Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Callum O’Brien

—¿Te encuentras mejor? —preguntó Lotte, acariciándome el pelo.

Los medicamentos, junto con la ducha fría, empezaban a hacer efecto, bajando la fiebre y devolviéndome la lucidez. Le sonreí, asintiendo.

—¿Nos levantamos?

—Estoy empapado —murmuré, la garganta raspándome, la voz arrastrada.

—Es lo que pasa cuando te metes en una bañera —se rio bajito, abriendo más los párpados para poder verla con claridad.

—Eres muy guapa —dije, con la lengua espesa en la boca.

Lotte adquirió un bonito tono rojo en las mejillas, intentando esconder la sonrisa mientras se levantaba a por una toalla.

Me la trajo, haciéndome un gesto para que me pusiera de pie.

Respiré hondo, concentrando las fuerzas en las piernas.

Agarré el borde del calzoncillo, a punto de quitármelo, cuando Lotte soltó un grito:

—¡Quieto ahí mismo! —me lanzó la toalla sobre el torso—. ¡No te quedes en pelotas delante de mí, Callum! ¿Te has vuelto loco?

—Estoy enfermo, no voy a hacer nada —puse los ojos en blanco por su exageración, sujetando la toalla alrededor de la cintura y saliendo de la bañera.

—Y si lo intentaras, te pegaba —levantó el puño, enfadada—. ¡Ten respeto por la dama que tienes delante!

—Qué dramática. Pero te habría gustado lo que ibas a ver —sonreí, pícaro.

—¿Y quién lo garantiza? —se cruzó de brazos, desconfiada.

—Ninguna mujer se ha quejado del tamaño de mi polla. Tú no serías la primera.

Lotte resopló, roja como una gamba.

—Ya he visto tres pollas enormes, la tuya no sería ninguna novedad.

En cuanto las palabras le salieron de la boca, salió corriendo del baño, gruñendo de vergüenza. Un momento… ¿No era virgen? Me apresuré a quitarme el calzoncillo mojado, me enrollé la toalla en la cintura y fui tras ella. Lotte estaba de espaldas, tapándose la cara con las manitas.

—¿Sueltas la bomba y luego te da vergüenza, ratita?

—¡No soy una ratita! —protestó, girándose para mirarme.

Estaba tan roja que temí que le fuera a dar algo.

El escote sonrojado la hacía increíblemente atractiva, y si no fuera por la maldita gripe tumbándome, le habría tirado otro flirteo a Lotte.

Saber que había dejado la clase solo por quedarse conmigo me removía algo por dentro.

Necesitaba ayuda, y ella estaba ahí, aunque avergonzada y queriendo asesinarme con la mirada.

Lotte había venido por mí.

Sonreí, aliviando el ambiente y acabando con su vergüenza.

Caminé hasta la cómoda, cogí unos calzoncillos y un pantalón corto.

Volví al baño, todavía con la incógnita en la cabeza: ¿quiénes eran los cabrones que le habían enseñado la polla a mi ratita?

Les arrancaría el pito de raíz a esos desgraciados y se lo daría de comer a los perros.

Cogí la camiseta que colgaba en el baño y me la puse, agradeciendo que la fiebre bajara y mi discernimiento volviera.

Regresé al cuarto y la vi sentada frente a mi escritorio.

Caminé despacio hacia ella; de espaldas a mí, Lotte tamborileaba los dedos en la superficie de la mesa.

Bajé el torso y la envolví en un abrazo, notando la tensión acumulándose en su cuerpecito.

—Gracias por venir a quedarte conmigo —y, solo porque las ganas eran demasiadas, le besé el cuello, encantado de cómo Lotte se estremeció entre mis brazos.

—Me asusté cuando me llamaste, ¿te encuentras mejor?

—Un poco, pero todavía siento —le besé la mejilla, quedándome más tiempo del necesario.

—Qué bien, creo que puedo irme —notaba lo avergonzada que estaba. Lotte también parecía sentir algo por mí, esa cosa que ardía en el estómago pidiendo que estuviéramos juntos, las ganas de tocarla a cada instante, imaginando cuál sería el sabor de su beso.

La solté, me levanté y fui hacia la cama, recriminándome por ser tan idiota. Si hacía una tontería y Lotte decidía dejar de ser mi profesora, iba a tener graves problemas. Necesitaba controlarme para no quedarme sin ella. Tenía un objetivo y debía alcanzarlo sin distracciones.

—Todavía me siento mal, ¿te quedas un poco más, por favor? —pedí con sinceridad.

Me miró durante largos minutos. Empecé a toser, y la garganta pareció atravesarme con mil espinas, haciéndome gemir, tumbándome en la cama hecho un ovillo.

—Cielos, me muero de hambre, pero siento que no voy a poder tragar nada —la voz me salió ronca, baja, distinta de mi tono habitual.

