Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Callum O’Brien

Tenía unos insultos extremadamente creativos.

Lotte parecía una de esas chicas criadas en un pueblo, rodeada de hermanos y primos que insultaban como pasatiempo. Y era muy tierno cómo su carita fina se transformaba cuando se irritaba con la gente, los labios suaves moviéndose con ferocidad mientras repartía sus barbaridades.

Necesité esforzarme para prestar atención en clase, pero, con aquella cosita a mi lado, se me hacía difícil.

Preferiría que no hubiera cambiado de sitio con Anna; esa chica era irritante: no paraba de susurrarme al oído, acariciarme el brazo o insinuar que podríamos salir de clase a follar.

Estaba a punto de agarrarle la muñeca y tirarla escaleras abajo. ¡Ay, qué pesada!

Lo nuestro ni siquiera fue para tanto. Sé que soy una fiera en la cama, ninguna mujer sale insatisfecha y siempre quieren más de mi polla enorme. Pero esa criatura se pasaba de la raya con el acoso.

—¿Ya has probado una aventura en clase? —susurró, haciendo que me estallara la vena de la cabeza.

—Chica —gruñí, mirándola irritado—, deja de rebajarte, no quiero una relación contigo, ¿lo entiendes? ¡Joder!

Anna abrió mucho los ojos. Noté las exclamaciones a nuestro alrededor, dándome cuenta de que no había sido precisamente discreto. Lotte me miró, sorprendida, con un rubor interesante extendiéndose por el escote y la cara. ¡Mierda! Se me olvidó que eran amigas, y eso podía complicarme las cosas.

—¡¿Qué has dicho?! —casi me gritó en la cara.

—¡Silencio! —ordenó el profesor.

Volví a mirar al hombre de 65 años que daba clase de gestión de empresas, ignorando a la calientapollas de mi lado. La oí quejarse a Lotte y, por el rabillo del ojo, vi cómo mi ratita se estaba irritando con la cháchara.

—Anna —pidió Lotte bajito—, déjame prestar atención a la clase, luego hablamos.

—¡Joder, nadie me escucha! —se cruzó de brazos, enfurruñada, callándose por fin.

Puse los ojos en blanco por el drama innecesario. A mi lado, Inaki se inclinó, susurrando:

—Dijiste que era buena profesora, pero como la loca esta se me ponga así encima, paso.

—Tenía buenos apuntes —respondí—, pero no vale la pena. Búscate a otra persona.

—¿Y la tuya? Todavía no me has dicho quién es.

—No pienso soltar prenda.

Carraspeé, zanjando el tema. Lotte sería solo mi profesora; que los tíos del equipo se las apañaran con sus asignaturas.

Por lo general, la gente tiende a pensar que los deportistas tienen privilegios con las notas, pero eso no ocurría.

Teníamos que estudiar como cualquier otro alumno, entregar los trabajos, hacer los exámenes y sacar notas por encima de C+, si no queríamos que nos echaran del equipo.

Con el agravante de las intensas horas de entrenamiento, usando el gimnasio para mantener el físico, reuniones de planificación con el capitán, con el entrenador y con el segundo entrenador, pasaba más tiempo dedicado al hockey que estudiando, y cuando me sentaba a repasar el contenido, no tenía tiempo de estudiar con calma.

Necesitaba ayuda y no era tan orgulloso como para esconderlo.

La clase siguió tranquila, con Anna callada e Inaki concentrado.

No tenía a nadie que me quitara la atención del profesor.

Cuando el hombre se despidió, dejándonos una lista de ejercicios para entregar en la próxima clase, supe lo intenso que iba a ser el último año de carrera, sobre todo el próximo semestre, cuando tuviéramos que hacer el trabajo de fin de grado [5] .

Anna salió a toda prisa, dándome una patada en las piernas al pasar. Puse los ojos en blanco ante su niñería. Inaki se inclinó y me di cuenta de que miraba a Lotte.

