Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 33
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Capítulo 33

La lluvia fina golpeaba los cristales del Coast Garden mientras el murmullo habitual de la tarde se extendía entre vasos, platos y conversaciones.

Habían pasado varios días desde la desaparición de los Hudson y, aun así, Prevelly seguía viviendo con la sensación incómoda de que algo oscuro continuaba adherido al pueblo.

Wade permanecía sentado junto a la barra, acompañado por un pequeño grupo de vecinos y por el agente Roger, el policía al que conocía desde la infancia y con el que había terminado compartiendo demasiadas horas aquellos días.

Nadie hablaba de otra cosa. El televisor colgado en una esquina emitía un noticiero nacional, mientras el camarero secaba vasos sin prestar demasiada atención.

Entonces apareció el rótulo en la pantalla.

“MISTERIO EN MARGARET RIVER”.

Las conversaciones comenzaron a apagarse.

El camarero levantó la vista y subió el volumen.

La presentadora apareció seria, con imágenes aéreas de la costa y otras de archivo de los vehículos policiales alrededor de las zonas acordonadas.

—La policía de Australia Occidental continúa investigando la cadena de homicidios ocurridos durante las últimas semanas en la localidad costera de Margaret River.

Esta mañana, las autoridades han confirmado que el cadáver hallado hace dos días en una zona boscosa cercana a Surfers Point corresponde a Silvia Morante, ciudadana estadounidense sobre la que pesaba una orden internacional de búsqueda emitida por el FBI desde hacía varios años.

En el bar ya no se escuchaba absolutamente nada. Solo la televisión. Las imágenes cambiaron mostrando fotografías antiguas de Silvia y documentos relacionados con un caso financiero.

—Según fuentes federales, Morante estaba acusada de participar en el robo multimillonario de criptomonedas ocurrido años atrás en Estados Unidos y llevaba desaparecida desde entonces.

La investigación ha reabierto además las conexiones con la familia Hudson, residentes estadounidenses que se encontraban viviendo temporalmente en la localidad de Prevelly.

Sus nombres ya aparecieron vinculados en el pasado a aquel mismo caso, aunque nunca llegaron a ser imputados formalmente.

Wade sintió cómo se le tensaba todo el cuerpo. La televisión mostró ahora imágenes antiguas facilitadas por el FBI de Victoria, Casandra y Ethan.

—Los investigadores trabajan con la hipótesis de un posible ajuste de cuentas entre ambas partes, aunque todavía no se ha esclarecido qué relación guardan estas circunstancias con las otras tres muertes ocurridas recientemente en la zona.

Entre ellas, las de dos jóvenes residentes locales y la de Peter Walsh, cuya investigación continúa abierta.

La policía no descarta que algunos de los fallecidos pudieran haber sido utilizados como intermediarios o colaboradores dentro de un conflicto mucho más amplio.

Nadie sabía ya qué decir. El reportaje continuó unos segundos más hasta pasar a otra noticia nacional, pero el ambiente no terminó de recuperarse .

Wade seguía mirando la pantalla, como si todavía esperara ver aparecer a Casandra otra vez en cualquier imagen.

Y también pensó en Mila un instante. En aquella chica que había llegado al pueblo buscando olas y se había marchado con una herida que nadie de allí supo medir. Al menos ella había conseguido irse antes de que todo terminara de pudrirse.

El agente Roger dejó lentamente el vaso sobre la barra.

—Hiciste lo correcto.

Wade soltó una pequeña risa amarga.

—¿Sí?

—Contaste la verdad. Eso te mantiene fuera de todo esto.

Wade negó despacio mientras se pasaba una mano por el rostro.

—No me importa demasiado ahora mismo.

El policía lo observó unos segundos sin saber muy bien qué responder. Wade miró a su alrededor. Las mismas mesas. La misma música baja. El mismo olor a cerveza y mar que había conocido toda la vida.

Pero ella ya no estaba.

—La quería de verdad —dijo finalmente.

Roger asintió apenas.

—Lo sé.

—Y ahora no sé qué coño hago aquí.

El policía permaneció en silencio porque no existía una respuesta útil para algo así.

Fuera, el viento seguía agitando las calles húmedas de Prevelly mientras el océano rompía a lo lejos con la violencia de la estación que se apagaba.

Wade todavía no sabía que, tres meses después, encontraría en el buzón de su casa una carta sin remitente.

Dentro solo habría una nota breve.

Y un billete de avión con destino a Denpasar, Bali.

Un lugar donde el surf no era un deporte.

Era una forma de vivir.