Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Callum O’Brien

—¡Tres años! —el entrenador Bowman levantó tres dedos, mirándonos en el vestuario—.

Llevan tres malditos años perdiendo en la Frozen Four contra los cabrones del Jaguar de la Dnort.

Sois capaces de vencer a todos los rivales, pero siempre es una derrota apretada contra esos malditos.

¿Alguien sabe decirme por qué? —se cruzó de brazos.

Me mordí el labio, irritado por ese sermón de mierda tan temprano. Deberíamos aprovechar nuestro tiempo en el hielo para trazar estrategias de ataque, en lugar de estar recordando nuestro fracaso como equipo.

—Los demonios del hielo —respondió Scotty Brind’Amour. El nuevo defensa no entendió que la pregunta del entrenador no debía responderse.

—¿Me estás diciendo que el motivo de la derrota tres años seguidos se resume a tres jugadores? —Vi la vena de la frente del entrenador a punto de estallar.

Bowman había sido entrenador de equipos de la NHL y, cuando se retiró, decidió entrenar a equipos universitarios.

El pelo blanco de punta combinaba con las cejas y la barba del mismo color, en la cara redonda e hinchada.

A sus 60 años, Bowman seguía siendo una leyenda como entrenador, con una carrera envidiable —hasta que aparecieron los demonios y nombraron al entrenador de la Dnort como el mejor de la NCAA [7] , dejando furioso a mi tío.

—No son los jugadores —levanté la voz. Como capitán, tenía la obligación de saber en qué estábamos fallando—.

Es el trabajo en equipo. Los Lins actúan como dos defensas y un delantero.

Mientras Craig y Grant forman una barrera alrededor de su hermano, impidiendo que nadie se acerque, Jensen avanza, montando jugadas, hasta meter el disco en la portería.

Esta temporada tenemos dos obligaciones —levanté un dedo—: primera, mejorar nuestro trabajo en equipo; segunda —levanté el dedo corazón—, romper su defensa.

¿Y cómo lo vamos a hacer? —moví las piernas hasta la pizarra blanca, arrastrándola, y empecé a escribir—.

Tengo algunas ideas, y ahora todos me van a escuchar.

Y quien no esté dispuesto a dejarse la piel esta temporada, que se vaya del equipo antes de que lo eche yo.

—¡Esa es la garra que necesitáis para ganar! —gritó el entrenador, cruzándose de brazos y prestando atención a lo que hacía.

Dibujé en la pizarra las posiciones de los jugadores en nuestro último partido contra la Dnort.

Perdimos por dos puntos, y eso me consumía como un maldito infierno.

No pensaba permitir que se repitiera lo mismo, y después de mi conversación con Lotte ayer, sabía, más que nunca, dónde estábamos fallando.

—Nuestro mayor error es que siempre intentamos marcar a Craig o a Grant para romper su defensa —señalé a Inaki y Mackenyu—.

Vosotros, como alas izquierda y derecha, os centrabais en los trillizos, mientras los defensas, que ya se graduaron, se preparaban para interceptar a Jensen.

Nuestro capitán se centraba en recibir mi pase para poder anotar. Estábamos todos equivocados.

Borré lo que había escrito, reformulando la pizarra con nuevas posiciones, señalando a cada uno por su nombre.

—Somos seis jugadores en el hielo y tenemos un total de siete reservas —señalé al personal de detrás—. Entrenador, quiero revisar la posición de cada titular y de cada reserva.

—¡No puedes hacer eso! —exclamó Cole Celebrine. Era uno de los que quería cambiar.

—Puedo y lo voy a hacer —avisé. El entrenador y el segundo entrenador se quedaron callados—.

Tenemos que crear una estrategia única para la Cast, algo que nos haga ganar a la Dnort y destruir a cualquier universidad esta temporada.

Ganaremos todos los partidos de la ronda, pero no dejaremos que nuestros rivales sepan qué estamos haciendo.

En vez de tener un equipo con los titulares, tendremos tres.

Haremos rotaciones según las posiciones, guardando lo mejor para cuando nos enfrentemos a la Dnort.

Ellos van a estudiar nuestros partidos, van a ver cómo actuamos en el hielo y a crear estrategias para eso y, cuando nos enfrentemos, se quedarán perdidos al ver a jugadores distintos en el hielo.

—Eso es una locura, capitán —dijo Inaki, negando con la cabeza—. Va a ser un infierno crear tres equipos o más. ¿No hay una forma más fácil?

—Ni siquiera sé si eso es posible —añadió Mackenyu, mirándome con dudas.

—A mí me ha gustado la idea —Wayne Howe levantó la mano, animado. Era un novato excelente en la defensa, que debería estar como titular, pero había perdido el puesto ante el júnior Cole.

—Solo porque puedes robarle el puesto a alguien de aquí —gruñó Cole.

—¡Somos tan buenos como vosotros! —acusó Maurice, otro novato.

—¡No tenéis lo necesario! —replicó Cole.

—¡Ya basta! —gritó el entrenador, callando a todos—. Cuando vuestro capitán expone una estrategia innovadora para ganar, os calláis y escucháis hasta el final.

