PRÓLOGO #2
—Claro —cerré los ojos, sintiendo el dolor irradiar por el hombro—. La verdad es que no… creo que me he dislocado el hombro —gemí, casi llorando.
—Ha sido un buen porrazo, intenté sujetarte, pero no me dio tiempo —me tocó la cintura con delicadeza, ayudándome a sentarme—. ¿Puedo ver?
—Necesito ir a urgencias, seguro que me lo he dislocado —me mordí el labio, conteniendo las ganas de llorar.
Quería tener a Grant a mi lado en ese momento.
Mi hermano siempre me hacía cariños cuando me hacía daño sobre el hielo, mientras Jensen usaba sus falsas habilidades de médico para colocarme los huesos.
A nuestro padre le horrorizaba eso; como cirujano de renombre, ver a su hijo actuando como un aficionado lo sacaba de quicio.
—Puedo intentar colocarlo en su sitio. —Me agarró el hombro y grité.
—Mejor n…
La frase murió cuando un dolor punzante me cortó el brazo.
Grité. El hueso crujió con un movimiento; Callum me sujetó el brazo y con la otra mano me envolvió el hombro, forzando el hueso de vuelta a su lugar.
Las lágrimas me resbalaron a raudales mientras mi mente procesaba lo ocurrido.
Gemí de dolor, levanté la mano buena y le solté un manotazo en el hombro, queriendo librarme del maldito.
—¡Desgraciado!
—Esperaba un agradecimiento —sonrió, orgulloso—. Todo en su sitio. Ponte hielo en cuanto llegues a la residencia y mañana estarás como nueva.
—Te. Odio. —Gruñí las palabras cargadas de rabia.
—Y yo me he quedado fascinado contigo —me tocó la barbilla—. Ratita del hielo.
—No soy una rata, idiota —le aparté la mano de un manotazo.
El hombro me palpitaba, dolorido; la cadera y la cabeza todavía notaban el impacto de la caída. Y Callum, con su sonrisa arrogante, me tenía al borde del ataque de nervios.
—Vamos, levanta.
—Todavía no, primero necesito…
Mi frase murió cuando sus manazas me rodearon la cintura, tirando de mí hacia arriba con facilidad.
Grité, enderezando las piernas antes de caerme al verme obligada a ponerme de pie.
Gruñí, irritada; Callum parecía no oír una sola palabra de lo que decía, o elegía ignorar mi voluntad.
La sonrisa arrogante no se le borraba de los labios, y sus ojos estaban pendientes de cada una de mis reacciones.
—¡Eres increíble! —lo acusé.
Seguía sujetándome por la cintura, a pocos centímetros de distancia, con esa mirada poderosa fija en la mía, como si intentara descifrar todos mis secretos. Enderecé la columna, quedándome de pie con dignidad. Me sujeté el hombro dolorido, dando un paso atrás.
—Después de tantas caídas, me voy —avisé.
—Tengo curiosidad por verte salir. ¿Escondida por una tubería? ¿Saltando por la ventana del baño? ¿Cómo ha entrado aquí mi ratita?
—¡Deja de llamarme rata! Es asqueroso y muy pesado, idiota.
—Te pega el mar de bien.
Me hirvió la sangre de rabia, recordando a los chicos que se metían conmigo en el instituto. Callum no era diferente de aquellos matones que atormentaban a los más listos de la clase para conseguir buenas notas. Si no fuera por mis hermanos, mi vida escolar habría sido un auténtico infierno.
—¡Bosta de hormiga!
Abrió mucho los ojos, procesando el apodo, incrédulo por lo que acababa de decir.
—¿Cómo me has llamado? —se puso rojo de rabia, mostrando su temperamento explosivo. No me eché atrás, levantando la barbilla.
—¡He dicho que eres una bosta de hormiga!
Conseguí que Callum O’Brien se quedara sin palabras por el insulto tan improbable.
Aproveché su desconcierto para alejarme patinando.
Ya había sido humillada suficiente por un solo día.
Volví a la entrada, donde había dejado las protecciones de las cuchillas, me las puse y salí de la pista.
En menos de tres pasos, Callum se plantó delante de mí.
—Reconozco que nunca me habían llamado bosta de hormiga, esa es nueva. ¿Cómo se te ha ocurrido, ratita?
—¡Te voy a matar como me vuelvas a llamar ratita! —le apunté con el dedo—. Bosta de hormiga, estiércol de elefante, vómito de ballena, hechizo mal echado…
—¡VALE! —levantó la voz—. Ya me he dado cuenta de que tu vocabulario de insultos es extremadamente amplio.
