CAPÍTULO 10
Charlotte Lins
Callum cumplió los días de baja sin quejarse.
Su cuerpo necesitaba descanso, y él, más que nadie, lo sabía.
Mientras tanto, tracé planes para no caer en trampas sobre mi identidad.
En la facultad, siempre usaba el apellido de mi madre, Bailey, para firmar los trabajos y las listas de asistencia.
Necesitaba dejar de hablar de mis hermanos con frecuencia cerca de Callum, o tendría que contarle la misma mentira que me había inventado para las chicas.
Ellas eran más difíciles de contener en su curiosidad, ya que se morían por saber cómo eran mis hermanos mayores, a quienes, por cierto, nunca mencioné que eran trillizos.
El torbellino de mi amistad con Callum no me había dejado pensar bien en las estrategias de defensa, pero ahora que llevábamos tres días separados, conseguí ordenar mis pensamientos con cuidado para no cometer más errores.
Callum nunca va a saber quién soy, y terminaré mi año en la facultad en paz.
La profesora explicaba la estructura de organización interna de una gran corporación, mientras mis pensamientos vagaban hacia el último mensaje que había intercambiado con Callum de madrugada.
Confesó que estaba viendo la serie de los hombres lobo; eso me volvía loca, quería verla con él, comentarla; a las chicas no les gustaban mis lobos y no tenía a nadie con quien hablar de la obra maestra que era esa serie.
—Lotte, ¿estudiamos juntas? —preguntó Anna cuando acabó la clase—. Me han quedado dudas sobre la estructuración. ¿Me puedes ayudar?
—¿Eh? —miré la pizarra y a la profesora guardando sus cosas, dándome cuenta de que me había distraído—. Creo que soy yo la que necesita ayuda —me reí bajito.
—¿En serio? ¿Tú necesitas ayuda? ¿Están lloviendo meteoritos?
—Le pasa a cualquiera —puse los ojos en blanco, riendo.
Guardé mis cosas y salí del aula con Anna.
No había quedado con nadie y aprovechamos para comer juntas en el restaurante del campus, evitando el comedor abarrotado.
De vez en cuando nos permitíamos ese pequeño lujo, y como estaba impartiendo la asignatura a Callum y preparando sus clases, eso cuenta como hora trabajada y he estado cobrando puntualmente mi sueldo de profesora particular.
Pedimos los sándwiches y cogí un cartón de leche.
Nos sentamos una frente a la otra, oyendo el ruido de los alumnos a nuestro alrededor.
Anna pelaba su mandarina mientras hablaba de la clase y los puntos que no había entendido.
Conseguí identificar en su información lo que se me había pasado por alto y montar, en mi mente, un mapa del contenido, encajándolo con lo que había leído anoche, y respiré aliviada al darme cuenta de que no me había perdido mucho.
—El sábado hay fiesta en la fraternidad de los chicos de hockey. ¿Vamos?
Arrugué la nariz; no me gustaban mucho las fiestas.
Los alumnos solían ser ruidosos, borrachos e invasivos.
Prefería la comodidad de mi cama, pero, de vez en cuando, me permitía ir a alguna con Anna o con Lera, siempre que volviera pronto a casa.
A las chicas no les importaba, encontrando compañía en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Te puedo contestar una hora antes de la fiesta?
—Siempre haces eso —se rio, poniendo los ojos en blanco—. Pero vale. Paso por tu cuarto a las 19 h en punto; si estás lista, vienes conmigo; si todavía te tienes que arreglar, me voy sin mirar atrás.
—¡A las 19 h! Es muy pronto, ¿por qué esa hora?
—Me han dicho que ha habido cambios drásticos en el equipo este año.
Los chicos han planeado la fiesta para presentar a los nuevos titulares y dar un discurso emocionante sobre ganar el Frozen Four.
Todo el campus está invitado. La semana que viene tenemos la fiesta de la gente de fútbol y baloncesto.
Como la Cast es una universidad centrada en el hockey, los chicos deben ser los encargados de la primera fiesta del año.
—¿Tiene que ir todo el equipo?
—Se supone que sí, pero no saben si Callum va a ir por la semana que ha estado enfermo.
—¿Y no pueden aplazarla hasta que el capitán se recupere?
—Sinceramente, creo que es probable que lo lleven a la fiesta por la fuerza.
Me reí, imaginándome la escena, y Anna hizo lo mismo.
Seguimos comiendo, hablando de la fiesta.
Después de comer, fuimos a la biblioteca a estudiar.
Callum avisó de que se iba a dormir por la medicación que lo dejaba muy somnoliento, y no le mandé ningún mensaje preguntándole por la fiesta ni por nuestra serie en común.
Mientras repasaba el contenido con Anna, resolviendo sus dudas, el móvil me sonó encima de la mesa.
Cogí el aparato, vi el nombre «Tontín número 1».
Me reí, colgué la llamada, me levanté, avisándola de que volvía enseguida.
