Astas de hielo (Los cambiaformas de Black Hollow nº 5) Capítulo 7 Georgette
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Capítulo 7 Georgette

—¿Cómo ha podido Odin ofrecerle esto… esto, el Red Rose, a un desconocido? —balbuceé mientras caminaba de un lado a otro por el claro donde ambos habíamos jugado de niños. Mis amplios gestos con los brazos casi alcanzaron a mi hermano gemelo, Alfred, en la cara cuando pasé furiosa junto a él.

La ira me había llenado hasta el punto de consumirme, y notaba las mejillas ardiéndome al pensar que alguien sustituyera tan deprisa a mi querido James dentro de la manada. ¡Cómo se atrevían!

—Hermanita, estoy de acuerdo en que la muerte de James fue trágica, y sé cuánto estás sufriendo —dijo Alfred, intentando consolar a su gemela—, pero la manada…

y tú… tenéis que seguir adelante. James no querría que te culparas a ti misma ni a los demás de esta forma.

Sabes que se sentiría destrozado si supiera que estás sufriendo tanto.

—Tú qué sabrás —espeté—. No has perdido al amor de tu vida.

Incluso al decirlo, noté que las lágrimas se me acumulaban en los ojos.

Por mucho que intentara ser fuerte, todos los días seguía desmoronándome en una masa de desconsuelo.

La vida que tanto había esperado me había sido arrebatada en un instante, y el tiempo apenas había hecho nada por curar mis heridas.

—No. No, no lo he perdido —admitió Alfred—. Pero iba a ser mi hermano. Y eso lo convertía en familia. Georgie, trabajé con James en el restaurante durante varios años como su segundo de cocina. Éramos un equipo. Éramos amigos. —Alfred guardó silencio un momento, conteniendo la respiración.

Acercándose a mí, me abrazó como solo podía hacerlo un hermano, y me apoyé en él para recibir el consuelo que solo la familia podía proporcionar. Teníamos un vínculo especial por ser gemelos. Cada vez que él sufría, yo podía sentir su dolor, igual que estaba segura de que él podía sentir el mío.

Alfred me susurró al oído:

—Yo también lo echo de menos.

—¿Todos somos tan reemplazables? —Incapaz de evitarlo, oí cómo se me quebraba la voz por el dolor que sentía desde que James había muerto.

Mi hermano suspiró profundamente antes de responder. Su voz era baja y respetuosa mientras abría los brazos y las manos en un gesto de frustración antes de estrecharme más contra él.

—A veces… —titubeó, frotándome la espalda mientras yo sollozaba—. La gente muere. Nadie quería esto, pero a veces la vida es así. No es justo. Tenemos que ser fuertes y seguir adelante.

Pero yo no quería seguir adelante. Sinceramente, no sabía lo que quería.

—Pfff. —Me aparté de su abrazo reconfortante y crucé los brazos delante de mí.

Lo último que quería era rendirme a la aceptación.

Abrazando mi irritabilidad, descubrí que me sentía más segura aferrándome a esa emoción como a una segunda piel.

Se había convertido en mi vida, pero descubrí que estar enfadada todo el tiempo tenía consecuencias.

Sin querer, les soltaba malas contestaciones a personas a las que quería, pero esa no era yo.

—Tienes que dejar de ladrarle a todo el mundo —continuó Alfred—. Odin solo lo tolerará durante cierto tiempo. Tienes suerte. He oído que otros alfas no miman a los miembros de su manada.

—¿Mimar? ¿Estás de broma? —chillé, deshaciendo mi postura y golpeándome el muslo con el puño—. Odin dejó que muriera.

—Eso no es justo —respondió Alfred—. Hizo todo lo que pudo…

—Y no fue suficiente —espeté.

Por dentro, imaginé romper cosas, montar rabietas y salir corriendo, pero nada de lo que hiciera me devolvería a James.

Al derrumbarme, sollocé:

—¡Tendría que haber estado allí!

—No podrías haber hecho nada —dijo Alfred—. Aunque Doc hubiera estado justo a su lado, no habría podido cambiar el desenlace. Cuanto antes aceptes la verdad, antes empezarás a sanar.

—Al menos podría haberme despedido —susurré por lo bajo—. Haberle cogido la mano. Haberle dicho que lo quería.

—Él lo sabía —dijo Alfred con suavidad—. Tienes que dejar de culparte a ti misma y a todos los demás por lo que ocurrió. Con el tiempo entenderás que eso no cambiará nada.

Incapaz de hablar, me senté en uno de los troncos del claro y me hice un ovillo.

—El Red Rose era su legado —continuó Alfred—. Lo criminal sería dejar que se derrumbara y se pudriera sin nadie que mantuviera viva su memoria.

Levanté la cabeza y lo miré fijamente. Había mucha verdad en lo que decía, pero eso no eliminaba el aguijón de la muerte. Cerrar los ojos y asentir fue el mejor esfuerzo que pude ofrecerle, y recibí como recompensa una mirada de alivio por parte de Alfred.

—Vamos —dijo Alfred, añadiendo un guiño fraternal mientras sacaba su pañuelo y me lo tendía—. Te acompaño de vuelta al pueblo.

En silencio, me quedé a su lado mientras regresábamos al pueblo.

