CAPÍTULO 1
Callum O’Brien
Lotte era interesante. A diferencia de otras chicas, que se ponían nerviosas, provocativas o directamente unas cualquieras en mi presencia, ella seguía siendo normal. Incluso cuando me pasé de la raya tocándole el muslo, supo poner distancia sin montar una escena.
Observé su belleza delicada. La cara ovalada combinaba con la barbilla fina.
Los ojos verdes como esmeraldas detrás de las lentes transparentes, la nariz pequeña con la punta redondita, los pómulos ligeramente redondeados y rojos por el frío de la pista, el pelo rubio recogido en un moño alto.
Dejando a la vista el cuello largo, la clavícula, cubierta por la blusa de mangas beis, que combinaba con la falda verde musgo y el leotardo negro.
Lotte me recordaba a alguien, pero no supe identificar exactamente a quién se parecía. Aquel tono de verde tan sólido en los ojos… Tuve una sensación extraña y preferí olvidarla antes de pensar tonterías respecto a la chica sentada frente a mí, que no había respondido a mi petición.
Analicé su cuerpo mientras se calzaba los zapatos.
Piernas torneadas, parecía hacer deporte o algún ejercicio físico intenso.
Por cómo patinaba, no era profesional; debía de hacerlo solo como hobby.
Su cintura fina hacía que la ropa pareciera hecha a medida, los pechos medianos, cubiertos por la tela, mostrando la forma dura de ambos, dándome ganas de metérmelos en la boca.
Lotte tenía brazos finos y hombros delicados.
Seguro que mañana le dolería todo, pero al menos no tendría que ir a urgencias.
El año pasado me costó mantener las notas por encima de la media. Pasaba muchas horas en la pista entrenando, estudiando técnicas de ataque, planificando junto al capitán cómo serían los partidos. Le di al hockey sangre y alma, y aun así no fue suficiente.
La rabia burbujeó como lava en mi estómago al recordar nuestra derrota contra los cabrones de la Universidad Dnort, de Dakota del Norte. La sonrisa de victoria en la cara del maldito Lins… quería reventarle la cara con mi stick.
Boris, el antiguo capitán, se había graduado, dejándome el equipo, confiando en que yo cumpliría su sueño de ganar el Frozen Four, después de tres malditos años perdiendo la final contra los cabrones de la Dnort.
Aquellos trillizos malditos eran prácticamente invencibles.
Parecían tener un superpoder: comunicarse por telepatía.
Individualmente, Jensen era el mejor, pero, cuando se unía a sus hermanos, nadie conseguía pasar su defensa; en ataque, el muy cabrón volaba como un cohete sobre el hielo.
—Este año necesito dedicarme únicamente al hockey, pero si me va mal en los exámenes, no podré jugar —me giré hacia Lotte, mirando su boquita fina y sonrosada—.
Si tengo ayuda de la mejor alumna de la clase, puedo mantenerme por encima de la media mientras persigo mi sueño —insistí, al ver que su respuesta sobre ayudarme no llegaba.
—¿Cuál es tu sueño, Callum? —la pregunta genuina me pilló desprevenido. Fue la forma en que me miró, los ojos brillando de curiosidad, mientras se guardaba sus propios secretos para ella.
—Jugar al hockey profesionalmente.
—Prácticamente ya lo has conseguido —se acomodó, retirando las piernas de mi regazo—. Seguro que fuiste uno de los más codiciados del draft [2] , o que varios equipos están intentando ficharte.
—No me draftearon.
Lotte abrió mucho los ojos, mostrando el verde intenso de sus preciosas iris, y entreabrió la boca, levemente sorprendida.
Nadie se lo creía: que el gran jugador de la Universidad Cast, Callum O’Brien, no hubiera conseguido que lo draftearan.
Podría culpar a los malditos trillizos por acaparar la atención de los ojeadores cuando me inscribí, pero estaría mintiendo; sabía el motivo por el que me habían descartado y el ultimátum que había recibido.
Ni siquiera llegué a hacer la prueba de selección ni a enviar mi inscripción de verdad.
—¿Cómo es posible?
—A veces pasa, algún jugador llama más la atención y hace que los demás pierdan protagonismo —me encogí de hombros, apoyé los antebrazos en la grada, echando el cuerpo hacia atrás.
—¡Pero tú eres O’Brien, el rayo del hielo! ¿Cómo es posible? ¡No tiene sentido!
—Mi año de inscripción coincidió con el de los demonios del hielo; se llevaron todo el protagonismo.
—Sé que son buenos, pero eso no justifica que te descartaran —sus dedos finos apretaron la tela de la falda casi con rabia—. ¡No fue por culpa de ellos!
Arqueé una ceja, sin saber si su tono indignado era por los demonios del hielo o por el hecho de que no me hubieran draftado. Pensé si valía la pena contarle a Lotte la verdad, pero desistí; no la conocía lo suficiente para eso. Era un secreto solo mío.
