Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Sus dedos largos se curvaron mientras acercaba la mano a mi cara, pellizcándome la nariz y tirando de ella suavemente. Solté un gritito, dándole en la muñeca.

—¡Suelta!

Callum se rio, pero me liberó la nariz del apretón incesante. Puse los ojos en blanco, bebí mi Coca-Cola y empezamos a hablar tranquilamente sobre la clase de hoy y lo que se había perdido. Al terminar de comer, el móvil me vibró encima de la cama. Estiré la mano, lo cogí y vi el nombre de Anna.

—Ey, chica, ¿dónde estás?

—Acabo de comer, ¿por qué?

—Lotte, te he preguntado dónde estabas, no si ya habías comido.

—Mmm, otra vez, ¿por qué?

Me extrañó; Anna no era de las que llamaban de la nada para saber dónde estaba.

—Llevo llamando a tu puerta unos minutos y nadie responde —suspiró—. Pensé que querrías repasar el contenido de la clase.

—¡Quiero! Pero… —Me mordí el labio, inventándome una excusa— tuve que salir a comprar compresas y decidí comer fuera del campus. Cuando llegue, te aviso.

—¿Se te olvidó hacer la compra del mes, señorita?

—Pues sí —por suerte, no podía verme la cara de mentirosa; empezaba a sudar frío. Nunca se me había dado bien mentir, por eso evitaba al máximo hablar de mi familia—. Voy a por el postre. Hasta luego, Anna.

—Besos, guapa.

Colgué, respirando aliviada por haber salido de ese apuro sin delatar mi mentira. Oí una risita y abrí los ojos, notando la sonrisa listilla en los labios de Callum.

—¿Me he convertido en un supermercado para comprar compresas? —La ironía de su voz me hizo reír.

—Tuve que inventarme algo cuando salí en medio de la clase.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué?

—¿Por qué tuviste que mentir para venir a quedarte conmigo?

—Bueno, era lo mínimo que podía hacer después de que Anna confesara sus sentimientos por ti. No podía contar la verdad, o habría montado un escándalo en medio de la clase.

—Vale, tenemos que aclarar unas cosas.

Callum se giró y me sujetó las rodillas, obligándome a quedar de frente a él. Sus ojos enrojecidos estaban serios; empezó a toser y esperé a que se le pasara la crisis.

—Lotte, viniste a socorrerme cuando te lo pedí. Creo que eso nos convierte en amigos, ¿correcto?

—Podemos decir que sí —asentí, dándole la razón, con desconfianza de adónde llevaría esa conversación.

—No me parece bien que sigas mintiendo sobre mí o que nos veamos obligados a ignorarnos en clase. No le veo el sentido. Somos amigos, no novios ni rollos.

Me metí los labios bajo los dientes, escuchando con atención sus palabras y dándome cuenta de la verdad que había en ellas.

Era una tonta por pensar que debíamos escondernos.

Sería más fácil si pensaran que había algo entre nosotros, cuando claramente no había nada entre los dos. Ni siquiera una pequeña chispa.

—Aun así, Anna va a flipar si se entera de que somos amigos.

—A mí no me importa. Nunca tuve nada serio con Anna, y en muchas ocasiones fui claro con ella. No le prometí una relación, solo daba el sexo a cambio de las clases. Si le salieron sentimientos, no es responsabilidad mía.

—¡Los sentimientos no funcionan así, so burro! —me irrité, apretando los puños—. La gente simplemente siente, no puede controlarlo, y no quiero hacerle daño a mi amiga.

—Y yo no pienso convertirte en un secreto fingiendo que hay algo más que amistad entre nosotros.

Resoplé irritada. Por algún motivo extraño, me ponía furiosa que reafirmara que solo éramos amigos. No quería ser su novia ni nada parecido; ¡de verdad que no! Pero aun así detestaba oírlo afirmarlo. Entrecerré los párpados, intentando calmarme y pensar con racionalidad.

—Vamos a empezar esto de forma simple, sin complicaciones, y que nadie se entere de las clases particulares. No quiero que piensen que estoy disponible para cualquiera.

—Yo no dejaría que fueras profesora de nadie más —la seriedad en su mirada me revolvió el estómago. Callum parecía posesivo, y tuve ganas de darle en la cara enrojecida por la contradicción entre lo que decía y esa actitud posesiva.

—Eso no lo puedes controlar —le avisé.

—Eso es lo que tú te crees —se cruzó de brazos frente al pecho, haciendo que los músculos casi le rasgaran la camiseta y distrayendo mi atención.

Estiré el brazo, dándole un manotazo fuerte en el hombro, haciéndole perder la pose.

—Vamos a empezar con interacciones sencillas en clase y seguimos a partir de ahí, sin complicaciones.

—Usted manda —se levantó—. ¿Quieres lavarte los dientes? Hay un cepillo extra en el baño.

—Creo que voy a hacerlo en la residencia, ya es hora de que me vaya.

—Ni de broma, todavía estoy enfermo —se sentó de golpe—. No puedes dejarme solo.

—Tus compañeros deben de estar al llegar.

—No quiero que me cuiden los machotes, te prefiero a ti —me sujetó la mano con una mirada suplicante—. Por favor, quédate.

Quería decir que no, pero esos ojos brillantes acabaron por convencerme.

Callum sonrió, celebrándolo, y le sobrevino una oleada de tos y estornudos.

Fui al baño a lavarme los dientes, volví al cuarto y él entró en el baño; oí una serie de estornudos y palabrotas y luego el agua corriendo, indicando que se duchaba.

Callum salió del baño vestido, con el pelo empapado y temblando.

—Estoy muy congestionado —su voz gangosa y ronca me hizo soltar una carcajada.

Se tumbó en la cama a mi lado, me pasó el brazo por la cintura y cerró los ojos.

—¡Callum, dame espacio, garrapata!

—No, quiero quedarme pegado a mi ratita.

Grité al sentir la punta helada de su nariz tocándome el cuello. La montaña de músculos me atrapó por completo con su cuerpo, pasándome las piernas por encima de las mías, el brazo alrededor de la barriga y la cara hundida en mi cuello.

—¿Te vas a dormir? —pregunté al notarlo demasiado callado.

—Me siento agotado, como si hubiera entrenado diez días seguidos sin descanso.

—Si necesitas algo, me llamas —le acaricié el pelo.

Puse en el móvil mi serie de hombres lobo.

—Mis auriculares están en el primer cajón de la mesilla —murmuró—. Me duele la cabeza. ¿Puedes usarlos?

—Claro.

Callum me soltó lo suficiente solo para dejarme estirar la mano, coger los auriculares, y volvió a acurrucarse contra mí, tapándonos con el edredón.

No sé en qué mundo una amistad funcionaba así, pero decidí no pensarlo mucho.

Su insistencia en dejar claro lo que éramos había roto cualquier esperanza tonta en mi corazón.

Callum me veía solo como amiga, y dudaba que eso fuera a cambiar.