Capítulo 32
Eran las cinco y doce de la mañana cuando el coche entró finalmente en el acceso al aeropuerto de Perth. Habían tardado poco más de cuatro horas. Cuatro horas de carreteras oscuras, gasolineras vacías y largos silencios.
Ethan condujo casi todo el trayecto sin apartar apenas las manos del volante, atravesando la inmensidad negra de Australia Occidental mientras las demás intentaban ordenar pensamientos imposibles sin pegar ojo.
Casandra permaneció gran parte del viaje abrazada a la mochila donde guardaban la documentación y el portátil de Ethan, observando por la ventanilla la línea interminable de asfalto que los alejaba de Margaret River.
A ratos seguía viendo el cuerpo de Silvia desplomándose contra las rocas.
Otras veces, en cambio, sentía un alivio culpable que le revolvía todavía más el estómago.
No sabía si sería capaz de empezar de cero otra vez.
Victoria apenas habló. Pasó buena parte del trayecto comprobando una y otra vez que el teléfono seguía apagado, temerosa de que un mínimo fallo delatara su posición.
Pero Silvia ya no podía mover nada.
Cuando divisaron las primeras luces de Perth, el cielo comenzaba a aclararse hacia el este.
El aeropuerto apareció enorme bajo la iluminación artificial de la madrugada, rodeado de taxis, autobuses y viajeros arrastrando maletas.
La normalidad del lugar resultaba casi ofensiva después de todo lo ocurrido .
—Coged solo lo imprescindible.
Bajaron del coche sintiendo el cansancio pegado al cuerpo. El viento de la madrugada olía distinto allí, seco, y aun así Casandra seguía teniendo la sensación de llevar el mar encima.
Entraron en la terminal, mezclándose con el flujo disperso de pasajeros. Algunos dormían apoyados sobre las mochilas. Otros caminaban deprisa hacia controles de seguridad o cafeterías abiertas toda la noche.
Nadie reparó en ellos.
Victoria avanzó directamente hacia las pantallas de vuelos y las observó unos segundos.
Singapur.
Salida: 06:40.
Quedaba poco más de una hora.
—Ese.
Ethan levantó la vista hacia ella.
—¿Singapur?
—Lo importante ahora es salir del país.
Casandra permanecía quieta detrás de ambos, demasiado agotada para opinar ya sobre nada.
Victoria se acercó a los mostradores de la aerolínea sujetando los pasaportes en su mano mutilada mientras Ethan recorría el aeropuerto con la mirada, atento a cualquier uniforme, cualquier movimiento extraño o cualquier persona que pudiera observarlos demasiado tiempo.
Pero todo seguía igual. Viajeros, maletas y una pareja discutiendo en voz baja cerca de un mostrador.
El mundo continuaba avanzando sin saber que, apenas unas horas antes, una mujer había muerto desangrada entre las rocas de una playa perdida.
Victoria pagó con la tarjeta anónima vinculada a las criptomonedas y les repartió los billetes. Casandra cogió la mochila con los dedos temblorosos.
—¿Y si ya lo saben ?
Victoria la miró directamente.
—Entonces ya habrían venido.
La respuesta no los tranquilizó del todo.
Pasaron el control de seguridad sin problemas. Ethan fue el último en cruzarlo y no apartó la mirada del agente hasta recuperar sus pertenencias al otro lado.
—He fallado, abuela —susurró, llevándola hacia un lado.
—¿En qué?
—Tendría que haberla matado yo.
—Ha pasado como tenía que pasar. Si tú no hubieras estado allí, tu madre no habría disparado y tal vez seguiríamos acorralados. Es así, hijo. Con Silvia todo ha quedado atrás.
Continuaron caminando hacia la zona de embarque mientras el cielo comenzaba a iluminarse tras los enormes ventanales del aeropuerto.
Casandra se detuvo un momento cerca de una cafetería cerrada. De pronto le faltaba el aire. Victoria se acercó enseguida.
—¡Eh!
Su hija levantó la vista. Tenía los ojos completamente agotados.
—He matado a una persona.
Victoria guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Lo sé.
—No puedo dejar de pensar en ello, pero no me siento culpable.
Victoria observó alrededor antes de acercarse un poco más.
—Ahora no puedes permitirte pensar demasiado.
Casandra soltó una pequeña risa.
—Eso siempre se te dio mejor a ti.
Victoria sabía que tenía razón.
—¿Nos quedaremos en Singapur ?
—Desde allí contactaré con alguno de esos amigos de tu padre para que nos tramite documentación falsa y en cuanto podamos nos iremos de allí.
—Papá sigue ayudándonos desde el más allá, ¿verdad, mamá?
Victoria asintió con una sonrisa triste.
—¿Adónde nos iremos después?
—Pues no sé, hija. Tendremos que buscar algún lugar donde se pueda surfear, ¿no?
Casandra sonrió apenas y Victoria se alegró por eso. Se abrazaron fuerte, lejos de los tiempos en los que el rencor las había alejado.
Un aviso sonó por megafonía anunciando el embarque del vuelo. Ethan apareció junto a ellas.
—Es hora.
Casandra respiró hondo y levantó finalmente la mirada hacia las pistas iluminadas por el amanecer.
Australia comenzaba a despertar detrás de ellos.
Y, en algún lugar de Margaret River, todavía oculta entre el monte y los árboles sacudidos por el viento, Silvia permanecía esperando a que alguien la encontrara.