—¿Qué tal una sopa? —Lotte se acercó, tocándome la frente para quitarme el parche de la fiebre.

—No sé hacerla —encogí el cuerpo bajo el edredón.

—Si tienes los ingredientes en casa, puedo hacerla —sugirió.

Me giré, mirándola. La luz del sol primaveral le tocaba la cara con delicadeza, haciendo que sus ojos verdes brillaran con intensidad.

El pelo rubio le caía alrededor de la cara fina; los labios rosados se los mordisqueaba con los dientes, mostrando lo nerviosa que estaba.

Suspiré, sabiendo que era culpa mía. No podía creer que Lotte fuera inmune a mí.

Mi ratita se ponía todavía más guapa cuando apartaba la mirada de mi boca hacia mis ojos.

—Creo que sí tengo. La señora Bernal hizo la compra de la semana.

—¿Quién es ella?

—La dueña de la casa. Ella mantiene el orden, le tomó cariño a Boris y, aunque se fue, sigue cuidando de nosotros; limpia y hace la compra semanal.

—Creo que os tiene miedo a que le rompáis la casa —se rio bajito.

Quise reírme, pero acabé tosiendo, lo que empeoró el estado de la garganta.

—Voy a preparar una sopa. ¿Te quedas aquí o vienes conmigo?

Sabía que iba a necesitar ayuda en la cocina, porque no sabía dónde estaban los utensilios ni los ingredientes. Levanté el torso, sonriendo levemente, indicando que la seguiría. El pelo mojado me goteaba, dándome escalofríos. Estornudé, usando el brazo para taparlo y no ensuciar a Lotte.

—Mejor te secas ese pelo —sonrió, levantándose a por la toalla limpia colgada cerca de la puerta.

Acepté la tela, envolviéndomela en el pelo. Bajé de la cama y me puse las chanclas. El cuerpo me dolía y me sentía flojo, sin fuerzas para seguirla hasta la cocina. Creo que se dio cuenta, porque se apresuró, sujetándome por la barriga y el hombro, obligándome a tumbarme.

—Mejor quédate aquí, yo me apaño.

—¿Segura?

—Segurísima, voy a abrir todas las puertas y cajones hasta encontrar lo que necesito.

—Gracias, Lotte —le sujeté la mano, mirando el bonito verde de sus ojos expresivos—, por venir a cuidarme. Ni siquiera sé cómo agradecértelo, pero pensaré en algo decente.

—Quiero compañía para el concierto de Stray Kids. Tengo una entrada que debería ser de mi madre, pero ella no va a poder ir.

Habló tan rápido que casi no la entendí. La frase se formó en mi cerebro y me reí, porque no tenía ni idea de qué coño era Stray Kids. Pero, si podía pasar unas horas más a su lado, creo que iría hasta el infierno por esa chica.

—Ya tienes compañía —respondí, acomodándome en la cama.

—¡Bien! —celebró, moviendo los hombros de una forma adorable—. Voy a hacer la mejor sopa que hayas probado nunca; espera aquí.

Se levantó, mostrando lo guapa que estaba con su ropa de siempre.

A Lotte le encantaba usar leotardos, faldas de tablas y camisas de un solo color.

Cuando la conocí, llevaba algo parecido, y en todos nuestros encuentros la había visto variar solo los colores manteniendo el estilo. ¿Cómo podía ser tan guapa?

Salió del cuarto, dejando la puerta abierta.

Tosí, acomodándome bajo las mantas. El móvil me vibró en algún lugar de la cama; lo busqué, encontré los mensajes del entrenador preguntando cómo estaba.

Le detallé los síntomas, y me aseguró que me mandaría a alguien con las medicinas adecuadas.

El entrenador Bowman sabía que yo no tenía más medicamentos que analgésicos. Mi tío solía cuidarme bastante.

Inaki, por otro lado, hijo de médicos, tenía una minifarmacia en su cuarto. Recuerdo que me dio algo antes de salir. Ya me había tomado tantas medicinas que era capaz de que una anulara el efecto de la otra.

Dejé el móvil en la mesilla y me encogí bajo las mantas. No pude mantenerme despierto y me quedé dormido enseguida. El sueño se interrumpió con suaves toques en la espalda. Abrí los ojos perezosamente; la vista tardó en enfocar a la chica de gafas frente a mí.

—Tu sopa está lista —dijo bajito.

Tosí al incorporarme. Lotte había encontrado una mesita de madera para comidas y puso encima el plato de sopa y un pan.

—No huelo nada, pero tiene una pinta genial —le elogié el plato.

Lotte sonrió, mordiéndose el labio después.

Se sentó en el borde de la cama; yo apoyé la espalda en el cabecero, acercando la mesita a mi regazo.

Cogí la cuchara, soplé el caldo caliente y probé el líquido delicioso.

