CAPÍTULO 9
Callum O’Brien
Me desperté sintiendo la comida volviéndome del estómago.
Salté de la cama corriendo hacia el baño, vomitando la comida y la sopa que había hecho mi ratita.
Sentí su presencia detrás de mí, acariciándome la espalda y poniéndome la otra mano en la frente, mientras vaciaba mi dignidad en ese váter, delante de ella.
Joder, estaba en un sueño delicioso, pegadito a la ratita, respirando su olor, la piel suave, la cintura fina contra mi brazo, rozándole los pechos sin que se diera cuenta de mi intención.
Las piernas entrelazadas con las mías, sintiendo su respiración lenta, indicando que se había quedado dormida mientras veía su serie.
Quería quedarme horas así, pero mi estómago decidió jugármela.
—Ha sido horrible —murmuré, con la voz extremadamente ronca.
—Pasa —tiró de los rizos de mi frente cuando me senté en el suelo—. ¿Te encuentras mejor después de vomitar?
—Una mierda —me quejé, cerrando los ojos, poniendo la cara entre las piernas por las náuseas.
—Mejor vamos al hospital, Callum, ya deberías estar mejor después de las medicinas. Creo que te ha vuelto la fiebre.
No quería ir a ningún hospital; prefería volver a la cama, encogerme bajo el edredón hasta que mi cuerpo reaccionara y me dejara en paz.
Lotte bajó la tapa del váter, tiró de la cadena y me dio un vaso con agua.
La garganta me quemaba como brasas. Me levanté despacio, enjuagándome la boca en el lavabo.
—¿Vienes conmigo? —pregunté, pareciendo un niño asustado.
—Claro que sí —sonrió.
Me di cuenta de que todavía era de tarde por la luz que entraba en el baño.
Me cepillé los dientes y tuve que cambiarme de ropa.
Lotte me ayudó a encontrar mis documentos y la tarjeta del seguro médico.
Abrigado y con frío, la seguí despacio bajando las escaleras.
Al llegar al último escalón, la puerta se abrió y apareció la cara de Inaki, con Mackenyu detrás.
—Tío, tienes una pinta horrible, ¿qué ha pasado? —preguntó Inaki.
—¿Tú qué crees, idiota? —Mackenyu le dio un manotazo en la nuca—. ¿Y quién es la gatita?
Entrecerré los ojos, mirando a mi compañero de equipo y de piso. Mackenyu era descendiente de japoneses, con la cara redonda, la barbilla afilada, ojos rasgados, pelo liso cayéndole en la frente y un físico de auténtico armario.
—Aparta esos ojos o te los arranco —amenacé, sabiendo la fama del muy cabrón.
—Creo que ya está curado, ya está lanzando amenazas —se burló Mackenyu.
—Nada de eso, no está nada bien —intervino Lotte—. Y se acabaron las tonterías. Lo voy a llevar al hospital.
—El entrenador mandó medicinas. ¿Ya te las has tomado? —preguntó Inaki.
—Sí, pero no me ayudaron mucho —llegué al suelo de madera, mirando a mis amigos mientras sentía el mareo atacarme otra vez.
—En realidad, está empeorando —Lotte me sujetó el brazo; creo que notó lo mareado que estaba—. Uno de los dos viene conmigo; si Callum se cae, no tengo fuerzas para levantarlo.
Se miraron el uno al otro y, como ya me esperaba, jugaron a piedra, papel o tijera para decidir quién me acompañaba.
Mackenyu acabó perdiendo. Me reí de la cara del idiota.
Dejó la mochila en el suelo, e Inaki subió corriendo las escaleras.
Lotte puso los ojos en blanco, pareciendo no creerse la despreocupación de mis compañeros por mi estado de salud.
Quizá, si ella no estuviera aquí, se preocuparían más.
—Vamos, grandullón —Mackenyu me sujetó el brazo, ayudándome a llegar hasta el coche de Lotte aparcado en el bordillo—. Te encanta la enfermera particular, sinvergüenza.
—Si estuviera menos enfermo… —Tosí al final de la frase, lo que le hizo mirarme preocupado.
—Espera, ¿en serio? ¿No es como una excusa para ligar con la gatita?
—Tío, estoy hecho polvo de verdad.
—¡Joder, pisa a fondo hacia el hospital, Lotte! —pidió, ayudándome a sentarme en el asiento delantero. Tuve que echar el asiento hacia atrás, lo que fue horrible y me provocó un mareo infernal.
—Eso es lo que voy a hacer —respondió ella, arrancando el coche.
