Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 30 #2
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CAPÍTULO 30 #2

La besé, queriendo calmarla de ese tormento que le perturbaba la mente y el corazón.

Lotte me rodeó el cuello con sus brazos finos, aferrándose a mí.

Sonreí, disfrutando el sabor de su beso y de su entrega.

Lotte se había aterrorizado con la posibilidad de perderme, pero ahora yo le daba consuelo, certeza y seguridad.

—Tontita, ¿de verdad pensabas que algún día iba a dejarte ir? —murmuré, desabrochando los botones de su pijama blanco.

—Me morí de miedo de que lo descubrieras y me odiaras —confesó, con la punta de los dedos helados desabrochándome la camisa.

—Si no me lo hubieras contado, la reacción habría sido otra —le tiré de la camiseta, relamiéndome al ver sus pechos redondos y firmes, el pezón erecto llamándome.

—¿Te habrías enfadado mucho? —me quitó la camisa y la sudadera por los hombros; ni me había dado cuenta de que no me las había quitado al llegar.

—Cabreado, loco de rabia y, sobre todo, decepcionado por que me lo ocultaras —tiré mis prendas a un lado, la obligué a arrodillarse ante mí—. Confiaste en mí, Lotte, y eso es lo único que importa.

—¿No te molestó saber que eres el cuñado de los trillizos? —su risa no disimuló el nerviosismo.

—Los que deben de estar cabreados son ellos —la tumbé en la cama, arrancándole el pantalón del pijama y las bragas—. Por saber que me estoy follando a su hermanita.

—¡Callum!

—En este juego, el que ha ganado he sido yo —avancé, chupándole el coñito, hambriento—. El mejor premio.

—¡Ah! Callum —me encantaba el sonido de mi nombre en sus labios llenos de deseo.

Mientras le comía el coñito delicioso, empecé a quitarme el pantalón y los calzoncillos.

Me agarré la base de la polla, dura, palpitando, deseando acomodarse en el calor de la vagina de Lotte.

Le mordisqueé la carne, levanté la cara, le besé el pubis y subí por su ombligo y su barriga, dejando un rastro de besos a mi paso.

Lotte tomaba anticonceptivos y, por eso, no tuve que preocuparme por el condón al entrar en su calor.

—Te quiero —dijo, tirándome de la cara, con la mirada fija en la mía, llena de pasión.

—Siempre te querré y te protegeré, Lotte —uní nuestros labios, hundiéndome en su interior.

La pasión ardía de forma arrolladora. Empujé la cadera, encontrando la suya, sus piernas alrededor de mi cintura, los brazos rodeándome el cuello, las manos tocándome la cabeza, tirando de mí hacia ella.

Sonreí contra sus labios, amando cada detalle de esa entrega pura y sencilla.

Mis movimientos ganaban velocidad, sus gemidos se me colaban en los oídos, dándole gasolina a mi pasión.

—Que le den a que hayas mentido —murmuré, jadeante—. Lo único que importa es esto —le apreté la cintura, embistiendo profundo; Lotte gimió, apretando los párpados—. Cómo te entregas a mí, estos gemidos, tu sabor, todo en ti me vuelve loco, Lotte —le besé el cuello.

—Callum, siempre has sido tú, solo tú —me clavó las uñas en los hombros, arañando, entregándose, abriéndose mientras la hacía mía.

Había más pasión, el amor impregnando cada uno de nuestros movimientos, la entrega sucediendo con espontaneidad.

No había motivo para aferrarme a la mentira contada en el pasado.

Aquella era mi Lotte y, con calma, ya descubriría qué era verdad y qué era mentira de lo que había dicho sobre sus hermanos, pero ahora lo único que importaba eran nuestros cuerpos juntos.

—Córrete conmigo, Lotte —pedí, con la mejilla pegada a la suya, respirando pesado, gimiendo contra su oído.

—Sí, sí —me clavó las uñas con fuerza, tirando, arañándome la piel.

Segundos antes de llegar al clímax, Lotte me apretaba la polla con su coñito, casi asfixiándomela, y eso siempre era mi perdición.

En el instante en que sentí la presión, empecé a correrme, bombeando fuerte y profundo, llenando su interior con mi leche.

Gemí, busqué sus labios abiertos, tragándome el gemido largo que le salió de la garganta.

Enterré la cadera, sintiendo los restos del orgasmo mezclándose.

Respiré hondo, intentando recuperar el ritmo de la respiración, el corazón acelerado latiéndome como loco en el pecho. Lotte tenía una sonrisa sincera en los labios. Apenas podía creer que hubiéramos hecho eso: abrimos nuestros corazones y terminamos más fuertes al final de esa confesión.

Me tumbé de lado, atrayéndola hacia mi pecho. Lotte vino mimosa, estirando la pierna sobre la mía. Le acaricié el pelo, sin sueño, todavía con energía por la adrenalina del momento.

—Tus hermanos descubrieron que salíamos juntos el día del partido, ¿verdad?

—Sí. Se cabrearon conmigo —gimió como si le doliera; me reí por su drama.

—Qué pena, tendrán que aguantarme —le pellizqué la cintura—. No pienso soltar a su hermana, está muy buena.

—¿Solo estás conmigo por mi cuerpecito y para fastidiar a mis hermanos? —me miró seria, con una sombra de diversión en la cara.

—Y por las notas, no lo olvides; tu cerebro es muy sexy —le lamí la frente.

—¡Puaj, Callum!

Solté una carcajada, besándole la mejilla. Lotte se subió a mi pecho.

—De los tres, el más difícil va a ser Craig. Está cabreado, no me ha hablado. Jensen y Grant me animaron a contarte la verdad para no perderte.

Esa no me la esperaba; pensaba que los tres se unirían para acabar con lo nuestro. Sonreí, apartándole un mechón rubio detrás de la oreja.

—Craig debe de estar sensible por lo de la filtración de su contrato.

—¿Cómo pasó eso, Callum?

—No lo sé, la NCAA y la NHL están intentando averiguarlo, pero, sinceramente, me huele a cosa de mi padre, intentando fastidiarme —resoplé, poniendo los ojos en blanco.

—¿Crees que sería capaz?

—No lo dudo. Es un hijo de puta —giré, poniéndola debajo de mí—. Y no quiero hablar de él. Tenemos que aclarar unas cosas ahora.

—¿Como qué?

—Del cero al diez, ¿cuánto debería contenerme con tus hermanos en el hielo para no molestarte?

Lotte estalló en una risa deliciosa, aliviando el ambiente tenso que había surgido por mi padre.

—Cero. Si los chicos se enteran de que te contienes con ellos por mi culpa, me matan.

—Anotado. Mi novia no se va a enfadar si le rompo la cara a sus hermanos —le hice un gesto de aprobación con el pulgar, lo que la hizo reír.

—Te van a matar en la pista.

—Que lo intenten.

Podían ser los hermanos de mi novia, pero eso no cambiaba en nada mi determinación: voy a destrozarlos en el Frozen Four y a ganar la temporada.