Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Callum O’Brien

El clima de San Francisco era agradable.

Inspiré, llenándome el pecho de aire limpio, dejando atrás el frío de Boston, junto con las preocupaciones de la temporada.

Lotte conoció a mi tío en una cena de domingo con su familia, habló con mis primas y fue recibida por mi familia con mucho cariño.

Yo sabía que no tendría la misma acogida por parte de la suya: aquellos trillizos demoníacos no lo permitirían.

Llevaba su mochila al hombro, mi bolsa de viaje en la mano derecha y la otra entrelazada con sus dedos, mientras caminábamos hacia la salida del aeropuerto.

Ella buscaba a su padre, mirando el mensaje con su ubicación en el móvil y con los ojos atentos, intentando encontrarlo.

Yo había visto fotos de mi suegro y él la ayudaba en la tarea.

Vi a un hombre corriendo para cruzar el pasillo: canas entremezcladas con el pelo negro y denso, ojos del mismo tono oscuro, mandíbula cuadrada y una expresión de pura felicidad al vernos.

—Lotte —la llamó al acercarse.

—¡Papá!

Charlotte me soltó la mano y se lanzó a los brazos de su padre.

Luke abrazó a su hija, lleno de cariño. Sonreí, imaginando lo bonito que debía de haber sido crecer criada por ese hombre.

A pesar de todas las dificultades económicas que Lotte me había contado, Luke siempre pensaba en lo mejor para su familia.

—Papá, este es Callum —me presentó Lotte, sonriendo.

—Un placer, señor Lins —le tendí la mano, esperando su saludo.

—Un placer, Callum —envolvió mi mano en un apretón firme—. ¿Habéis tenido un vuelo tranquilo?

—Sí, señor.

Luke sonrió, abrazando a su hija por los hombros.

—Mi coche está al otro lado. Vamos.

Lotte sonrió; parecía ver más en esa interacción de lo que yo era capaz de percibir. Sonreí de lado, relajándome un poco cuando el señor Lins empezó a hablar conmigo sobre la temporada de hockey, queriendo saber cómo iban las cosas por mi lado.

—Caray, chaval, ¿diez partidos seguidos?

—Sí, señor —entré en el asiento de atrás, y Lotte se sentó delante con su padre.

—Lleváis una racha estupenda. ¿Cuántos partidos faltan para la final? ¿Dieciséis?

—Exacto, para llegar a los playoffs y, por fin, al Frozen Four.

—¿Estáis confiados? —se puso el cinturón y arrancó el coche, saliendo con tranquilidad.

—Sí, este año seremos campeones.

Estudié su expresión por el retrovisor. Luke seguía tranquilo, como si no hubiera oído al principal rival de sus hijos decir que iba a ganar a su equipo y coronarse campeón. El hombre sonrió y levantó el dedo, apuntando hacia arriba.

—¡Eso es! Un jugador de hockey necesita agallas para ganar los partidos.

Me reí, aliviado por su respuesta. El padre de Charlotte no me trataba con hostilidad por quién era yo. Solo veía al novio de su hija, y eso me reconfortó. Sus hermanos podían odiarme, pero, teniendo el apoyo de sus padres, nadie podría fastidiarnos.

—Callum es muy listo. Fue él quien diseñó la estrategia del equipo este año —me elogió Charlotte, y sentí que se me sonrojaban las mejillas por sus palabras, cargadas de orgullo dirigidas a su padre.

Quería demasiado a esa chica.

—¿En serio? Quiero oír más sobre eso —pidió, animado.

Dudé un segundo antes de hablar. ¿Y si se lo contaba a alguno de sus hijos?

Si Jensen descubría cómo había planeado las jugadas para acabar con ellos, podría recomponerse, buscar la manera de ganarme en la pista y acabar con mi sueño y mi objetivo.

El hombre me miraba expectante por el retrovisor, animado, queriendo oír cada palabra.