Apoyé la cara contra el asiento e intenté no moverme, las náuseas dándome ganas de vomitar en el coche con el olor a perfume femenino de Lotte.
Mackenyu me apretó el hombro; lo sentía cerca, pero no abrí los ojos para verlo.
Él y Lotte hablaban bajito sobre mi estado, mi amigo admitiendo que nunca me había visto así.
Ni siquiera recordaba la última vez que había estado tan enfermo. Por lo general, los resfriados me tumbaban unas horas. Encogí el cuerpo dentro del abrigo, sintiendo que me iba a congelar. El tráfico estaba fatal, casi en hora punta.
—Para el coche —pedí.
—¿Qué? Imposible, ¡mira este tráfico!
—Voy a vomitar —las arcadas me subieron y tuve que tragar, sintiendo que me moría.
—Ay, Dios, espera un poco.
Lotte se abrió paso entre los coches, cambiando de carril e intentando aparcar en el arcén.
Nos llevamos como trescientos bocinazos y, en el segundo en que Lotte paró el coche, abrí la puerta, saqué la cabeza y vomité.
El cinturón de seguridad casi me estrangula, pero sentí a Mackenyu tirando de la tela, evitando que me ahogara.
—Tranquilo, tío, respira —pidió, tocándome la espalda.
La garganta me ardía, los ojos me escocían y la nariz me moqueaba, mientras sentía el corazón desbocado, casi saliéndoseme junto con el vómito. Cuando ya no me quedaba nada dentro, mi amigo me ayudó a sentarme bien.
—Mackenyu, hay una bolsa ahí en el suelo del coche; dentro tiene una toalla pequeña. Dásela a Callum para que se limpie.
Oí su movimiento en el coche y, al darme la toalla, me limpié la boca despacio, con cuidado con los movimientos, o acabaría vomitando otra vez. Me puse la toalla sobre los ojos, tapando la claridad de la tarde, que me dejaba casi ciego.
El resto del camino fue más tranquilo y sin más crisis de vómito.
Llegamos al hospital. Mientras Lotte aparcaba el coche, fui con mi amigo hasta la recepción a rellenar mi ficha y a esperar la buena voluntad del sistema sanitario para que me atendieran.
Me senté en el único hueco libre; Mackenyu se quedó de pie y, cuando Lotte llegó, no resistí las ganas: la atraje hacia mi lado, rodeándole la cintura y apoyando la cabeza contra su barriga.
El mareo no se pasaba; la tos y los estornudos me hacían sentir peor.
Vomité dos veces mientras esperaba a que me llamaran y, cuando estuve delante del médico de piel arrugada, le conté mis síntomas, sin tener mucha fe de que el hombre pudiera curarme.
Para mi sorpresa, me mandó ponerme suero y un complejo de vitaminas, por vía intravenosa.
Mi amigo se quedó en la recepción mientras Lotte me acompañaba.
Le entregué la ficha a una enfermera bajita de piel oscura; nos guio hasta una camilla, donde me tumbé y dejé que me atendieran.
Me quedé sujetando la mano de Lotte todo el rato; creo que me dio miedo que se fuera. Odiaba los hospitales.
—Listo, cuando se acabe el suero, avísame; no dejes que se quite la vía —ordenó la enfermera.
—Sí, señora, pero ¿quién es tan tonto de quitarse eso solo? —preguntó Lotte.
—Los hombres, en general, sobre todo los grandotes como él —me señaló con decepción—. Son los que más dan la lata.
—Me voy a portar bien —prometí.
La mujer me miró, dudando de mi palabra, pero asintió con la cabeza. Se fue, cerrando las cortinas a nuestro alrededor. Lotte acercó un taburete, se sentó y mantuve mi mano alrededor de la suya.
—Muchas gracias por cuidarme, Lotte —agradecí, dándome cuenta de que aún no lo había hecho.
—Siempre que lo necesites —sonrió.
—Es curioso cómo nos conocemos desde hace una semana y ya estamos en una situación así, parece que fuéramos amigos de toda la vida —tosí al final de la frase.
—Yo también siento eso —sonrió.
—¿Le avisas a Mackenyu de que vamos a tardar?
—¿Cuál es su número?
Le dije la secuencia de números, lo anotó y, después, confirmó que le había llegado el mensaje. Me fui quedando somnoliento, luché por mantener los ojos abiertos, pero no tuve mucho éxito. Vi su sonrisa tranquila mientras me acariciaba la mano con el pulgar.
Esa chica no era como las demás y, sin que yo lo permitiera, empecé a sentir algo cálido extendiéndose por mi pecho.
