CAPÍTULO 4
Charlotte Lins
Fue un alivio dejar el trabajo en la tienda de mascotas.
Mi jefa intentó gritarme, diciendo que no podía hacer eso, pero, como no teníamos ningún contrato laboral, sí que podía.
Detestaba trabajar en ese sitio: siempre acababa sucia por los baños, los animales bravos arañándome.
Yo era la nueva, y por eso las más veteranas siempre se quedaban con los más dóciles, dejándome a mí las fieras.
Salí de aquella tienda sintiéndome más ligera y feliz por la oferta de Callum.
Quería irme a casa, tumbarme en mi cama y dormir hasta la hora de estudio de la noche con mi nuevo alumno.
Me metí en el coche y conduje tranquilamente por las calles de Cambridge.
Además de la Cast, otras dos universidades se encontraban en la zona: Harvard y el MIT.
La mayoría de las casas se alquilaban a universitarios que no conseguían alojamiento o no querían quedarse en el campus.
Seguí por Essex St. hasta llegar a la concurrida calle de la Cast. Frente al campus, vi a varios estudiantes cruzando la calle para acceder a las residencias.
Sonreí, reconociendo la cara de Dawson, un compañero con el que había cursado optativas en la universidad.
Toqué el claxon, llamando su atención; sonrió y me devolvió el saludo.
Hacía tiempo que no hablábamos, cada uno ocupado con su carrera.
Dawson quería entrar en Derecho en Harvard, tras terminar las optativas en la Cast, y llevaba tiempo esforzándose mucho para conseguirlo.
—¿Quieres que te lleve? —le ofrecí, parada en el semáforo para acceder a la facultad.
—¡Sí! Voy a la biblioteca.
Desbloqueé el coche y mi amigo entró. Dawson era regordete, con la cara redonda y los mofletes tiernos, el pelo liso siempre peinado hacia atrás y una montura moderna de gafas en la cara. Llevaba una camisa azul de botones y pantalón caqui.
—¿De dónde vienes? —le pregunté, siguiendo por la entrada de la facultad.
—De Harvard. Tuve una entrevista con un profesor; el señor Wolf me la consiguió, no podía perdérmela.
—¡Este año entras seguro! —vibré, mandándole buenas energías.
—Me estoy esforzando para eso, no puedo esperar para convertirme en alumno de allí.
—Va a ser lo mejor.
—No hace falta que me convenzas, claro que te invito a la fiesta para celebrar la admisión.
Me reí, no era muy de fiestas, pero, para celebrar la victoria de mi amigo, estaba dispuesta a ir. Seguimos hablando hasta llegar a la biblioteca. Dawson bajó con sus libros, y me quedé dudando si estudiar un rato más o volver a la residencia.
Las ganas de dormir tranquila pudieron más.
Di marcha atrás, saliendo de la plaza, y me dirigí a Harrington House.
Lera todavía no había vuelto, y aproveché el silencio para darme una ducha caliente —el baño vacío era un auténtico lujo—.
Salí envuelta en el albornoz y fui a mi habitación, disfrutando del olorcito a lavanda del ambiente, gracias al difusor.
Me puse ropa y me sequé el pelo. Me hice un tentempié rápido y activé el despertador, tirándome a la cama para dormir.
Me desperté con el ruido de Lera moviéndose por el salón.
Gemí, girándome hacia el otro lado. El despertador sonó, obligándome a levantarme.
Bostecé, poniéndome de pie. Sentí frío, notando que el ambiente se había enfriado.
Caminé arrastrando las medias por el suelo de madera, cogí un jersey y mi abrigo, me puse otro parche para el dolor en el hombro antes de vestirme.
Las piernas seguían heladas, así que me puse unos vaqueros encima del leotardo.
Me puse un maquillaje ligero: pintalabios clarito, colorete y un delineado.
Por suerte, mi miopía no me impedía verme los ojos en el espejo, así que conseguí maquillarme sin lentillas.
Me recogí el pelo, me puse perfume y cogí los libros que necesitaba para la clase.
Salí de la habitación y vi a mi amiga envuelta en una manta, preparándose la cena.
—Has llegado tarde —comenté, poniéndome las zapatillas en la puerta.
—Los chicos de hockey y de fútbol americano han vuelto a entrenar. Las cosas se van a poner más movidas, sobre todo cuando vuelva la gente de baloncesto.
—Suerte con eso. —Levanté el puño cerrado, animándola.
—¿Y adónde va la señorita?
—A la biblioteca.
—¿Con este frío? Estudia en casa, que yo me quedo calladita.
—Voy a ayudar a un alumno con el temario.
—¿Te has asegurado de cobrar por eso? —me apuntó con la espátula de silicona. Me reí por la ceja levantada y la expresión, como si pensara que estaba siendo tonta ayudando a alguien gratis.
—Sí, señora. Pero, por ahora, no le digas a nadie. No quiero que otros alumnos me den la lata; acepté este porque paga bien.
—Chica lista —guiñó un ojo—. No dejes que Anna se entere, esa vaca va a querer aprovecharse de ti otra vez.
Anna y Lera nunca se habían llevado bien.