—Tengo tres hermanos mayores. Tú eres pan comido comparado con ellos. Ahora, ¡quítate de mi camino! —intenté empujarle la cintura, pero no se movió del sitio.
—¿No me vas a amenazar diciendo que tus hermanos me van a dar una paliza?
Ya te han dado una paliza en la pista, aunque, joder, tú tampoco te quedas atrás con ellos.
Me tragué el pensamiento por el bien de mi integridad física y mental.
—¡Por supuesto que te van a hacer trizas! ¡Me has roto el hombro!
—Ha sido solo una torcedura, deja de hacer teatro, rato… —Abrí mucho los ojos, levanté el dedo; él carraspeó—. No sé tu nombre. ¿Cómo debo llamarte?
Lo pensé unos segundos. Entre decirle mi nombre y que me llamara «ratita» cuando nos encontráramos en clase al día siguiente, la primera opción parecía mucho más razonable. No me apetecía sufrir bullying por culpa de Callum.
—Puedes llamarme Lotte.
—¿Diminutivo de Charlotte?
—No lo sé, tendrás que esforzarte para merecer saberlo.
Callum se rio, una risa gustosa que le salía del fondo de la garganta. Suspiré, bajando la guardia. El hombro me seguía doliendo, pero al menos ya no como antes.
—¿Dónde has aprendido a colocar un hueso en su sitio? —caminé para sentarme en las gradas cerca de mis zapatos y mis gafas.
—Juego al hockey desde que aprendí a andar. Con el tiempo, aprendí a colocarles los huesos a mis compañeros. Según dónde me haga daño, sé arreglarlo.
Me senté y, para mi sorpresa, Callum se acomodó a mi lado.
Cogí la funda rosa con detalles dorados y empecé a quitarme los patines con una mano.
Sus dedos grandes me rodearon el tobillo y me arrastraron las piernas hasta su regazo.
Jadeé, sorprendida por su actitud. Empezó a deshacer los nudos de los cordones.
Me quedé quieta, recordando cuando Craig se arrodillaba para ajustarme los patines, a Jensen quitándomelos, y a Grant ayudándome a ponerme los zapatos.
—Gracias por la ayuda.
—¿Me he ganado tu confianza para que me cuentes cómo has entrado aquí? —me miró de reojo mientras me quitaba los patines.
—No —me reí por su insistencia.
—¡Maldición! Tendré que estar atento para pillarte la próxima vez.
—No habrá próxima vez, me ha pillado el capitán, tendré que dejar mi aventura nocturna.
—¿Y si finjo no haber visto nada? —giró la cara, mirándome, los dedos apretándome ligeramente los pies en un masaje improvisado.
—¿Y por qué harías eso?
—Puede que me haya gustado lo que he visto.
—¿Qué has visto? —entrecerré los ojos, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
—Una ratita descarada creyéndose dueña de mi pista.
Me mordí el labio, sabiendo que mentía y que no estaba dispuesto a contarme la verdad.
—Puedes volver, pero la próxima vez tienes que avisarme. Si fuera otra persona la que te pillara usando la pista sin permiso, estarías metida en un buen lío, señorita Lotte.
—Gracias —sonreí, agradecida.
—Claro que esto tendrá un precio —me apretó el tobillo.
—Mierda. —Sabía que este armario de hockey no daba nada gratis.
Apreté los dedos, fulminándolo con la mirada. Callum se rio, acercándose, los dedos rozándome el muslo por encima del leotardo. La falda de tablas empezó a parecerme una pésima elección de ropa. Le agarré la muñeca, obligándolo a alejarse; la mano retrocedió, tocándome la rodilla.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —pregunté, irritada—. Estoy a medio segundo de estamparle la mano en la cara.
—Solo necesitaba comprobar una cosa —se apartó, con aire satisfecho—.
Este es mi primer y último año como capitán del equipo.
Pienso dedicarme exclusivamente al hockey, pero todavía necesito buenas notas para graduarme —me miró serio—.
A cambio de usar la pista para patinar, quiero que me ayudes con la carrera durante el semestre.
Aquella era la peor idea de todas.
Estar cerca de Callum ponía en riesgo mi identidad, y yo necesitaba, sin falta, graduarme como la mejor de la clase, sin rumores sobre mí. Amaba patinar; me ayudaba a desestresarme y a calmar la nostalgia de casa, pero aquella propuesta, hecha por esa persona…
Era un riesgo demasiado grande para que mereciera la pena la consecuencia.