Astas de hielo (Los cambiaformas de Black Hollow nº 5) Capítulo 1 Aaron #2
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Capítulo 1 Aaron #2

Era una palabra sencilla, enfatizada con un rápido movimiento de cabeza y cuello. Travis no perdió tiempo en recomponerse y salir corriendo de vuelta hacia el pueblo tan rápido como se lo permitieron sus piernas tambaleantes.

Al comprobar cómo estaba mi nuevo amigo, vi que Scar tenía al alfa inmovilizado contra el suelo, con la boca cerrada sobre la garganta del oso tendido. Nunca había conocido antes al alfa polar, pero recordaba que se llamaba Atiqtalaaq, un nombre nativo regional, aunque todos lo llamaban Atticus.

—No vuelvas a cazar a los tuyos —insistí.

—Lo prometo —respondió Atticus, aunque noté que solo lo decía para salvar el pellejo.

Scar apretó un poco más la mordida, obligando a que se le formaran lágrimas en las comisuras de los ojos al oso tendido. Su cuerpo se estremeció en señal de sumisión sin intentar contraatacar.

—Lo prometo. Lo prometo —logró decir con voz ahogada.

Ambos sabíamos que no lo decía en serio, pero no era tan duro sin su manada. Nunca esperaban que su objetivo se defendiera. Un alfa solitario tendría que luchar o perder prestigio, y Atticus acababa de demostrar que no estaba a la altura del desafío.

—Déjalo ir —añadí con suavidad. Sin importar lo que el resto de los cambiaformas pudiera creer, me negaba a quitar una vida innecesariamente. Asesinar a un cambiaformas sería un último recurso para mí.

Scar y yo permanecimos hombro con hombro mientras veíamos a Atticus cojear hacia la línea de árboles.

—Gracias por la ayuda —murmuré, aún receloso de que Scar pudiera volverse contra mí una vez eliminada la amenaza inminente.

—Parecía que necesitabas una mano —respondió—. Las cervezas las pagas tú. Nos vemos en el pub.

Y, así sin más, corrió hacia la línea de árboles, dejándome asombrado por los acontecimientos de los últimos minutos.

Después de una rápida parada en casa, cambié de forma enseguida, me duché y me puse ropa limpia para poder ir a nuestro bar local, The Ice Pick.

La luz de mi contestador parpadeaba, pero la ignoré.

O era una llamada fraudulenta o Zoe diciéndome que trabajaba hasta tarde.

Últimamente, siempre trabajaba hasta tarde, y yo intentaba no resentirme por ello.

Estar solo más horas de las que quería era lo que me había puesto en peligro para empezar.

El aburrimiento me había vuelto imprudente.

The Ice Pick estaba animadísimo. La gramola sonaba fuerte y, aunque las luces estaban bajas, pude ver que el local estaba abarrotado. Claro que lo estaba. En Portlock no había mucho más que hacer aparte de trabajar y beber.

—Empezaba a pensar que tendría que ir a sacarte de otro lío —rió Scar con una voz que, sorprendentemente, sonaba igual que su yo grizzly y áspero.

—Nah, solo quería darme una ducha larga y caliente antes de dejarme ver en público —respondí—. Te has ganado unas cervezas a pulso. Es lo mínimo que puedo hacer.

—Bueno, en ese caso, también puedes comprarme un filete.

—¿Por qué no? Desde luego te lo has ganado.

Sentándome en la barra, levanté dos dedos hacia el camarero, que asintió y cogió un par de jarras de cerveza, y me giré para mirar a mi nuevo amigo.

—Odio admitirlo —confesé—, pero en realidad no sé tu verdadero nombre.

Antes de que pudiera responder, el camarero dejó nuestra primera ronda delante de nosotros.

Al acariciar su jarra, su dedo índice atrapó un corto hilo de cerveza que resbalaba por el lateral, y se lo llevó a los labios y lo saboreó como un hombre que no hubiera tomado una cerveza en años.

—¿Algo más? —preguntó el camarero.

—Dos de vuestros mejores filetes —respondí, girándome hacia Scar—. ¿Poco hecho?

Mi nuevo amigo asintió, cerrando los ojos. Se lamió los labios anticipando un buen filete jugoso. ¿Cuánto hacía que no comía?

