, mientras comía, me di cuenta de que Inaki y Anna eran solo amigos.
Ella no lo miraba como solía mirar a otros chicos.
Inaki, bromista, no mostraba ningún interés sexual por Anna.
Ahora entendía por qué quería acompañarme siempre que venía.
Anna quería estar cerca de Inaki, hasta convertirse en su amiga de verdad.
Si tenía algún motivo oculto, no había manera de saberlo.
Terminamos de comer y nos reunimos en el salón; Inaki se quejó del termostato y fue con Callum a comprobar qué le pasaba.
—Entonces, ¿esta amistad? —le pregunté a Anna cuando nos sentamos en el salón.
—Somos solo amigos —sonrió—. Después de toda la decepción amorosa con Callum, decidí espabilar en mi vida —se hurgó la uña—.
Hice las paces con Lera, pero le dejé claro que no vamos a salir; a mí no me gusta de esa manera.
Reconozco que en el pasado me sentí atraída, pero fue solo eso —me miró con los ojos como platos—.
Inaki oyó una discusión con mi madre por teléfono, y desde entonces ha sido un hombro estupendo en el que apoyarme.
—Vaya —fue lo único que se me ocurrió pensar.
Sabía que la gente cambiaba después de grandes decepciones amorosas, pero aquello era impresionante.
Anna de verdad quería a Callum, si había cambiado tanto al darse cuenta de que no lo tendría.
Era un alivio no tener que preocuparme de que mi amiga se convirtiera en una zorra cerca de mi novio o intentara robármelo.
Anna no era ese tipo de chica, y me alegré de que fuéramos amigas.
Cada persona tenía un defecto propio; al menos ahora ella sabía cuál era el suyo y no la fastidiaría por eso.
—Gracias por confiar en mí —le apreté la mano.
—Y gracias por no echarme de tu vida por lo de Callum. Prácticamente eres mi única amiga —sonrió, un poco triste—. Y estoy volviéndome loca por culpa de mi madre.
—¿Qué ha pasado esta vez?
—Quiere que sea la modelo de la nueva colección, pero no quiero, odio la exposición en las pasarelas. Prefiero quedarme entre bastidores organizándolo todo, pero ella no lo entiende. Inaki sí me entiende —sonrió, sincera—. Hemos hablado bastante de eso.
Seguimos hablando de su problema actual con su madre.
Callum e Inaki volvieron, quejándose de que el termostato estaba roto.
Inaki quería arreglarlo, y Callum prefería llamar a alguien que supiera lo que hacía.
Discutieron durante casi media hora, y solo pararon cuando llegó Mackenyu con un chico para hacer el arreglo.
—¿Has visto eso, Inaki? ¡Mackenyu tiene sentido común!
—¿Cómo voy a arreglar algo si ni siquiera sé cómo va? —se quejó Mackenyu.
—Somos hombres, deberíamos saber arreglarlo todo —Inaki se golpeó el pecho, ofendido.
Casi una hora después, el chico anunció que había que cambiar tres piezas, e Inaki se calló lo de saber arreglarlo, ya que no tenía ni idea de para qué servían las piezas.
El domingo se volvió más tranquilo después de las cuatro de la tarde, cuando la casa ya estaba caliente y cada uno se metió en su habitación.
Recibí una llamada de Grant. Sonriendo, contesté a la videollamada sin miedo a que me pillaran.
—Princesa, ¿ya has comprado el billete de avión?
—Todavía no —recordaba haber recibido la transferencia de Jensen para el billete.
—¿Por qué?
—Las cosas han ido con prisas —giré la cámara hacia Callum, sentado contra el cabecero—. Estaba arreglando cosas con mi novio —me recosté contra el pecho de Callum.
—Ah, hola —el semblante de Grant se ensombreció, indicando que no le gustó nada ver a Callum con tanta confianza conmigo.
—Hola, cuñadito —Callum lo provocó, dejando a mi hermano irritado.
Le di un golpecito en el pecho para que dejara las provocaciones.