Caminé despacio hacia fuera, me senté en un banco bajo un árbol y devolví la llamada a mi hermano.
—Enana, ¿te has olvidado de que tienes familia? —preguntó Jensen, de buen humor.
—Vete a la mierda, tontín.
—Vaya, se te ha olvidado añadir el número 1 a tu frase.
—La idea era que odiarais el apodo, no que os gustara —me quejé, gimiendo indignada; nada de lo que hacía funcionaba con esos tres.
—Todo lo que haces nos encanta, enana.
—No soy enana, sois vosotros los que sois gigantes.
—Le doy gracias a nuestro padre todos los días por eso —suspiró dramáticamente—. Sin esta altura, no sería una barrera infranqueable en el hockey.
Solté una carcajada. Jensen tenía una autoestima que merecía ser estudiada por un psicólogo, embotellada y vendida a gente que no podía tener ni un tercio del ego de mis hermanos. Ni yo misma me creía tanto como esas pestes.
—¿Y qué tal los entrenamientos?
—Intensos. El entrenador nos tiene fritos, avisándonos de que otros equipos van a por nuestras cabezas. Pensó en ponernos guardaespaldas, ¿te lo puedes creer? Tiene miedo de que nos manden matar.
—¡Dios mío, Jensen, eso es peligroso!
—Tres años seguidos ganando el Frozen Four dan para eso. Quiero terminar mi trayectoria en la universidad con una cuarta victoria, ¡poniendo el nombre de la Dnort en la historia!
Pensé en Callum y en los motivos ocultos que lo llevaban a su obsesión con ganar. La temporada determinaría si podía o no llegar a ser profesional. Me puse triste, sabiendo que se enfrentaría a un gran desafío si pretendía vencer a mis hermanos.
—¿Sería malo si perdéis la temporada este año?
—Por Dios, Lotte, aparta esa boca de ahí —me reí, imaginándome a Jensen santiguándose para espantar la mala suerte.
—Hablo en serio. Los tres habéis sido drafteados —miré alrededor, dándome cuenta de que estaba sola—, vais a entrar en el equipo de vuestros sueños. ¿No podríais dejar que ganara otra universidad? Alguien más también debe de necesitar ganar la temporada para convertirse en profesional.
—Lotte, estás rara. ¿Qué ha pasado?
—Ah, no es nada, solo rumores que he oído —me mordí la comisura de la boca, sabiendo que mentirles a mis hermanos nunca acababa bien; siempre lo descubrían y me castigaban por eso.
—Si son rumores sobre que a O’Brien no lo reclutaron, olvídalo. El muy hijo de puta nunca me va a ganar sobre el hielo, y lo voy a destrozar en el amistoso para que sepa lo que le espera en los playoffs.
—¿Por qué tanto odio? Dios mío, ni siquiera he dicho de quién se trataba, y no tiene nada que ver con él. Como te he dicho, son solo rumores.
—¿Y encima preguntas por qué? ¿Se te ha olvidado lo que le hizo a Craig en el último partido? ¡Nuestro hermano pasó las vacaciones con el brazo escayolado por culpa de ese maníaco!
—Y tú casi le rompes la nariz —sentí la extraña necesidad de defenderlo—. Os falta poco para mataros en la pista; no hace falta que lo hagáis fuera del hielo también, ¿sabes? Si os descuidáis, seríais grandes amigos.
Jensen soltó una carcajada tan fuerte que tuve que apartarme el móvil de la oreja, o me habría dolido por el volumen.
Mientras mi hermano se partía de risa, ordené mis ideas, enfriando mis pensamientos.
Aquella era una rivalidad antigua; no debía meterme, o acabaría en medio del fuego cruzado.
No es que a Callum le cayeran bien los trillizos; sabía perfectamente que sería capaz de matarme si pensara que me había burlado de él, fingiendo ser quien no era.
—¿Qué me estás intentando decir, Charlotte? Sin rodeos, sé sincera.
Tomé una gran bocanada de aire, preparándome para eso. Quizá Callum se enfadara conmigo, pero sentí que necesitaba hacer algo para ayudarlo a cumplir su sueño.
—Lo oí por casualidad, así que, por favor, no se lo cuentes a nadie, ni siquiera a los chicos.
—¿Sigues escondiéndote para patinar de madrugada? —suspiró, imaginándose en su cabeza el escenario ideal de cómo podría haber oído algo del equipo de hockey.
—Bueno, sí —vacilé; sabía que a Jensen no le gustaba eso.
—Vale, cuéntame, te escucho.
—Es verdad, los rumores sobre que a Callum no lo draftearon —susurré.
—Deja de mentir, Lotte —Jensen chasqueó la lengua, negándose a creerlo. Mi silencio confirmó la verdad de mi frase—. Joder, ¿va en serio? Vaya mierda. Lo odio, pero tiene talento. Esperaba que siguiéramos disputándonos la NHL.