—¡Eh! —silbó, llamando su atención.

Lotte guardaba la carpeta en la mochila, levantó la vista, se subió las gafas por el lateral, ajustándoselas a su bonita cara, me miró a mí y luego a mi amigo.

—¿Eso era para mí? —se señaló a sí misma.

—Sí, eres la mejor alumna de la clase. ¿Cuánto quieres por ser mi profesora particular?

Lotte abrió mucho los ojos, y casi apuñala a Inaki por su sugerencia. El muy cabrón quería jugármela. Le apreté el hombro, fulminándolo con la mirada. Mi amigo no captó la indirecta, frunciendo el ceño.

—Lo siento, tío, he pedido primero —respondió.

—Mmm, no puedo, tengo trabajo a media jornada —respondió Lotte, poniéndose de pie—. Se lo pediste a Anna. ¿Por qué has cambiado de idea?

—¿Has oído lo que tu amiga ha estado diciéndole a este durante toda la clase? —señaló hacia mí con el pulgar—. Desde luego, no necesito eso mientras estudio; tengo que centrarme.

—Puede que lo haya oído —se encogió de hombros, algo tímida—, pero no puedo ayudarte, lo siento.

Sonreí, sabiendo que el motivo de la negativa era yo. Le hice un gesto de aprobación a mi nueva amiga, y Lotte sonrió levemente, poniéndose las manos en la cintura fina.

—Pídele ayuda a TJ. Se le dan bien los estudios, es hombre y no va a intentar ligar contigo —señaló a un chico bajito y regordete en la fila de delante—. Mejor date prisa, es el más solicitado de la clase para clases particulares.

Inaki recogió sus cosas y bajó corriendo las escaleras para hablar con el chico. Me levanté después de guardar mi material, miré a Lotte, sin saber muy bien qué decir. Ella parecía tener la misma duda, mordisqueándose los labios, mirándome ansiosa.

—Bueno, no me voy a disculpar por cómo le hablé a tu amiga —le avisé.

—No hace falta, Anna estaba siendo muy pesada —suspiró con fuerza.

—Cree que le gusto —confesé—. Por eso actúa así: cuanto más la alejo, más se convence de que estoy enamorado de ella.

—¿Por qué piensas eso?

—Así son las cosas —me encogí de hombros, empecé a caminar, y ella vino a mi lado—.

Las mujeres solo ven mi título de estrella del hockey y quieren acercarse, pensando que serán populares, que las van a notar, que conseguirán la fama de ser mi novia, la única que consiguió el título, la más especial.

—Eso es ridículo, pero hasta lo entiendo.

—Para muchos, esto de aquí —señalé alrededor del aula— va a ser el punto álgido de su vida; quieren vivirlo de la mejor manera, ser recordados o incluso convertirse en leyendas.

—Por eso te dije que lo entendía —se paró en el último escalón, girándose de frente hacia mí—. Crecí rodeada de mis hermanos populares. Nada de lo que hagas tú o cualquier otra persona me va a sorprender.

Me reí por su forma desenfadada. Era algo que llamaba la atención en Lotte, cómo siempre parecía tan ligera, en paz con la vida, alguien a quien no le afectaban las tonterías.

—Eres muy relajada —comenté, bajando el último escalón, dirigiéndome a la salida con ella.

—Otra vez, cuando creces rodeada de hombres, o te conviertes en un pozo de estrés, o en alguien muy tranquilo. Ya sabes, estoy acostumbrada a tener a tres machos alfa haciendo todo lo que quiero. Es difícil que un tío me impresione.

Solté una carcajada, sabiendo que había fundamento en su lógica. Yo era un completo bobo con mi hermana pequeña, y no me daba ni pizca de vergüenza admitirlo; era mi princesa y hacía cualquier cosa por ella. Pensar en ella, sin embargo, me traía tristeza, al recordar que ya no podíamos vernos.

—Por suerte, todo lo que necesito es tu cerebro inteligente —guiñé un ojo.