Apenas lograba sentir el sabor, pero el poquito que mi lengua detectó me hizo gemir de felicidad.

—¡Está buenísima!

—¿En serio? Pensé que me había pasado con la sal, menos mal.

Quizá era eso lo que me hacía sentir el mínimo gusto de la comida.

Sonreí, confirmando que estaba buena, comiendo con un hambre que parecía no tener fin.

Lotte se rio de forma tierna, sentándose cerca de mis piernas.

Noté cómo usaba una mano para bajarse la falda, no dejándome ver nada debajo de la tela tentadora.

—¿Qué es eso de Stray Kids? —pregunté, después de masticar y tragarme medio pan.

—¡El grupo de K-pop más grande de la actualidad! —le brillaron los ojos de alegría—. Me encantan sus canciones; ya he ido a varios conciertos, pero este año solo voy a poder ir al de Nueva York. Iba a encontrarme con mi madre allí, así que solo tengo un billete de avión, pero voy a comprar el tuyo.

—No hace falta —la interrumpí—. NY está cerquísima, yo lo compro. Pásame la información que necesite.

Lotte sonrió; si antes brillaba, ahora parecía completamente radiante de alegría. Cogió el móvil del bolsillo de la falda y empezó a escribir. Segundos después, oí que mi móvil notificaba el mensaje.

—¿Qué cantan?

Frunció el ceño, como si le hubiera hecho una pregunta idiota.

—Te lo he dicho, K-pop.

—Lotte, no tengo ni idea de qué me estás hablando.

La carcajada que le explotó en los labios se volvió contagiosa, haciéndome reír al verla tan divertida por mi inocencia.

Seguí comiendo mientras ella hablaba con entusiasmo de que el K-pop era un género musical.

A Lotte le gustaban otros grupos, y siempre iba a los conciertos cuando podía.

Una mezcla de BlackPink, IVE, Twice, BTS, BTOB, Ateez, Enhypen, TAEMIN, Jackson Wang y otros nombres me dejó la mente hecha polvo, intentando averiguar quién cantaba qué y cuáles eran sus favoritos.

—¡Te juro que fue un sufrimiento infernal esperar a que BTS saliera del ejército!

—Espera, ¿el grupo estaba en el ejército? —terminé de comer, apartando la mesita a un lado.

—¿Qué? No, Dios mío, pareces Craig perdido en la vida.

—¿Craig?

Lotte abrió tanto los párpados que pensé que se le iban a salir los ojos de la cara pequeña. Se quedó pálida, los labios perdiendo el color y un leve temblor le tomó las manos. No entendí el motivo y fruncí el ceño, sin saber cómo comunicarme con ella sin causarle un colapso.

—¿Es otro ídolo de K-pop?

—¿Eh? ¡Ah! No, no —levantó las manos, recuperando el color—. Vaya, me ha dado un mareo, un malestar —se frotó entre los pechos, pareciendo sentirse mal.

—Creo que estás pillando mi gripe —me aparté a un lado, con cuidado de no tirar la mesita—. Ven, túmbate un rato conmigo a ver si mejoras.

—Vale —suspiró, sentándose contra el cabecero—. ¿Por dónde íbamos?

—Dijiste que yo estaba perdido en la vida como Craig. ¿Quién es?

—El personaje de la serie de hombres lobo —dijo rápido y un poco alto.

—Te encantó de verdad esa serie —me reí bajito—. Cualquier día vemos un episodio.

—¿Te gustan las series de hombres lobo?

—Tío, vi todos los episodios de Teen Wolf semana a semana, ¡me encanta!

Lotte soltó un chillido que me dejó los oídos doliendo. Notó mi mueca tapándome la boca y, en segundos, estábamos riéndonos el uno de la cara del otro hasta quedarnos sin aliento, y yo empecé a toser como un perro.

—¡Te adoro! —exclamó, mientras se reía.

—Gracias, yo también te adoro —le puse un mechón de pelo detrás de la oreja.

Lotte sonrió, iluminándome el pecho. Se tumbó despacito en la cama, y yo hice lo mismo, apoyando el peso sobre el codo, mirándola de cerca.

Sus ojos me observaban curiosos a través de las lentes.

Incliné el torso, acercando los labios a su frente.

Tuve un deseo loco de juntar nuestras bocas, pero el riesgo de lo que perdería si nos liábamos me hizo controlarme, besándole la frente con cariño.

—No tienes ni idea de lo agradecido que estoy por que hayas venido a cuidarme. Gracias, Lotte.

—Eres un buen tío, Callum, vamos a ser buenos amigos —recalcó la frase sobre lo que éramos, como si ella también dependiera de eso.

Yo sabía los motivos que me llevaban a mantenerme alejado de Lotte, pero ¿cuáles serían los suyos para querer evitar liarse conmigo?