Permanecer callada pareció aliviar a Alfred, pero a mí me dio tiempo para pensar.

Alfred tenía razón en una cosa. James jamás habría querido que el Red Rose cayera en el abandono.

Había puesto el corazón y el alma en restaurar aquel lugar, y la placa histórica había sido cosa suya.

Sin James, quizá ya se habría convertido en un montón de leña, y una parte de la historia de Black Hollow se habría perdido trágicamente.

No tenía por qué gustarme Aaron Roberts, pero tampoco tenía por qué odiarlo. Ni siquiera estaba en el pueblo cuando James murió. Cambiar lo que sentía por él sería un proceso en curso, pero tenía que recordar que el Red Rose era un legado, y era todo lo que me quedaba de James.

Al llegar al límite del pueblo, noté que Alfred empezaba a ponerse inquieto.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

—Odin me hizo prometer que pasaría por el Red Rose de camino a casa para conocer a Aaron.

Sin darme cuenta de que estaba rechinando los dientes, sentí una punzada en el corazón y me costó respirar.

—No tienes que venir conmigo —murmuró Alfred con suavidad—. Puedo llevarte primero a casa.

—No —insistí, intentando ser fuerte por la memoria de mi prometido—. Tenías razón. El Rose merece prosperar, aunque por mi parte vaya a requerir un esfuerzo considerable.

—¿Estás segura? —respondió Alfred—. El miembro de la manada en periodo de prueba estará allí.

—Lo sé.

—Y Odin también.

—He dicho que lo sé —repliqué. Mi tono fue más cortante de lo que había planeado, y vacilé. ¿Podía hacerlo? La muerte me había convertido en alguien que no era.

Un sudor nervioso me brotó en la frente, y sentí el pulso martilleándome en los oídos, pero empujé la ira y el pánico hacia abajo.

—Lo siento —cedí al fin—. Ser fuerte es más difícil de lo que uno podría imaginar.

Mi mano derecha acarició el relicario que me colgaba del cuello.

Era un regalo de James de las Navidades pasadas, y rara vez me lo quitaba.

Al sostenerlo, recordé la última vez que estuvimos juntos, y aunque me entristeció muchísimo, también me dio fuerzas.

Cada vez que lo tocaba, recordaba nuestro amor.

—¿Georgie?

—Debería intentarlo —admití.

—Podríamos salir a correr más tarde —sugirió Alfred—. Siempre te encantaba correr por el prado que hay detrás del viejo molino.

—Quizá —suspiré—. Lo consideraré.

Aunque aún estábamos a una manzana, noté que iba ralentizándome.

Mis pasos se volvieron más cortos y empecé a pensármelo mejor.

La última vez que estuve en el Red Rose fue en mi cumpleaños…

bueno, nuestro cumpleaños. James había preparado una cena especial para nosotros y para el resto de la manada.

Fue una fiesta por todo lo alto. ¿Cómo iba a saber que sería la última vez que vería a James con vida?

Si al menos lo hubiera sabido. Había tantas cosas que habría hecho de otra manera. Como no quería que mi vida estuviera llena de ira y arrepentimiento, juré concentrarme en honrar la memoria de James en lugar de obsesionarme con su muerte prematura.

Aun así, había una parte de mí que quería transformarse en mi forma equina y no volver nunca a mi yo humano. Correr durante días por los prados y mordisquear las hierbas dulces tenía cierto atractivo.

Al subir los escalones del porche delantero, solté un gemido quedo.

Ahora más que nunca, quería transformarme y salir disparada.

Si galopaba por los campos, probablemente podría mezclarme con algunos de los otros ponis salvajes de la tribu, y nadie se enteraría.

Luchando contra la posibilidad de desmayarme, apreté con fuerza la mano de mi hermano.

—Ay —se quejó—. Puede que algún día necesite esa mano.

—Perdona —gruñí—. A veces no sé medir mi propia fuerza.

—Mantén la calma —me recordó Alfred, con la mano en la puerta principal—. Lo último que queremos aquí es una escena. Sobre todo delante de Odin.

Asentí, intentando parecer segura, pero el corazón me golpeaba las costillas como un martillo neumático. Mi alfa sería capaz de oírlo, y no podía hacer nada para ocultarle mi pánico.

Las bisagras de la puerta chirriaron en señal de protesta cuando mi hermano abrió la puerta. Incapaz de contener mi reacción, inspiré bruscamente al recordar que engrasar las bisagras estaba en una lista de tareas que James había escrito para arreglar.

Todos se volvieron al oír el sonido, y hubo una mezcla de expresiones.

Aunque la ceja izquierda de Odin se arqueó más de lo que jamás la había visto, permaneció en silencio.

Los miembros del consejo iban de la sorpresa a la comprensión, y Aaron Roberts parecía sentir lástima por mí.

La compasión de un desconocido era lo más difícil de soportar para mí.

El recién llegado ya debía conocer la historia, y descubrí que necesitaba apartar la mirada de él.

Aunque intentaba aceptar lo que Alfred había dicho, seguía viendo al desconocido como alguien que intentaba sustituir todo lo que yo apreciaba.

Y me hería el corazón y el alma como un hierro de marcar al rojo vivo.