—Entrenador —llamó Rob Riley, nuestro segundo entrenador—, ¿podemos hacer esto? ¿Tenemos que inscribir al equipo titular en los partidos? ¿Cómo vamos a actuar con tres equipos?

—Con el sistema normal de sustituciones no habrá problema, basta con que nuestros rivales no sepan qué hacemos —analizó—. Teniendo una estrategia para cada sustitución: será más fácil mantener el orden en el hielo. Continúa con tu idea, O’Brien.

Asentí, exponiendo mis ideas al equipo. Pasé horas analizando a cada uno de nuestros jugadores y pensando en cómo podríamos mejorar para jugar esta temporada.

La victoria podía ser solo un logro más para algunos de mis compañeros; los novatos sabían que tendrían otra temporada sin los demonios para poder ganar.

Pero, para mí, no existía un plan alternativo ni otra opción.

Necesitaba ganar. Mi futuro dependía de eso.

—Quiero probar tres combinaciones. Un equipo conmigo, Inaki, Mackenyu, Wayne, Jeson y Martin.

Otro con Scotty, Jacques, Connor, Nikita, Logan y Cole.

Después, haremos una combinación entre yo, Maurice, Inaki, Nikita, Logan y Scotty.

Si esas combinaciones no funcionan, probamos con otra.

Vamos a pasar dos semanas centrados en este entrenamiento, jugando unos contra otros.

Empezamos con la primera y la segunda, luego cambiamos a la tercera y la segunda combinación.

Me puse tenso al ver las expresiones de mis compañeros, dudando de mi salud mental. No podíamos seguir con el mismo entrenamiento y las mismas estrategias, fallando en cada partido de la temporada. Teníamos que empezar con todo para llegar a lo más alto sin dificultades.

—Tío, esto es muy confuso —dijo Inaki—, ¡pero me ha encantado! —gritó, haciéndome reír.

—¡Vamos, TIGERS! —gritó Mackenyu, levantando la mano en apoyo.

Poco a poco, los chicos se fueron acostumbrando a mi idea. Nos fuimos a la pista, donde el entrenador separó a los equipos e hizo observaciones valiosas para cada uno de nosotros. Empezamos el calentamiento y, después, fueron largas horas patinando, hasta que los pies me dolieron del esfuerzo.

Hice una pequeña pausa para descansar, la respiración entrecortada.

Me senté en el banquillo, sintiendo el estómago ardiendo.

Me quité el casco, la vista se oscureció; perdí la noción de cuántas horas había pasado en el hielo o cuánto tiempo llevaba sin comer.

El entrenador se acercó, sujetando una botella marrón.

—Toma esto, chaval —me la dio. La cogí y bebí el líquido de sabor dulce—. Es mejor que lo dejemos por hoy o voy a tener que cargar con vuestros cadáveres hasta la residencia.

Asentí con la cabeza. Levanté la vista y vi, en el gran reloj sobre la pista, que ya era más de la una de la madrugada.

¡Mierda! Se me había olvidado por completo avisar a Lotte de que no podría ir a nuestra sesión de estudio.

El entrenador dio por terminado el entrenamiento, y necesité fuerzas sobrehumanas para levantarme y dirigirme al vestuario.

Me quité la ropa, agotado, me duché casi cayéndome y, cuando los chicos se despidieron, lo único que quería era tirarme en el asiento de atrás de un coche.

Me subí a la moto, me puse el casco, y la vista se me nubló, avisándome que fuera con cuidado con los siguientes movimientos.

Me bajé, sentándome en el bordillo de la acera, con la cabeza entre las rodillas, la mala sensación del estómago empeorando.

Estaba hambriento, agotado y en ningún estado para conducir hasta casa.

—Callum, ¿qué ha pasado? —preguntó Inaki, sentándose a mi lado.

—Solo necesito un momento —pedí, la sensación de mareo aumentando.

—Te has exigido demasiado, has participado en todas las rondas sin descanso. Ha sido una locura, tío. No sirve de nada crear la mejor estrategia si te matas entrenando; a este paso no va a quedar nada para la temporada.

No tuve fuerzas para responder.

—¡Mackenyu! —gritó Inaki—. Llévate a Callum en tu coche; yo le llevo la moto a casa.

Inaki, Mackenyu y yo vivíamos juntos en una casa cerca de la facultad.

Boris la compartía con nosotros, pero, después de que se fuera, todavía no habíamos encontrado a un compañero decente para vivir con nosotros.

Aunque formaba parte de una fraternidad, prefería vivir en mi casa.

La privacidad era mejor, los chicos eran ordenados y tomamos la decisión juntos, después de nuestro primer semestre viviendo en la fraternidad.

Aquella mierda tenía tantas fiestas que nos dejaba la cabeza palpitando.

Pasar horas entrenando en la pista y, al llegar a casa a descansar, encontrarte con una fiesta a todo trapo, verte obligado a participar y, al día siguiente, aguantar la misma rutina, mataba a cualquier ser humano decente.

Mi dedicación al hockey es profunda e intensa. El hockey es mi vida y mi futuro; no puedo perder el tiempo con tonterías. Me encanta una fiesta, voy a las que quiero, pero eso todos los días cansa una barbaridad. Por eso Boris se fue, llevándonos con él.