—¿Callum? —una voz tranquila me llamó. Desperté despacio, dándome cuenta de que la enfermera me retiraba la vía de la mano y Lotte sonreía—. Vámonos a casa.
Asentí, todavía ubicándome sobre dónde estaba y por qué había acabado allí.
Me senté en la camilla; las náuseas habían pasado y el estómago ya no me dolía. La garganta ya no me ardía y respiraba un poco mejor. Me levanté sujetándome de Lotte, afirmando los pies en el suelo, sintiendo la debilidad causada por la falta de alimento.
—¿Cómo te sientes? —quiso saber la enfermera.
—Mejor.
—Ve a la consulta del médico para que te dé el alta.
Y así lo hice, despacio, apoyando el peso en el cuerpo de la bajita, con su mano alrededor de mi cintura y la otra en mi barriga.
Pasamos por el médico, que me recetó medicación para tomar en casa y me firmó el alta.
Pedí un justificante médico, consiguiendo tres días libres de la facultad.
Por mucho que me encantara estar sobre el hielo, sabía que no aguantaría ponerme los patines durante unos días.
Mackenyu nos esperaba en la recepción; bostezó y me di cuenta de que ya era de noche fuera.
—Yo lo llevo —se ofreció, sujetándome el brazo.
—No hace falta, no pesa —sonrió Lotte, tranquila.
No quería salir de sus brazos, pero sabía lo grande y pesado que era para que mi ratita me sostuviera. Apoyé el peso en mi amigo y seguí de la mano con ella, negándome a soltarla. Caminamos hasta el aparcamiento, vi su coche, Lotte lo desbloqueó y nos montamos.
—¿Qué hora es? —pregunté.
—Las 20 h —respondió.
—Debéis de estar muertos de hambre —comenté, sintiéndome mal por hacerles pasar por eso.
—Yo tranquilo, comí un sándwich y luego se lo cambié a Lotte para que cenara.
—¿Tienes hambre? —preguntó la ratita.
—No mucha, todavía tengo el estómago revuelto.
Mackenyu se movió en el asiento y me pasó un sándwich.
—Mira a ver si puedes comer, tío —me apretó el hombro.
Con una lentitud fuera de lo normal, conseguí comerme el sándwich, sin sentirle sabor a nada al pan. Al llegar a casa, me entró miedo de que Lotte se fuera, y creo que ella sintió lo mismo, porque se paró en el bordillo y se quedó tamborileando los dedos en el volante.
—Voy bajando —avisó Mackenyu.
La puerta se cerró de golpe, y parecía que un elefante azul se había instalado dentro de ese coche.
—Tú…
—Yo…
Hablamos a la vez y acabamos riéndonos.
—No quiero que te vayas —confesé—. Odio estar enfermo, pero estar a tu lado ha sido bueno. ¿Puedes quedarte a pasar la noche?
—Callum, me encantaría, pero tengo que ir a la residencia —se miró la ropa—. He pasado el día entero sin ducharme, quiero cambiarme de ropa y…
—Puedes usar mi baño y ponerte algo mío —ofrecí.
Sonrió levemente, y supe que no le iba a gustar lo que venía después.
—Tus amigos están en casa, seguro que te cuidan bien. De verdad tengo que volver a la residencia. Mañana por la mañana paso por aquí a ver cómo estás, antes de clase.
Por su mirada, supe que no la iba a convencer de que se quedara conmigo. Lotte había tomado su decisión y había que respetarla. Aunque mis ganas eran cogerla en brazos y llevarla a mi cuarto, estaba demasiado débil para conseguirlo.
—¿Prometido?
—Claro que sí —sonrió, haciendo que esa cosa cálida se extendiera por mí otra vez.
—Gracias por hoy.
—Llámame siempre que lo necesites.
Le apreté la mano, conteniendo las ganas de besarla en agradecimiento.
Bajé del coche y, cuando Lotte empezó a conducir hacia el campus, mandé un mensaje.
Yo: Ya te echo de menos. ¿Puedes volver?
No me contestó. Caminé entrando en casa, donde mis compañeros se habían reunido en el salón listos para un interrogatorio. Los ignoré a los dos, subiendo las escaleras, cansado por el día de enfermo y extrañamente feliz por haberlo pasado junto a ella.
Lotte: Ya estoy calentita bajo las sábanas. Si quieres, podemos hablar por videollamada.
Sonreí más de lo que debería, sabiendo que iba a pasar la noche escuchando su voz o su respiración.