Un rollo de química mal resuelta en el primer año, y yo sabía que una había dejado tirada a la otra, pero nunca averigüé quién había hecho qué.
Sospechaba que había sido Anna, quizá por miedo a admitir que le gustaba una mujer.
Después de eso, Anna se convirtió en una auténtica ligona, tirándose a hombres como loca.
Quizá fuera bisexual y le costara aceptarlo.
Nunca me metí en el tema y pensaba seguir así.
—Para, me ayudó bastante a cambio de los apuntes —le recordé.
—Amiga, tenemos que hablar en serio sobre tu noción de «ayuda» —hizo comillas en el aire.
Solté una carcajada, le mandé un beso a Lera y salí, dejándola refunfuñando sola sobre Anna.
Mi compañera de clase podía no ser la mejor persona del mundo, pero, cuando se me estropeó el coche el año pasado, me prestó el suyo sin que yo tuviera que pedírselo.
Me llevaba a diario, y solo gracias a eso pude ir y volver del trabajo con seguridad hasta que mi padre mandó dinero para arreglar el coche… ¡Seis meses!
Fue una faena que el coche de los trillizos se estropeara justo cuando el mío, y los tres necesitaban un vehículo para compaginar la vida universitaria y los partidos.
Sin contar el viaje de Jensen a las Olimpiadas, representando a nuestro país —casi una fortuna mandarlo a Corea—.
Nunca presioné a mis padres por dinero; sabía que nuestros aprietos eran consecuencia del maldito préstamo que hundía a nuestra familia.
La carrera de los trillizos era nuestra salvación, todos lo sabíamos, y por eso lo poco que teníamos, lo apostábamos por ellos.
Fue una decisión familiar, y no me arrepentía.
Cuando los tres se convirtieran en jugadores de la NHL, brillando y consiguiendo contratos millonarios, y yo, la empresaria, cuidando de la carrera de cada uno y cobrando un porcentaje generoso, nuestros problemas económicos quedarían resueltos.
Nuestros padres ya no tendrían que verse acosados por las deudas ni por las terribles consecuencias que traían. Todos podríamos respirar aliviados.
Me metí en el coche, recordando cómo mamá siempre bromeaba diciendo que yo era la cuarta gemela.
Se quedó embarazada cuando los chicos tenían 5 meses —tres bebés volviéndola loca— y, 9 meses después, nací yo.
Juró que se volvería loca del todo, pero los chicos se calmaron, encariñándose con su hermanita.
Mientras ellos andaban, yo gateaba corriendo detrás de ellos.
Siempre jugamos juntos y los tres nunca me excluyeron de nada por ser mujer.
Cuando cumplieron 6 años, nuestro padre ya se estaba volviendo loco con el jaleo en casa, así que los mandó a todos a clases de hockey y a mí me dejó haciendo patinaje.
Fue entonces cuando surgió la pasión y se trazó el destino.
Los chicos empezaron el colegio, y yo me quedé superdeprimida en casa, echándolos de menos.
Por eso, nuestros padres acabaron teniendo que matricularme en el colegio, y conseguí estudiar junto a ellos.
Garantizando pasar el año escolar unidos, el plan era hacer la universidad juntos.
Las estrellas del hockey consiguieron becas en la Dnort, en nuestro antiguo estado, Dakota del Norte.
Sin embargo, lo malo fue que nuestros padres tuvieron que mudarse a San Francisco pocos meses antes de que los trillizos entraran en la universidad.
Pero yo no tuve la misma suerte: me aceptaron en la Cast, en Boston, Massachusetts, separada de ellos por kilómetros de distancia.
Odiaba estar lejos de mi familia; sentía una nostalgia terrible de cada uno de ellos y, en el primer año, me dormía llorando todas las noches, arrepentida de no haber entrado en la misma universidad.
Fue difícil acostumbrarme, pero conseguí sobrevivir.
Solo un año me separaba de volver a vivir con mis hermanos y seguir nuestro sueño juntos. Voy a aguantar firme y a mantener mi plan en marcha.
Aparqué cerca de la biblioteca y vi la moto de Callum.
Admiré la belleza moderna y potente de la máquina, imaginando cómo sería pilotar una de esas.
Jensen estaba loco por una moto deportiva, pero se contenía, sabiendo que no podía comprarse una por ahora.
Le encantaría la de Callum. Lástima que fueran rivales queriendo matarse en cada partido.
Seguí el camino subiendo las escaleras, atravesé las puertas de madera con cristal y caminé entre las filas de mesas hasta ver a Callum en un pasillo más apartado, con mesas pequeñas y solo dos sillas por espacio.
La lámpara amarillenta iluminaba su cuaderno mientras tomaba apuntes.
Llegué por detrás, espiando por encima de sus hombros anchos.
Fruncí los labios al leer el encabezado de la página: «Cómo matar a los trillizos demoníacos». Definitivamente, ese hombre no podía enterarse de que estaba recibiendo ayuda de la hermana de los demonios.
—Vaya, cuánta agresividad —carraspeé, sentándome frente a él.
—¿Espiando mis ideas, Lotte? —levantó la vista, mirándome con aire listillo y burlón—. Ni se te ocurra filtrarle esto al rival.