Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Charlotte Lins

Yo venía de una familia grande; mi padre era un cirujano de renombre, pero gastaba ríos de dinero pagando el maldito préstamo que casi destruyó a nuestra familia.

Mantener a cuatro hijos en la universidad —siendo tres jugadores de hockey con futuros prometedores que eran nuestra esperanza para pagar las deudas— requería una inversión diaria mayor. Con eso, a mí me tocaba lo mínimo.

Callum me consideraba muy inteligente, pero no siempre había sido así.

Los chicos habían sido listos: alquilaron un piso frente al campus y lo compartían con otros dos compañeros, ahorrando en la vivienda.

Sospechaba que mi padre estaba loco por dejar embarazada a mi madre cinco meses después de que nacieran los trillizos.

Eran exuberantes, ruidosos y peleones. El hockey fue la vía de escape para calmar tanta testosterona.

Yo necesitaba trabajar y mantener las buenas notas o me arriesgaba a perder la beca, y bajo ningún concepto podría pagarme la carrera entera.

El trabajo en la tienda de mascotas era agotador; los perros me mordían y me arañaban casi todos los días.

Dejarlo y dar clases a Callum me permitiría descansar mejor y trabajar menos, centrándome en mis estudios para el último año.

Tenía un plan de carrera y haría lo que fuera por seguirlo.

Aunque eso significara ayudar al mayor rival de mis hermanos.

Había sido una gran idea rechazar la propuesta de Callum hasta que se volvió imposible de rechazar.

Tendría que esforzarme para mantener las clases particulares en secreto.

Por ahora, no le diría a nadie que había dejado la tienda de mascotas, y el dinero ganado se usaría muy bien para pagar el alojamiento del próximo semestre.

Callum no necesitaba saber que era hermana de los demonios del hielo, y ellos no debían enterarse de lo de O’Brien.

Podía hacerlo, ganar un dinero extra y ayudar a un alumno necesitado.

Conduje de vuelta a la residencia, aparqué y caminé casi cinco metros hasta llegar a la puerta de Harrington House.

Ser veterana en el último año tenía sus ventajas: nos quedábamos en el mejor edificio del campus.

Metí la contraseña en la puerta, entré caminando por el vestíbulo y el vigilante me saludó con un gesto de cabeza.

Llamé al ascensor, entré y subí hasta el cuarto piso.

Al salir, vi a algunas chicas saliendo del baño.

Fui a mi habitación, la 235, abrí la puerta despacio y, por suerte, Lera, la amiga con la que compartía piso, no estaba en el salón.

El espacio de 40 metros cuadrados tenía dos habitaciones, un salón y una minicocina.

La puerta de entrada daba al salón, donde había un sofá de dos plazas rojo con cojines blancos, una televisión con una estantería llena de libros y una encimera de mármol que servía de mesa, separando el salón de la cocina.

Teníamos una placa de inducción, nevera, un fregadero pequeño y un armario donde guardar la compra de la semana.

Las habitaciones quedaban en lados opuestos.

La mía estaba a la derecha, la de Lera, a la izquierda.

Las puertas quedaban una frente a la otra: la mía al lado del sofá y la de Lera, al lado de la televisión.

Era un espacio pequeño, pero muy acogedor y siempre ordenado.

Mi amiga y yo apreciábamos el bienestar del piso.

Me quité los zapatos, dejándolos en la puerta junto a los patines.

El hombro me seguía palpitando, y me pregunté si sería mejor ir al hospital.

Vi la hora en el reloj de la pared: casi las dos de la madrugada.

Descarté la idea del hospital. Bostezando, fui a la nevera y saqué una bolsa térmica del congelador.

Me la puse en el hombro y caminé en silencio hasta mi cuarto.

Abrí la puerta, viendo mi espacio acogedor.

La luz azul de la lámpara iluminaba el ambiente con dulzura.

Tiré de la colcha blanca, me tumbé en la cama, me tapé del frío del ambiente y me coloqué la bolsa en el hombro. Me quedé dormida poco después.

Me desperté con el despertador, estiré el cuerpo y gemí por el hombro dolorido, la bolsa térmica perdida entre las sábanas.

Bostecé y me senté, notando el pelo despeinado dentro del moño.

Me rasqué la barriga al oír el despertador, busqué por la habitación dónde estaba el móvil hasta encontrarlo vibrando debajo de mi trasero.

Cogí el aparato y apagué la alarma incesante.

Revisé las notificaciones y mensajes, sin responder a nadie.

Me levanté, pisando el suelo con la punta del leotardo. Estiré la columna e hice movimientos suaves con el hombro, soltando la musculatura agarrotada. Me rasqué la cabeza, ubicándome en el ambiente, bostecé de nuevo y di mis primeros pasos para empezar el día. Cogí mi neceser y un albornoz grande.

En Harrington House había reglas claras sobre las visitas: no se permitían hombres en las zonas comunes ni cerca del baño de 7 h a 13 h, y de 17 h a 21 h. Las chicas cumplían las normas a rajatabla, sabiendo el riesgo de expulsión. Nuestra supervisora era estricta, y a mí eso me encantaba.

