Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Charlotte Lins

—¿Está nevando en plena primavera y no me he enterado? —preguntó Lera, entrecerrando los ojos al verme salir del cuarto.

—Muy graciosa.

—¿Hay bichos en tu cama y no lo sé? —siguió, mirándome con curiosidad.

—Solo me he despertado antes de tiempo, pesada —le saqué la lengua y huí hacia el pasillo.

Fui al baño y, como estaba funcionando según el horario de la mitad de mis compañeras, acabé teniendo que esperar cola para la ducha.

Me lavé, me enjaboné bien el pelo y salí tarareando; me había despertado de muy buen humor.

Entré en nuestro piso y mi amiga desfilaba en sujetador y bragas, enseñándome un culo respingón que daba envidia.

—Vaca del culo grande y bonito —me quejé.

—Sigue entrenando y el tuyo se pondrá así —levantó la nalga, dejándome resoplando de envidia.

Siempre había sido delgada, y no me molestaba, hasta que entré en la universidad y me di cuenta de los distintos tipos de cuerpo.

Empecé a acomplejarme por el hueso de la clavícula marcándose, los muslos finos y el culo inexistente.

Parecía un maldito esqueleto y quería ganar unos kilos.

Empecé una dieta hipercalórica y a entrenar, donde conocí a Lera, que me ayudó con los ejercicios.

En tres años, gané más de 6 kilos, y eso me hacía muy feliz.

Aunque seguía siendo delgada, tenía fuerza en mis brazos finos.

Mi objetivo ahora era hacer que el culo me creciera y dejarlo tan enorme como el de Lera: respingón, redondito y sin celulitis.

En mi cuarto, elegí un conjunto de lencería rosa clarito, un leotardo blanco, falda gris y camisa del mismo color.

Me puse un chaquetón de ganchillo blanco, sandalias bajas, reloj y me senté a secarme el pelo.

Decidí llevarlo suelto, sujetando el lateral con una horquilla discreta; me maquillé rápido y estaba lista.

Muchas chicas de la universidad no se preocupaban por la ropa que llevaban.

Iban a clase en chándal, pantalones cortos de deporte e incluso algunas con ropa rota.

A mí eso no me gustaba; crecí viendo a mi madre arreglarse para cualquier ocasión, y prefería mantener mi estilo en vez de vestirme para encajar con el ambiente y sentirme mal por ello.

Terminé de arreglarme, echándome un perfume de aroma dulce.

Cogí el bolso, metí el móvil dentro y salí del cuarto, encontrando a Lera parada en la puerta. Llevaba ropa de gimnasio, con una sudadera de la Cast University. El pelo recogido, con el flequillo suelto, pintalabios marrón a juego con el tono de piel y una sombra brillante dorada.

—Te he hecho café, es hora de cambiar tu dieta.

—Sí, señora —asentí.

Quien se encargaba de nuestra dieta era la nutricionista del campus. Mientras me sentaba en el taburete, mandé un mensaje pidiendo cita. Lera sirvió el desayuno y comimos charlando animadas. El móvil se cargó al 10 0  % en el tiempo que tardé en arreglarme. Me encantaba lo rápido que cargaba.

—Hoy no voy a dormir aquí —avisó Lera, y yo arqueé la ceja, pidiendo detalles—. Tengo una cita y pienso acabar en su cama.

—Chica, ¿quién es la afortunada?

—No la conoces, estudia Derecho, está buenísima.

—¡Toma ya! —le choqué la palma de la mano, animada.

—¿Y cuándo vas a echarte novio? Ya va siendo hora de que ese coño conozca una polla.

—¡A su debido tiempo! —levanté el dedo, respondiendo.

Ninguno de mis novios había durado lo suficiente como para llegar a meterse dentro de mis pantalones. Quería mucho a mis hermanos, pero eran una plaga en mi vida amorosa y, en la universidad, no había conocido a nadie interesante.

Sentí un calor subiéndome de la barriga al pecho al pensar en Callum.