Lotte se rio, y seguimos caminando por el pasillo. Surgió un silencio cómodo entre nosotros y no tuve ganas de romperlo. Al llegar al patio abierto, me di cuenta de que buscaba algo, mirando el aparcamiento y escribiendo en el móvil.

—¿Algún problema?

—Anna se ha ido —puso los ojos en blanco, irritada—. Sabía que tenía que llevarme a la residencia; ahora voy a tener que caminar todo eso.

—¿No has venido en tu coche? ¿Por qué?

—Estaba ocupada tomándome el café, preferí aceptar que me trajera ella, pero ahora que sé que es ese tipo de amiga, que abandona a la otra por una rabieta tonta, no vuelvo a pedirle que me lleve.

—Tengo que ir a entrenar, pero, si quieres, te dejo un momento en la residencia —señalé mi moto aparcada cerca de nosotros.

—No quiero molestarte, y si Anna se entera de que he ido contigo en moto, me va a hacer la vida imposible el resto del año —puso los ojos en blanco—. Voy a la biblioteca a hacer la lista de ejercicios y nos vemos por la noche para las clases. Por cierto, mi pago va a ser semanal, ¿verdad?

Sonreí, encantado de cómo nada parecía afectar a Lotte; me gustaría tener esa habilidad. Si un amigo me abandonara como hizo con ella, estaría cabreadísimo. Levanté la mano en un saludo; ella chocó la palma con la mía, animada.

—Trato hecho, hasta luego, profesora.

—Prefiero ese apodo a «ratita» —me señaló con el dedo—. Buen chico, ya has aprendido algo.

Solté una carcajada. Tuve ganas de llamarla «ratita», pero me contuve. Lotte parecía resplandecer, contenta con el nuevo apodo decente. Nos despedimos con un gesto; ella caminó tranquila por la acera, en dirección a la biblioteca.

Cogí la llave del bolsillo, fui hasta la moto, desbloqueé la cadena y sujeté el casco al asiento.

Mi Kawasaki modelo Ninja H2 SX, con 210 caballos, me hacía volar sobre dos ruedas.

El chasis moderno, revestido de verde y negro, faro de led, ruedas nuevecitas.

Mi moto era una auténtica obra de arte; tardé tres años ahorrando para conseguirla, pero no me arrepentía.

Me puse el casco al montar, arranqué y vi a Lotte caminando tranquila. Rara vez dejaba que otras personas subieran a mi grupa, pero, en ese momento, tuve ganas de agarrarla por la cintura y llevármela de paseo.

Fui directo al gimnasio, donde encontré a buena parte del equipo entrenando, además de otros compañeros deportistas.

Me cambié de ropa en el vestuario y guardé la mochila en la taquilla.

Caminé hasta encontrar a Mackenyu, nuestro ala derecha.

Lo saludé con un silbido; el tío se lucía en la elevación lateral con 15 kg.

Empecé a estirar, observando cómo se distribuían los chicos por el gimnasio.

Se oyeron silbidos cuando entraron Lera y Destiny, acompañadas de Caio y Márcio.

Ya llevaban tres semestres como entrenadores personales de los deportistas. Lera era la que más triunfaba entre los hombres, sobre todo por ser declaradamente lesbiana. Los tíos tenían una obsesión infernal con ella, queriendo convertirla en heterosexual.

—Callum, ¿tan pronto por aquí? —preguntó Lera, de buen humor, sujetándome el hombro y ayudándome con el estiramiento.

—Voy a cambiar el horario de pesas, necesito una rutina nueva, ya me he acostumbrado a la actual.

—Para tu suerte, gatito, he preparado una que te va a hacer vomitar todos los días —sonrió como una psicópata.

—Eres terrible.

—¿Por eso me han hecho una oferta para entrenar a un equipo de la NHL [6] ?

—Joder, ¿en serio?

Me soltó, y la miré sin creérmelo.

—¿Preparadora física de qué equipo?