—¿No puedes conseguir un agente libre? [3] ¿O entrar como entry-level contract? [4]
—No puedo firmar con un agente libre. Por ahora, mi esperanza es el ELC. Los ojeadores estarán a tope esta temporada; por eso necesito concentrarme en el hockey, que me descubra un ojeador y conseguir un contrato sin pasar por el draft.
—¿Es muy difícil conseguir un ELC?
—Sí. Nunca sabes qué partido tendrá un ojeador, a quién va a analizar y, sobre todo, si le vas a gustar o no. Es un asco, pero es lo único que me queda.
Enderecé la columna, sujetándole los dedos helados.
—El año pasado saqué C+ en casi todas las asignaturas, después de suspender dos y tener que hacer el cuarto examen de recuperación.
Solo no me expulsaron porque el entrenador se dejó convencer por Boris.
Créeme, no tendré otra oportunidad como esa; necesito aprobar todo con B+ si quiero jugar hasta la final del Frozen Four.
—¿De verdad quieres mi ayuda? —pareció darse cuenta en ese momento de que hablaba en serio—.
Se me ocurren varias personas que estarían encantadas de ayudarte gratis, felices de pasar tiempo a tu lado.
Eres el capitán de los Tigers Cast, uno de los principales equipos universitarios de la costa este.
Con solo chasquear los dedos conseguirías a alguien más capacitado.
—¿Crees que no lo he intentado? —me pasé la mano por el pelo, irritado—. El año pasado le pedí ayuda a tres alumnos distintos de la carrera, pero eran pésimos enseñando.
—Pedirle ayuda a Anna fue una tontería; ella prefería que te la follaras a que estudiarais.
—¡EXACTAMENTE! —levanté la voz, recordando la rabia que me dio con esa chica—. Espera, ¿tú cómo sabes eso?
Lotte se metió los labios hacia dentro de la boca, me reí por su cara de culpable.
—Ya que has empezado, termina.
—Somos amigas. En realidad, era yo quien le pasaba el contenido para que te lo enseñara a ti, pero lo hacía pensando que era para ella —levantó las manos, rendida—. Solo descubrí la verdad a final de año, cuando ella me lo agradeció y confesó que te estaba ayudando con las notas.
—Solo aguanté estudiar con Anna porque fue la primera con la que tuve resultados. Ese es otro motivo más para que me ayudes, por favor.
—Yo… no sé si puedo hacer eso —suspiró—. Estudio 12 horas al día, trabajo media jornada, me acuesto a las 23:00 con tanto sueño que parezco un zombi. No sé cómo podría ayudarte.
—Estamos en la misma clase. Eso ya es el 90% de lo que necesito. Tú me das tus apuntes y yo me apaño; si tengo dudas, te pregunto.
Se quedó callada, pensativa, mordiéndose los labios, sopesando la opción.
Sabía que le estaba pidiendo mucho a Lotte: una jornada de estudio y trabajo, siendo la mejor de la clase, demostraba lo mucho que se dedicaba a los estudios y lo enfocada que estaba en conseguir lo que quería.
Yo no necesitaba trabajar gracias a mi beca y a la ayuda que recibía de mi madre y mis abuelos maternos, por eso valoraba tanto el esfuerzo de la gente.
Si no fuera por aquel desgraciado jodiéndome la vida, estaba seguro de que me habrían drafteado y hasta podría haber competido en las Olimpiadas, como consiguió Jensen el año pasado. Yo sería enorme si no fuera por el maldito de mi padre.
—No puedo abandonar el hockey ni relajarme esta temporada por culpa de los estudios, lo necesito, Lotte.
El hockey es mi vida, es lo que me va a liberar.
Pero necesito ayuda. Y si se lo pido a otro chico de la clase, me voy a cabrear otra vez.
Solo quieren ser mis amigos para follarse a tías, y cuando les pido ayuda a ellas, pasa lo mismo que con Anna.
Necesito pasar el tiempo estudiando y jugando en vez de follando.
—¿Por qué yo?
—Fuiste la primera chica con la que conseguí hablar decentemente. Estoy seguro de que no vamos a follar.
—No sé si sentirme ofendida o halagada por eso —arrugó la nariz y se rio.
—¿Por qué? ¿Quieres follar conmigo?
Se le puso cara de limón agrio. Solté una carcajada. Podría haberme sentido ofendido, pero, por algún motivo extraño, me gustaba hablar con esa chica de expresión tan fácil de leer.
—No vas a ser mi primero, de eso estoy segura —levantó la mano a la defensiva.
Se me erizó el vello de la nuca al oír su frase.
¿Cómo que primero? ¿Lotte era virgen? ¡Joder!
La polla me dio un tirón en el pantalón pensando en el coñito intacto a mi lado, en cómo olería, cómo sería…
¿Rosado como su boca? ¿Depilado o con vello rubio, como su pelo y sus cejas?