Definitivamente, era la peor elección posible para eso.

Si me enamoraba y le entregaba mi corazón y mi cuerpo, Callum se pondría furioso y cortaría conmigo en el segundo en que supiera quiénes eran mis hermanos.

Prefería seguir como estaba. Cuando estuviera trabajando para algún equipo de la NHL, me liaría con algún jugador de hockey bueno que no se dejara intimidar por los trillizos del infierno.

Bajamos juntas, hablando sobre la cita de Lera. En la acera, vi a Anna parada, mirando el móvil. Al verme, sonrió y vino hacia nosotras. Lera se despidió, yéndose hacia su bicicleta. A mi amiga le encantaba pedalear y lo hacía en cualquier ocasión.

—¿Vamos juntas? —preguntó.

—¿Para que me dejes tirada otra vez si te enfadas con alguien? Ni de broma —cerré la expresión, mostrándole lo irritada que estaba.

—Fui una imbécil integral, lo siento —pidió, abrazándome.

Su cara chocó contra el cristal de mis gafas, ensuciándolo y nublándome la vista. Le sujeté el hombro, apartándola. No pensaba seguir enfadada con Anna para siempre, pero no le daría la oportunidad de decepcionarme otra vez.

—Si quieres, vamos en mi coche —avisé.

—Genial, te quierooo —puso voz aguda al final.

Acabé sonriendo; lo que tenía de bocazas, lo tenía de blandengue.

Le limpié el cristal con un pañuelo mientras caminábamos.

Anna era de las chicas a las que les gustaba llevar ropa corta.

Hoy llevaba una sudadera rosa y unos pantalones cortos tan pequeños que hacían que la sudadera pareciera un vestido.

El pelo de fuego lo llevaba recogido en una trenza lateral.

Llegué a mi cochecito, un Honda CR-V blanco. Nos subimos y seguimos el camino hablando del concierto al que iba a ir Anna el fin de semana.

Aparqué cerca del edificio de aulas, bajamos y, en la entrada, vi a Inaki llamando la atención mientras hablaba alto con otros alumnos. Me acordé del mensaje que le había mandado a Callum y fui a comprobar si me había contestado; no había nada. Fruncí el ceño, extrañada.

—Buenos días, chicas guapas —saludó Inaki al pasar a su lado.

—Buenos días, bombón —respondió Anna, echándole los brazos al cuello.

—Hola, ¿qué tal? —tenía ganas de preguntar por Callum, pero eso haría que mi amiga sospechara de mí.

—Todo bien, salvo por nuestro capitán, que está en cama —dijo Inaki hablándome directamente a mí, casi como un aviso.

—¿Qué le pasa?

—Un resfriado. Se exigió demasiado en el entrenamiento de ayer y va a estar en cama descansando. ¿Puedo contar contigo para que tomes apuntes de la clase? —guiñó un ojo, pícaro.

Me quedé con la duda de si Inaki sabría de mi relación con Callum. Miré a Anna; se mordía los labios como si estuviera irritada. Antes de que pudiera responder, mi amiga habló:

—Déjamelo a mí, puedo ir a llevárselos —se ofreció.

Casi puse los ojos en blanco, ¿cómo tenía el valor de decir eso después del calabazo que le había dado Callum? Su actitud desesperada me pareció patética y sin sentido. Inaki la miró, sopesando la propuesta.

—Nena, Callum está enfermo, sin visitas los próximos días. Pásame los apuntes y yo se los llevo.

—Pero dijiste…

—¿Eh? —se giró como si alguien le hubiera hablado—. Vuelvo enseguida.

Aproveché la ocasión que me dio Inaki para seguir mi camino hasta el aula. Anna vino a mi lado algo cabizbaja. Nos sentamos y sentí que no iba a poder escapar de lo que fuera que le estuviera pasando por la cabeza.

—Es que no entiendo a Callum. El semestre pasado tuvimos una química increíble, pero ahora me trata como si fuera una plaga.