—Secreto, gatito —lanzó un beso al aire—. Vamos a trabajar ese culo, que lo veo un poco flojo —me dio una palmada en el trasero.

Me reí. Lera era extremadamente divertida y una auténtica verduga con los deportistas. Caminamos hasta la primera máquina de elevación lateral, donde Bear, un jugador de fútbol americano, entrenaba con Márcio, que lo corregía.

—¿Qué pasa, Bear? —o saludé. —¿Podemos turnarnos?

—Claro, así por lo menos este tirano me deja descansar —soltó el aparato, agotado.

Escuché las instrucciones de Lera y empecé el ejercicio, comenzando una larga jornada de entrenamiento como calentamiento antes de salir al hielo dentro de dos horas.

Lera no se andaba con chiquitas, y a mí me encantaba la sensación de los músculos ardiendo, como si fueran a partirse, quedando exhaustos por la carga elevada y las repeticiones.

—¡Dios mío, Lotte ha tenido suerte! —Lera celebró sola, mirando el móvil, mientras caminábamos hacia la cinta.

Me interesé al oír el nombre de Lotte. ¿Eran amigas?

—¿Lotte? —pregunté, como si no supiera de quién hablaba.

—Mi amiga, compartimos piso —se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón de entrenar.

—¿Ha pasado algo bueno? —me subí a la cinta.

—¡Genial! Por fin puede dejar el trabajo en la tienda de mascotas; ese sitio era un infierno de verdad. Siempre llegaba arañada y mordida por los perros, ¡y cuando tenía que bañar gatos? Dios mío, era un festival de arañazos.

—Eso tiene que ser horrible.

Lera encendió la cinta, ajustando la velocidad. Empecé con una caminata acelerada, sabiendo que pronto estaría corriendo.

—Sí, un infierno. Por suerte, conseguí trabajo aquí —señaló alrededor.

—¿Y en qué va a trabajar tu amiga?

—Ni idea, no me lo ha dicho.

—¿Y no le has preguntado?

—En casa me lo cuenta —apoyó la mano en la cinta—. Estás bastante interesado. ¿Por qué?

—Pensé que era tu novia, por lo contenta que estás —comenté, intentando no sonar demasiado curioso.

Lera se rio, negando con la cabeza.

Hasta el momento, conocía a dos amigas de Lotte: una buena gente y la otra una pesada. Sentí ganas de profundizar en el tema y saber más de mi profesora, pero Lera se alejó cuando llegó Inaki para pasarle su nueva rutina, y me quedé solo con el sufrimiento de la carrera.

Pasé una hora en la cinta y, cuando terminé, fui directo al vestuario a ducharme. En la entrada, me encontré a Mackenyu mirando el móvil, con la toalla alrededor de la cintura.

—Fiesta el sábado, ¿vas? —preguntó, sin mirarme.

—¿La primera de la temporada?

—Sí.

—Si me demostráis que no habéis pasado el verano tocándoos los huevos y estáis en forma, me lo pienso y os dejo ir a la fiesta o no —le avisé.

Mackenyu abrió mucho los ojos, mirándome asustado.

—¿Te has vuelto loco? ¡Boris nunca hacía eso!

—Y por eso llevamos tres años consecutivos en segundo lugar en la temporada de hockey. Este año va a ser distinto, y quien no esté dispuesto a colaborar con el equipo, se va fuera.

—Joder, tío, eres el capitán, pero no eres el dueño de los Tigers.

—Exacto. Soy el capitán, y las cosas van a ser distintas esta temporada. Vamos a ganar.

Mackenyu se quedó callado, observando la determinación en mi cara. No importaba lo que hiciera falta: la victoria sería mía. Mi futuro estaba en juego esta temporada, mi hermana dependía de mí y nadie se iba a interponer en mi camino.

Voy a destruir a los trillizos demoníacos cueste lo que cueste; solo necesitaba encontrar su punto débil, aquello que rompiera su conexión y los hiciera perder.