—Estoy poniendo al equipo a trabajar en conjunto, en lugar de pensar en una estrategia con seis jugadores. Pensé en algo usando a todos los jugadores.

—Eso es brillante. Nunca había visto nada igual. Vi vuestro último partido y noté más rotación entre los jugadores. Ahora que lo dices, tiene sentido. Una idea brillante.

—Gracias —sonreí, disfrutando del cumplido.

Apreté los dedos, con dudas de si había hecho bien. Solo había dicho lo obvio, lo que se nota al analizar nuestros partidos, pero si se lo contaba a Jensen y eso lo hacía analizarnos con más cuidado, buscando la forma de romper nuestra estrategia, podría significar el fin de mi idea.

—No te preocupes, Callum —levanté la vista, mirándolo por el espejo—. No pienso decirles nada a mis hijos. En el deporte, tenéis que jugar y ganar sin trampas.

—Confío en usted —sonreí en señal de agradecimiento.

Puede que estuviera dejando entrever demasiado mis pensamientos, pero no podía evitarlo. Conocía a Lotte y sabía que sus padres eran personas maravillosas, pero, con mi historial familiar, confiar en figuras paternas era complicado.

Seguimos hablando de hockey. Luke hacía observaciones interesantes sobre el deporte, y algunas tuve que mandarlas a mi grupo con el equipo, como una idea de estrategia que podríamos usar. Toda ayuda era bienvenida.

Después de largos minutos de tráfico, llegamos a un barrio sencillo, parando frente a una casa de dos plantas, que parecía apretada entre las casas de al lado.

Era injusto: gente buena como los Lins viviendo en un sitio tan humilde, mientras el hijo de puta de mi padre presumía de cuatro casas enormes por todo el país.

Si el señor Lins tuviera el dinero que tenía mi familia paterna, seguro que abriría un hospital para ayudar a otras personas.

A diferencia de los egoístas codiciosos de mi familia paterna.

Bajé del coche, dejando ese pensamiento molesto atrás.

Lotte bajó entrelazando nuestros dedos. Cogí nuestras mochilas, que estaban a mi lado en el asiento.

Cerré la puerta del coche y dimos la vuelta.

Luke subió los escalones del porche, se abrió la puerta y vi a mi enemigo saliendo de ella con una expresión asesina.

Jensen Lins me miraba serio, con pensamientos homicidas escapándole por los ojos. Lotte se paró; la sentí nerviosa, apretándome los dedos. Giré la cara y le besé el pelo con cariño. Lotte me sonrió y siguió caminando. No dejaría que su hermano me intimidara.

Subí los escalones con la cabeza bien alta, me paré frente a él, nuestras alturas equivalentes. Jensen no me intimidaba ni me asustaba, y él lo sabía.

—Regla número uno en esta casa —avisó Luke, mirándome a mí y a su hijo—. Nada de peleas con el novio de vuestra hermana.

—No estoy haciendo nada —respondió Jensen.

—Tu cara te delata, hijo —Luke le apretó el hombro—. Callum, ven a conocer la casa. No le hagas caso a este troglodita.

—Sí, señor.

Sonreí victorioso a Jensen, pasando junto a él sin molestarme en saludarlo con un apretón de manos. Tenía las dos ocupadas.

Entramos en el salón, encontrando a mis otros dos enemigos.

Craig sujetaba un stick de hockey en la mano, golpeándolo contra la otra palma como si estuviera listo para metérmelo encima.

Grant, apoyado contra la pared, analizaba mis movimientos con los ojos entornados, listo para atacar ante cualquier señal de los otros dos.

—¡Buenos días! —dije animado, sin dejar que me asustaran.

—¡Cariño, por fin habéis llegado! —una mujer de pelo rubio y ojos verdes apareció, viniendo de la cocina, con una sonrisa enorme en la cara—. Callum, bienvenido a mi casa.

—Es un placer, señora Lins —respondí con una sonrisa galante.