—¿En algún momento te dijo algo sobre que tuvierais una relación? —pregunté, cansada de esa situación.

—No de forma explícita, pero…

—Anna, perdona la sinceridad, pero ¿no crees que Callum se acostaba contigo solo a cambio de ayuda con los estudios?

Preferí preguntarlo en vez de echarle en cara cómo la había usado el jugador.

—Eso es cruel, Lotte —tragó saliva, los ojos llenándose de lágrimas—.

Sabía que se acostaba conmigo como pago por la ayuda con los estudios, pero tengo sentimientos.

Me gustaba cuando nos quedábamos tumbados en la cama, oyendo su corazón latir, sintiendo su piel tan cerca de la mía —se secó la mejilla—. Me gusta de verdad.

—¿Y por qué sigues saliendo con otros?

—Sé que a Callum no le gusto. ¿Qué se supone que debería hacer? ¿Sufrir por un hombre que no me desea? Prefiero seguir mandándole indirectas, insistiendo, para que deje de ser tonto y se dé cuenta de que le gusto.

Sentí un mal sentimiento quemándome el corazón.

Noté un amargor en la lengua y ganas de estamparle la mano en la cara a Anna, imaginándola a ella y a Callum en la cama.

¿Cómo sería acostarse con él? Vaya, no era justo.

Yo quería tener sexo, una vida sexual animada, pero no hacía otra cosa que estudiar.

Habría sido más lista si le hubiera pedido sexo en lugar de dinero a Callum.

Puse los ojos en blanco por la tontería de mi pensamiento.

Nunca había actuado así ni había tratado mi virginidad con indiferencia.

Estaba siendo idiota al sentirme inferior a Anna en el tema del sexo, y una envidiosa por desear lo que ella había tenido con Callum.

Yo no lo veía de esa forma; si lo hiciera, mis pensamientos y sentimientos podrían compararse a celos.

Dios, me estoy volviendo loca.

—Deberías olvidarlo —le aconsejé, no porque quisiera alejar a Anna de Callum, sino porque sabía que era lo mejor para ella—. Encontrar una nueva pasión, alguien que te valore y quiera que todo el campus sepa que eres su mujer.

—¿Crees que ese tío existe? —había tantos sentimientos en sus ojos que dudé de si mi respuesta iba a ser sincera.

—Chico o chica —dije bajito, y la vi resoplar.

—Ya te dije que olvidaras lo de Lera —gruñó, irritada.

—Solo digo que hay opciones —levanté las manos.

El profesor entró, zanjando el tema. Inaki se sentó al lado del alumno que le había recomendado para pedir ayuda con los estudios. Después de dos horas aburridísimas de cálculo administrativo, me vibró el móvil. Cogí el aparato y vi que era un mensaje de Callum.

Callum: 39° de fiebre y nadie sabe hacer una sopa decente para un paciente. Ni cuidar de uno. Estoy solo, muriéndome en esta casa. ¿Puedo pedirle ayuda a la persona más de fiar que conozco?

Me reí por su drama exagerado, pero me preocupó la temperatura tan alta.

Yo: ¿Te estás tomando algún medicamento?

Callum: La garganta me duele muchísimo. No puedo tragar. Ven a salvarme, porfa.

Miré el reloj; todavía quedaba una hora de clase.

Callum parecía necesitar ayuda de verdad.

Sentí la tentación de ir a rescatarlo. Me mandó un selfie, enseñando el parche para la fiebre, las mejillas rojas y los ojos cansados.

No pude resistirlo; fue demasiado para mi corazón.

Le avisé de que iba para allá y empecé a guardar mis cosas.

—¿Te vas? —preguntó Anna, frunciendo el ceño.

—Estoy segura de que me ha bajado la regla —mentí, no había forma de decirle la verdad—. ¿Te quedas hasta el final de la clase o vienes conmigo?

—Me quedo; luego tengo que resolver unos asuntos —me miró algo desconfiada.