—No pienses que te voy a aceptar tan fácilmente como novio de Lotte —avisó Grant.
—Lotte ya me ha aceptado; vosotros solo tenéis que asumirlo —respondió Callum.
—¡VALE! —dije alto, cortando a los dos—. Dejad las provocaciones solo para el hielo.
—Quiero hablar con mi hermana, apártate de ese tío, Lotte —se quejó Grant.
—No pareces ni el hermano que me animó a contarle la verdad a Callum —protesté, levantándome e yendo al baño.
—Te animé para no verte sufrir después; no significa que me caiga bien.
—Tenéis que conoceros mejor.
—Ni de broma.
Se me iluminó una idea en la cabeza. Sonreí, sentándome en la tapa del inodoro. Grant frunció las cejas, analizándome con cuidado, sabiendo que estaba tramando algo.
—¿Qué estás planeando?
—Nada.
—Lotte.
—Grant.
—Sea lo que sea que estés pensando, es mejor que lo dejes —avisó.
—Vale, voy a colgar. Chao.
Colgué la llamada y llamé a mi madre. Contestó al segundo tono, sentada en el sofá, con un jersey rojo. Sonreí al ver su pelo rubio corto, mostrando su nuevo look .
—Qué sorpresa tan buena, hablar con mi hijita un domingo por la tarde.
—Tengo mucho que contarte —sonreí.
Se animó y me dejó hablar de mi relación con Callum. No le escondí nada a mi madre. Salí del baño mientras hablábamos; Callum estudiaba con los auriculares puestos, miró por encima del hombro, le avisé que estaba hablando con mi madre, sonrió, asintiendo, y volvió a estudiar.
—Me ha gustado tu idea, puedes traerlo, si no va a pasarlo con su familia. Te voy a mandar dinero para los billetes.
—Jensen ya me lo mandó —le conté.
—Ay, qué bien, no lo sabía. Tu hermano siempre se adelanta. Le comenté que quería reunir a la familia en Acción de Gracias, y ya se puso a mandarte dinero —se rio un poco.
—Ya sabes cómo es Jensen, siempre por delante —sonreí, pensando en mi hermano—. ¿Crees que papá va a poder con lo que va a ser este Acción de Gracias?
—Estoy segura de que, al final de la noche, los cuatro estarán castigados sin salir y obligados a llevarse bien.
Fruncí el ceño, imaginándome la escena.
—¿Cómo está la abuela?
—Pasó unas semanas conmigo y decidió volver a casa. Ahora que está mejor, las cosas se están arreglando.
—Me alegro —sonreí aliviada.
Hablamos un poco más, hasta que ella tuvo que colgar. Solté el móvil, sonriendo por nuestro plan para las fiestas. Me levanté, hice girar a Callum en la silla, dejándolo de frente a mí.
—¿Dónde vas a pasar el Día de Acción de Gracias?
—Aquí.
—¿No te quedas con tu madre?
—Se pone bastante deprimida en las fiestas —desvió la mirada—. No sirvo de mucho allí.
—Lo siento mucho.
—No pasa nada, sé que el año que viene estaremos todos juntos —me agarró de la cadera, tirando de mí para sentarme en su regazo.
—Mi madre y yo queremos que pases el Día de Acción de Gracias con nosotros. Sé que es con poco tiempo y los billetes cuestan una fortuna; lo entenderé si…
—¡Quiero ir! —sonrió animado.
—¿Estás seguro? Vas a estar cara a cara con mis hermanos, y son bastante agresivos.
—No les tengo miedo —se encogió de hombros, convencido—. Voy a conocer a los padres de mi chica. Seré un hombre respetable y honrado y me ganaré a mis suegros.
—¿No quieres ganarte a mis hermanos?
—Eso lo haré a base de hostias en la pista.
Solté una carcajada por la lógica de Callum. Día de Acción de Gracias va a ser cualquier cosa menos tranquilo.
Que Dios nos proteja durante ese encuentro.