—Puedes llamarme Claudia, cielo —abrió los brazos, pidiendo un abrazo al pararse frente a mí.

—Será un placer —dejé las mochilas en el suelo y abracé a la madre de mi novia, notando lo parecidas que eran. Los trillizos habían salido a su padre—. Charlotte ha sacado la belleza de alguien —sonreí, mirando de cerca a la señora—. Con todo respeto, es usted preciosa.

La mujer se puso colorada, llevándose la mano a la mejilla, sonriendo con dulzura. El señor Lins entornó los ojos, poniéndose al lado de su esposa.

—Chaval, ya tienes a mi hija. Ni se te ocurra intentar conquistar a mi mujer.

—Solo quiero conquistar a mi suegra —respondí risueño, ganándome una sonrisa suya.

—Galán barato —protestó Craig.

—Se cree que nos engaña —añadió Grant.

—¡Dejad a Callum en paz! —Lotte les reprochó a sus hermanos.

—No hemos hecho nada —Jensen se acercó.

—Sé que estáis tramando algo —Lotte puso los ojos en blanco.

—Déjalos, Lotte —le besé la frente—. Tus hermanos y yo vamos a ser grandes amigos.

Los tres resoplaron, poniendo los ojos en blanco ante mi provocación.

Me reí, sabiendo que no tenían apoyo y debían contenerse.

Sonreí, mirando a mi suegro. Luke avisó que tenía que ir a comprar el pavo para el día siguiente, y Jensen se fue con su padre.

Pensé en ir también, pero Claudia me arrastró para sentarnos en el sofá a hablar.

Craig y Grant seguían mirándome como dos halcones acechando a su presa.

—¿Cómo va el tobillo, Craig? —saqué el único tema posible con el trillizo del medio.

—Bien —respondió, sentándose en el suelo junto al sofá.

—¿Estás intentando sonsacar información, O’Brien? —preguntó Grant.

—Solo preocupado por la salud de mi cuñado.

—No te aceptamos como cuñado —respondió Grant.

—Lotte me ha aceptado como novio, no es que tengáis elección —me reí un poco.

—Pésima elección, Lotte —negó Craig.

Me reí, sabiendo que las pullas no acabarían tan pronto. Claudia se levantó, avisando que tenía que seguir preparando la comida. Nos quedamos los cuatro en el salón; sentía el ambiente pesado, pero fingí ignorarlo.

—Ven, vamos a guardar las mochilas —llamó Lotte, levantándose.

—¿Adónde crees que vas? —Craig dio un salto, mirando a su hermana.

—A mi cuarto —Lotte puso los ojos en blanco. Cogí nuestras cosas y la seguí.

—Ni hablar —Grant corrió, poniéndose delante de la escalera—. Este tío no sube a tu cuarto.

—En esta casa hay leyes, Charlotte —Craig se sumó a su hermano, formando una barrera.

—Os voy a partir la cabeza a los dos si no os quitáis de en medio —Lotte cogió el stick que Craig sujetaba cuando llegamos, apretándolo entre los dedos y amenazándolos.

—Puedes intentarlo, pero de ninguna manera este tío entra en tu cuarto —Grant se cruzó de brazos, celoso.

—¡Eres una chica de familia! —le recordó Grant.

Me reí, negué con la cabeza, respiré hondo, cogiendo aire para los pulmones, listo para pasar entre los dos. Lotte me puso la mano en el pecho, negando; se puso delante de mí, sujetó firme el stick y golpeó a Craig en la cabeza, haciéndolo doblarse mientras gritaba de dolor.

—¡Joder, Lotte!

—Ya avisé —miró a Grant—. Sal, o serás el siguiente.

—¡Dame eso! —Grant avanzó, queriendo quitarle el stick.

Con rapidez, Lotte le golpeó la pantorrilla a su hermano. Él gimió, cayendo de rodillas.