—Luego te pido los apuntes que me falten.

Ella asintió. Me puse el bolso tapándome el culo, como para ocultar la mancha de sangre inexistente.

Salí sin hacer ruido y, en el pasillo, mantuve la pose un rato más, con miedo de que Anna me pillara.

Me metí en el coche y le pedí a Callum la dirección de su casa.

Me la mandó cuando ya estaba casi llegando a la residencia. Seguí las indicaciones del camino.

Aparqué frente a una casa de dos plantas, con su moto debajo de un árbol. Me bajé, mordisqueándome los labios. Callum me mandó la contraseña de la puerta, la marqué y entré. Todo estaba en completo silencio.

—¿Callum?

Nada.

Lo llamé, y oí el tono en el segundo piso.

Subí las escaleras, siguiendo el ruido. Cinco puertas, solo una abierta; entré despacio.

Callum estaba enrollado bajo las mantas, con una respiración ruidosa.

Dejé el bolso en la silla, me incliné, agarré el edredón y tiré de él para poder sentir la temperatura de su mejilla.

—Estás ardiendo —me alarmé—. Deberíamos ir a urgencias, Callum.

Balbuceó algo inaudible. Me puse la mano en la cintura, sin saber cómo iba a conseguir llevarlo hasta mi coche.

Rebusqué por el cuarto y me di cuenta de que la medicación que estaba tomando no tenía nada antitérmico.

Le agarré el brazo, obligándolo a sentarse; la camiseta estaba empapada de sudor.

Debía de haber tenido picos de fiebre y sudado al bajar.

—Voy a tener que salir a comprar un medicamento. ¿Crees que puedes llegar hasta el baño para darte una ducha? Va a ayudar a bajar la temperatura.

Asintió débilmente. Sonreí, apiadándome de su estado.

Llevé la mano al borde de la camiseta, dudando si tirar de ella o no; sabía que meterse vestido en la bañera no era buena idea.

Tragándome la vergüenza, tiré de la tela, dejando su cuerpo al descubierto.

Sentí que ardía al ver la perfección de su abdomen, los brazos y los hombros anchos, marcados, afectándome más de lo debido.

Sus ojos helados encontraron los míos con un toque de burla.

Si hubiera estado bien, seguro que se habría reído de eso.

Me levanté, sujetándolo por el brazo y, con mucho esfuerzo, arrastré a Callum hasta el baño de su cuarto, indicado por él.

Conseguí meterlo en la bañera; llevaba unos calzoncillos anchos que no me atreví a quitarle.

Callum no parecía llevar nada debajo de eso.

Abrí el agua fría y él gritó, queriendo salir. No lo dejé y, dado su estado débil, conseguí mantenerlo sentado.

—¿Alguien en la casa tiene medicamento para la fiebre?

—Puede que Inaki, segundo cuarto, puedas ir.

Callum levantó los brazos, apoyándolos en el borde de la bañera, dejando caer la cabeza allí, respirando pesadamente.

No quería dejarlo solo para ir a comprar medicinas.

Fui al cuarto de al lado, señalado como el de Inaki.

Invadir el espacio de un hombre podría asustar a cualquier chica, pero estaba tan acostumbrada al sexo masculino que empecé a rebuscar en los cajones hasta encontrar una caja blanca llena de medicamentos.

Llevé lo que necesitaba al cuarto de Callum; él seguía en la bañera, quietecito. Le di las pastillas y me quedé a su lado hasta sentir que la fiebre bajaba.

Sentada en el suelo, le acariciaba el pelo, viendo sus ojos difusos mirándome. Esbozó una sonrisita, y eso me afectó más de lo que debería.

No debería estar aquí.

Y no podía gustarme tanto estar en su presencia.

Y, sobre todo, no debería sentir el corazón acelerándoseme por culpa de una sonrisa maldita, porque no había ninguna posibilidad en el universo de que Callum O’Brien quisiera algo conmigo.