—Para que tu sueño se cumpla, él necesita ganar esta temporada.
Definitivamente, Callum me va a matar, a estrangular, a cortar mi cuerpo en pedacitos y a tirarme al Triángulo de las Bermudas.
Pero, si existía la mínima posibilidad de poder ayudarlo a cumplir su sueño, quería intentarlo.
Podía hablar con facilidad con mis hermanos y, por muy fuerte que fuera el odio, sabía que siempre me escuchaban.
Solo necesitaba tener cuidado y no revelar más de lo necesario.
—No puedo hacer eso, Lotte. Independientemente de que esa mierda sea verdad o no, no sería una victoria si entregáramos el partido. Sobre el hielo, siempre doy lo mejor de mí, y esta temporada no va a ser distinta.
—Me imaginaba que dirías eso —suspiré algo triste; por un segundo, tuve esperanzas de que Jensen me ayudara.
—Nunca pensé que me pedirías algo así por alguien de la Cast. ¿Qué ha pasado? Y quiero la verdad, Lotte.
—Solo pensé: si fuera uno de vosotros en esa situación —no haber sido drafteado y necesitar ganar la temporada por la esperanza de que algún ojeador te viera y decidiera si puedes o no entrar en un equipo y cumplir tu sueño.
—Lotte, para que nos elija un ojeador no depende de ganar o perder, sino de nuestro rendimiento sobre el hielo. No le des más vueltas a eso. Tus hermanos van a dar lo mejor esta temporada; si el cabroncete quiere nuestro título de campeones, va a tener que esforzarse mucho.
—Sois invencibles.
—Exacto —me reí por el tamaño de su ego.
—Si Callum se entera de vuestra arma secreta, va a ser una masacre sobre el hielo. Ten cuidado.
—La única forma de que se entere sería que se lo contaras tú, ya que fuiste la creadora y sabes exactamente cómo funciona.
Recuerdos de nuestra infancia me invadieron la mente: cuando los chicos empezaron a jugar y nuestro padre me llevaba a ver y a aprender a patinar en la pista, al lado de los chavales que jugaban al hockey.
—Vosotros habríais pensado en esa estrategia de una forma u otra.
—Puede, pero aun así, tú eres la gran mente detrás de nuestro éxito.
—Agradezco el reconocimiento. Hazme una transferencia de 200, quiero comprarme ropa nueva.
—Vaya, en una simple frase, me ha extorsionado esta usurera en miniatura.
—No puedo pedírselo a papá, así que te toca a ti.
—El viejo va a recibir un bonus. Le salvó la vida a un millonario, y el hombre quiere agradecérselo en dinero.
—¡Dios mío, ¿eso va en serio?!
—Sí, te he llamado para contártelo.
—Pero ¿no va a tener problemas por aceptar el dinero? Legalmente, está mal.
—Por debajo de la mesa, se hizo una donación generosa al hospital, y nos entregaron un maletín en casa. Te voy a mandar el dinero para que te compres un billete de avión y vengas este fin de semana. También iremos a San Francisco y haremos una cena familiar para celebrarlo.
Sentí tanta nostalgia de mi familia que se me llenaron los ojos de lágrimas pesadas.
Me llevé la mano a la garganta, intentando deshacer el nudo que se me había formado, tragándome la emoción para no llorar al aire libre.
Aunque estaba sola, podía aparecer alguien, y no quería que me vieran llorando.
Me quité las gafas, me limpié los ojos, me soné y me las volví a poner.
—Va a ser perfecto —fue lo único que conseguí decir.
—Todos te echamos de menos. Ven el viernes, después de clase, para pasar más tiempo juntos.
—Trato hecho, gracias, Jen.
—No hace falta que me des las gracias —se rio. Lo oí que lo llamaban al fondo, sabiendo que nuestra llamada estaba a punto de acabar—. Tengo que dejarte, se me ha acabado la pausa para comer.
—Buen entrenamiento y hasta el viernes.
—Hasta el viernes, princesa.
Casi me derretí por el apodo cariñoso; me encantaba cuando los chicos me llamaban princesa. Me hacía sentir la chica más importante del universo. Colgué, dando saltitos de felicidad, y volví a la biblioteca, donde Anna me esperaba, terminando un resumen.
—La llamada ha ido bien, por lo visto —sonrió.
—Voy a visitar a mi familia el fin de semana —no podía contener la sonrisa de felicidad en la cara.
—¡Eso es genial! Sé perfectamente lo mucho que sufriste por no poder verlos en verano. Ni siquiera me voy a enfadar porque canceles ir a la fiesta conmigo.
Me reí. Mierda, ni siquiera lo había pensado. Callum, seguro, me va a invitar, y no quería decirle que no. Sentí una opresión molesta en el pecho al pensar que tenía que elegir entre ver a mi familia o ir a la fiesta con Callum.
En esa situación, solo había una cosa que podía hacer.