—Lo has bordado, ra… —Me miró con una mirada asesina—. Gatita —cambié el mote para preservar mis extremidades; Lotte solo aceptaba que la llamara así en privado.

—Ven ya.

Subió las escaleras, y corrí tras ella, con miedo a que me pegara. Lotte se quedó con el stick en la mano, y los dos subieron detrás de nosotros: Craig con la mano en la cabeza y Grant sujetándose la pantorrilla dolorida. No iban a dejarnos solos.

Lotte pasó por una puerta blanca; entré tras ella, observando lo delicado de su cuarto. La cama con sábanas rosa clarito, las paredes en un tono pastel, con cuadros de momentos en familia decorando el ambiente. Cerca de la ventana, un sofá pequeño y mullido, con dos libros encima.

—Deja las mochilas ahí —señaló el sofá, mientras yo observaba su tocador.

—Eso lo hago yo —Grant me arrancó las mochilas de las manos. Puse los ojos en blanco por su intromisión.

Craig cogió la mía, arrugando la ropa como si buscara algo.

—¿Qué estáis haciendo? —Lotte cogió mi mochila cuando la abrieron.

—Comprobando que el enemigo no haya traído ninguna bomba a nuestro hogar —respondió Grant, tirando mi ropa al suelo.

Me crucé de brazos, molesto por aquello.

Charlotte resopló, cogiendo aire con fuerza, levantó el stick, y sus hermanos empezaron a correr, dejando mis cosas tiradas.

Lo recogí todo, ordenando el desastre. Tuve la ligera impresión de que buscaban algo más concreto.

Si fuera yo revolviendo la bolsa del novio de mi hermana, buscaría condones.

Sonreí, aliviado de haberlos dejado en la cartera, aunque me pareciera difícil que fuéramos a hacer algo con esos centinelas cerca.

—Tus hermanos son un coñazo —protesté, cuando volvió, cerrando la puerta con fuerza.

—Perdona por esto, pero las pullas apenas están empezando.

—¿De verdad tengo que portarme bien? Déjame enfrentarme a ellos —pedí.

Charlotte pasó horas avisándome de que debía mantener la paz con sus hermanos, no podía responder a las provocaciones y mucho menos meterme en líos; de lo contrario, nuestra vida sería una persecución eterna.

—No, sé la voz de la razón, la persona centrada, segura de sí misma y que no hará ninguna tontería —pidió—. Así tendremos la ayuda de mis padres, y tú solo necesitas su aprobación.

—Vale, tienes razón —me senté en la cama.

Charlotte sonrió, viniendo hacia mí, dejando el stick a un lado. Se sentó en mi regazo, y sus labios suaves tocaron mi boca. Besarla me relajaba el alma, trayéndome paz y cordura a la mente. Sonreí contra su boca suave, profundizando el beso con cariño, saboreando su lengua.

—¡Suelta a nuestra hermana! —la puerta se abrió de un golpe.

Respiré hondo, controlando la rabia, escondiendo la cara contra la clavícula de Lotte; o iba a matar a esos desgraciados.

—¡Charlotte Lins, ten respeto por la casa de tus padres! —la reprendió Craig.

—¿Eso se hace en casa? —dijo Grant.

Apreté los dedos en su cintura, a punto de estallar con esos pesados. Joder, qué infierno.

Ahora entendía lo que Lotte siempre decía sobre que sus hermanos alejaban a sus pretendientes. Solo quien de verdad quisiera a esta chica podría enfrentarse a esos demonios.

Una mano me apretó el hombro. Levanté la cara, viendo a Craig fulminándome con la mirada.

—¡Suelta a mi hermana, Callum!

—Sois un grano en el culo —protesté.

—Y tú, un entrometido —replicó Grant, poniéndose frente a mí, tirando de Lotte por los hombros.

—¡OS VOY A MATAR! —gritó Charlotte.

Acción de Gracias iba a ser un auténtico infierno.

Tendríamos suerte si todos sobrevivíamos sin perder algún trozo del cuerpo.