Abrí la puerta, oliendo el delicioso aroma a café y bacon. Lera cantaba bajito mientras preparaba nuestro café.

—Buenos días, forastera —la saludé.

—Buenos días, hada del hielo —me devolvió.

Me llamaba así desde que descubrió lo mucho que me gustaba patinar.

—No te vi llegar anoche.

—Volví a las dos, intenté no hacer ruido para no despertarte.

—Me encanta compartir piso contigo —le lancé un beso al hombro.

Lera tenía rasgos indios: la piel morena, la cara cuadrada con la mandíbula marcada, los pómulos secos, los ojos negros intensos, el pelo oscuro y liso, un cuerpo escultural.

Estudiaba Educación Física, y yo veía un gran potencial en su carrera como entrenadora; me ayudaba con los ejercicios en el gimnasio.

Le lancé un beso, me puse las chanclas y salí al pasillo, donde varias mujeres andaban en toalla, saliendo de la ducha.

Por suerte, escapé de la hora punta. Puse el neceser encima de la pila y empecé mi rutina diaria.

Después de tres años compartiendo baño con otras mujeres, las cosas se acomodaban con naturalidad.

Antes me daba vergüenza; ahora ya no me incomodaba oírlas charlando, duchándose y a alguna usando el váter.

Me lavé el pelo, me dejé el cuerpo limpio y salí envuelta en el albornoz. Camino de mi cuarto, me encontré con Anna, mi amiga de clase, que ya estaba lista para ir a clase.

—Vamos juntas —avisó, parándose en mi puerta.

—Sí, señora —sonreí, animada—. Puedes entrar.

Marcando la contraseña, desbloqueé la puerta.

Anna saludó a Lera mientras se sentaba en el sofá, trasteando con el móvil.

Fui a la habitación a arreglarme. Elegí un leotardo negro, una falda de tablas gris y una blusa blanca cómoda de manga larga, y lo dejé todo encima de la cama.

Me puse un parche para el dolor en el hombro y me senté delante del tocador para secarme el pelo y maquillarme.

Tardé cuarenta minutos en arreglarme.

Salí de la habitación sabiendo que iba tarde. Lera ya se había ido, y Anna me esperaba con un vaso térmico en una mano y un sándwich en la otra.

—Tu amiga se ha ido ya. Cómete esto por el camino mientras conduzco.

Asentí, cogí mis libros, los metí en la mochila y salimos, yo comiendo mientras caminaba.

Nos metimos en el coche de Anna, aparcado cerca de la residencia.

Ella conducía con cuidado, mientras yo me tragaba el sándwich sin correrme el pintalabios.

Nuestro edificio de aulas quedaba a cuatro kilómetros de distancia; en coche, llegamos enseguida.

Terminé el café, dejé el vaso vacío en el coche, me limpié la boca con un pañuelo y bajé.

Caminamos unos metros hasta entrar en el edificio.

Vi a los alumnos acumulados en las puertas de las aulas, hablando alto, saludándose después de las vacaciones de verano.

Entré con Anna y nos sentamos en la quinta fila.

Casi todos los asientos estaban ocupados.

A mi lado había dos libres. Anna empezó a hablarme de sus vacaciones y de lo aburrido que había sido trabajar en la empresa de su madre.

—¿Ya le has contado que quieres montar tu propia agencia?

—Todavía no —se hundió en la silla, agobiada—. Se va a poner como loca; como mínimo me echa de casa diciéndome lo desagradecida que soy.

—Tienes que conseguir una modelo destacada, demostrarle tu potencial. A lo mejor te apoya.

Anna me miró con una expresión de puro descontento, como si hubiera dicho la mayor tontería del siglo.

Me encogí de hombros, sin saber cómo ayudarla.

Su madre era controladora y narcisista, y Anna tenía miedo de llevarle la contraria y acabar en la calle.

Anna quería dirigir una agencia de modelos; su madre prefería que ella fuera modelo en su propia agencia.

Mi amiga era guapísima, con el pelo pelirrojo natural, pecas en las mejillas delgadas, una cara rectangular acompañada de una barbilla y una nariz finas. Estaba extremadamente delgada y le quedaba perfecta cualquier ropa. Con 1,80 de altura, destacaba en cualquier sitio.

Se armó un revuelo en la entrada. Desvié la atención y vi a Callum entrar junto a Inaki, su compañero de equipo.

Los chicos se pararon, charlando con varias personas.

Por algún motivo extraño, me sentí en tensión, sin saber si vendría a hablar conmigo después de nuestra noche en la pista.

No es que hubiera pasado nada especial, pero la cabeza no dejaba de darle vueltas a cómo sería si se sentaba a mi lado y me daba conversación.

—Cámbiame el sitio —pidió Anna, tirándome del brazo.

—¿Por qué?

—Voy a llamar a Callum para que se siente ahí —señaló los asientos vacíos.