—Entonces, ¿cómo debería llamarte? —pregunté.

—Lo que quieres decir es que solo me conoces como Scar —respondió, señalando el parche irregular de piel que parecía un rayo justo por encima y por debajo de su ojo izquierdo—. Me hace parecer un mago, ¿verdad? —Se rio de su propia broma de manera fuerte y descarada y me animó a unirme.

Bajando la mirada a la barra, fruncí el ceño, avergonzado de no haberme molestado nunca en aprender su nombre.

—No pasa nada —añadió, con el lado izquierdo de la boca curvado en una sonrisa sarcástica—. Me he mantenido apartado durante muchos años. No creo que nadie sepa mi verdadero nombre. Es Danuwoa, pero Scar está bien.

—Eso no suena de Alaska —respondí, incapaz de ocultar la curiosidad en mi tono.

—Porque no lo es. Es cheroqui.

—¿Cómo…? —empecé.

—¿Acabó un cheroqui en el trozo de tierra más yermo de Alaska? —Soltó una risa gutural—. Rompí una regla sagrada y me desterraron de mi hogar. Deshonrado, me envié a mí mismo al lugar más lejano y duro de la Tierra que pude encontrar como castigo.

Sentado en silencio, no tenía ni idea de qué decir a continuación. Aquel hombre me había salvado la vida, y aun así se sentía indigno. Tenía razón en una cosa: Portlock era uno de los lugares más duros donde había vivido jamás.

Aclarándome la voz, dije:

—Bueno, desde luego hoy me has salvado la vida. Nunca habría salido caminando de esa pelea, y en lugar de comerme un filete, habría sido uno.

—Tienes razón, ¿sabes? —pronunció Scar, mirando al vacío—. Los cambiaformas nunca deberían cazar a los suyos. Es despreciable.

—Ojalá hubiera un lugar que venerara esa idea.

Llegaron los filetes y Scar se lanzó al suyo con entusiasmo. Apenas masticó los primeros bocados, pero después de un par de trozos, redujo el ritmo para saborear el gusto.

—Existe un lugar —susurró, con la boca aún llena de chuletón—. Uno que es una comunidad de cambiaformas, y jamás se volverían unos contra otros.

—Ja, en los cuentos de hadas —respondí, pero me detuve a mitad de la masticación porque la expresión de su rostro me dijo que no estaba bromeando.

—Era el paraíso —respondió como si reviviera una época más feliz—. Seguiría allí si no fuera por un error terrible. —Señaló su desfiguración y luego murmuró entre dientes—: Maté a un hombre. Y esta es la vergüenza que me perseguirá el resto de mis días.

—¿Qué? —Vale, eso salió un poco más alto de lo que pretendía. Todo el bar guardó silencio durante un momento—. Perdón —susurré después de que la multitud pareciera perder el interés y volviera a sus conversaciones.

—No pasa nada —dijo, ignorando mi vergüenza—. Tengo toda una vida para expiar mi pecado.

Cuanto más bebía, más se le soltaba la lengua.

Scar había cargado con un gran peso durante mucho tiempo, y noté que quería aliviar su carga.

Las historias que me contó eran demasiado fantásticas para creerlas.

Una comunidad de cambiaformas que había caído bajo la maldición de los fae.

Si solo la mitad de lo que me contó era cierto, sonaba como un lugar estupendo para vivir.

El problema era que, como forastero, tenías que presentar una petición al consejo de líderes para que te permitieran entrar en la comunidad.

Sin nadie que hablara por mí, mis posibilidades parecían inalcanzables.

Aun así, merecía la pena intentarlo. Después de conseguir que bebiera un poco más, al fin susurró dónde podía encontrar aquella meca.

Una puerta trasera oculta en internet me daría acceso para solicitarlo.

Escondido en las zonas salvajes de Carolina del Norte había un lugar con el que siempre había soñado, donde hacía calor al menos la mayor parte del año, y había mucho bosque por el que correr y protección mediante la unión.

Una comunidad de cambiaformas que se agrupaba y protegía a los suyos.

Un sitio donde sentirse valorado y a salvo.

Esperaba que necesitaran un chef, porque esa era mi única baza.