Las imágenes de Lotte gimiendo bajito mientras me entregaba su virginidad casi me hicieron gemir de las ganas.
Sacudí la cabeza, castigándome por esos pensamientos.
Necesitaba notas de B+ mientras me centraba en el hockey, y esa chica me iba a ayudar. No importaba que fuera virgen ni que yo sintiera curiosidad por el color del vello de su coño.
—¿Dónde trabajas? —cambié de tema, con una idea formándose en mi cabeza.
—En la tienda de mascotas, la que está tres manzanas después del campus. ¿Por qué?
—¿Cuánto te pagan la hora?
—15 dólares.
—Y trabajas media jornada —constaté, haciendo cuentas mentalmente—. Tengo una propuesta.
—Ya me estoy asustando de lo que voy a oír.
—Si aceptas estudiar conmigo, te pago 30 dólares la hora.
No voy a poder pasar media jornada estudiando contigo, pero tú haces los apuntes de forma que yo pueda entenderlos rápido y repasar antes de las clases y después de los entrenamientos.
Si consigo B+ en todas las asignaturas, te doy un bonus equivalente a 10 dólares por cada hora que hayamos pasado estudiando.
Lotte tardó un rato en procesar la información, intentando calcular cuánto ganaría con el cambio de trabajo.
¿Merecería la pena dejar de bañar perros para enseñarme la disciplina de la carrera y ayudarme a aprobar los exámenes?
Yo solía dar clases de hockey a niños durante las vacaciones de verano.
Si usaba mis ahorros, no tendría que tocar el dinero que me mandaba mi madre ni apelar al cariño de mi abuelo.
Podía hacerlo. Con la ayuda de Lotte, cumpliría la condición de mi padre y me dedicaría únicamente al hockey.
Sin tíos pesados interrumpiendo los estudios para pedirme ayuda para ligar con chicas, sin niñas fáciles queriendo chupármela en vez de resolverme las dudas.
A veces pasaba la semana de viaje por un partido y me perdía contenido de las clases; ya me había ido mal por no saber cosas importantes.
No podía dejar que eso pasara en mi último año, y si la solución a mis problemas era esa chica ayudándome, ¡pagaría hasta 50 dólares la hora!
—¿Va en serio? ¿Tú qué eres, superrico? —frunció el ceño.
—He ahorrado con mi trabajo de verano. Lotte, necesito ayuda. No soy tonto, ni de lejos, pero dedicarme al hockey no me deja estudiar lo necesario, y acabo atrasándome. Necesito una profesora competente, y creo que tú eres la persona adecuada. Te estoy ofreciendo oficialmente un trabajo.
—Si hubiera sabido que todo esto iba a pasar solo por venir a patinar, me habría quedado en casa.
La chica era difícil de convencer, eso tuve que admitirlo.
—¿Podemos hacer una prueba? Las clases empiezan mañana. Sacamos un día a la semana para estudiar y tú me dices si soy buen alumno o no.
Frunció los labios, considerando las opciones. Me quedé callado, dejándola pensar con calma.
—Necesito ver si de verdad me compensa económicamente.
—50 dólares la hora —ofrecí, interrumpiéndola—. Dos horas de estudio ya son 100 dólares; tú ganas 90 en un día de trabajo, cero pérdidas.
—¿Vamos a estudiar solo dos horas al día?
—Lo ideal sería menos, dos horas ya es mucho encajarlo en mi agenda —pensé en el calendario de entrenamientos—. Todos los días, después de las 22h.
—En la biblioteca, a partir de las 20h.
—¿Eso significa que aceptas?
—Quizá, todavía lo estoy pensando, pero lo de las 22h es pedir demasiado.
—Son casi la una de la madrugada, no pensé que las 22h fuera una molestia.
—Hoy ha sido una excepción, no suelo hacer esto todos los días. Preferiría que estudiáramos por la tarde, pero si no puedes, no pasa nada.
—Ahora ya has dicho que sí, no hay marcha atrás —sonreí, animado.
Lotte puso los ojos en blanco, pero asintió con la cabeza.
—Pásame tu número —pedí, sacando el móvil.
—Anótalo. —Intercambiamos contactos.
—¿Y ahora voy a descubrir cómo has entrado aquí? —pregunté, levantándome para irnos.
—No, pero buen intento. Conténtate con las clases particulares.
Chasqueé los dedos, decepcionado. Lotte se rio de mi expresión.
Fui a por mis zapatillas, me cambié de calzado y la acompañé hasta la salida del pabellón.
Solo había un coche aparcado y mi moto. Lotte se despidió con la mano, dirigiéndose al vehículo, y la vi marcharse, un poco menos preocupado.
Con la ayuda de la mejor alumna de la clase, la carrera iba a ser pan comido.
Yo me centraría en destruir a los demonios del hielo y ganar esta temporada.