Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 30
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Capítulo 30

Silvia había conducido a Ethan hacia la orilla y ahora sus pies estaban a punto de empaparse.

Mantenía el arma pegada a él mientras Victoria la apuntaba desde la distancia, firme sobre la arena húmeda, sujetando la pistola con las dos manos.

El índice de su mano mutilada descansaba sobre el gatillo y los brazos permanecían inmóviles.

Nadie cedía y Silvia sonreía.

—Así está mejor.

La luz débil de la luna recortaba parcialmente el rostro de Silvia, endurecido por años de rabia y huida. Ya no había rastro de la mujer derrotada de España. Ethan y Victoria lo veían con claridad ahora.

Silvia ya no conservaba nada de aquella imagen cuidada.

Sin maquillaje, el rostro se le veía más duro, con la piel apagada y unas ojeras profundas que le añadían años.

Había en sus facciones una fatiga de noches mal dormidas, dinero contado y huidas sin descanso.

No parecía derrotada, pero sí consumida.

Y, en el fondo de sus ojos desorbitados, aún quedaba la chica del instituto, convertida en otra cosa.

—Aprendí la lección —dijo ella sin dejar de mirar a Victoria—. En España pensé y dudé demasiado. Pero esta vez no.

Victoria avanzó apenas un paso.

—Todavía podemos terminar esto de otra manera.

Silvia soltó una pequeña carcajada .

—Claro. El dinero otra vez.

—Podemos dártelo.

—¡No!

—Más del que imaginas. Muchísimo más.

Silvia negó lentamente.

—Y aun así sigues creyendo que todo tiene precio.

Victoria mantuvo el arma firme.

—Todo lo tiene.

Silvia bajó ligeramente la mirada hacia Ethan.

—¿Ves? Por eso siempre me fascinó tu familia. Todo gira alrededor del control. Incluso ahora.

Ethan seguía quieto, sintiendo el arma pegada a su costado.

—Silvia…

—Cállate.

Volvió a mirar a Victoria.

—¡Dispara!

Victoria no se movió.

—¡Vamos! —insistió Silvia—. Hazlo. Tú eres la fuerte, ¿no? La que siempre toma decisiones. La que mata cuando hace falta.

El viento golpeó con más fuerza desde el mar. Victoria seguía apuntando pero Silvia se movía y se escondía detrás de Ethan.

Victoria avanzó un poco más, aunque nada mejoró su posición. Y Ethan entendió la estrategia. Su abuela seguía convencida de que Silvia no iba a matarlo. No todavía. Mientras él fuera el único capaz de mover el dinero, seguía siendo útil.

Y Silvia también lo sabía.

Por eso sonreía.

—Todavía crees que tengo límites. Igual que él —apretó un poco más el arma contra Ethan—. Ese fue vuestro error en España.

Victoria entrecerró los ojos.

—No vas a dispararle.

—¿No ?

—No después de todo lo que has hecho para llegar hasta aquí.

Silvia dejó escapar una exhalación divertida.

—Mírate. Sigues negociando incluso cuando sabes que has perdido —Silvia dio un pequeño empujón a Ethan—. ¡Muévete!

Comenzó a retroceder con él hacia uno de los laterales de la playa, lejos de la orilla, hacia la zona de rocas oscuras y vegetación baja donde el terreno se volvía más irregular.

Victoria avanzó tras ellos.

Sin bajar el arma.

Sin perderles de vista.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —continuó Silvia mientras caminaban—. Que tú siempre te creíste diferente.

Ethan notó cómo el brazo de Silvia temblaba apenas por el esfuerzo de mantener el arma firme.

—Más inteligente. Más fría. Más preparada.

Victoria no respondía.

—Pero al final sois exactamente iguales que el resto.

La espuma de las olas rompía ahora entre las rocas cercanas.

Silvia siguió retrocediendo hasta llegar casi al mismo lugar donde días atrás había aparecido el primer cadáver.

—¿Y dónde habéis dejado a la floja de tu madre? —susurró al oído de Ethan—. Hubiera sido bonito que también viniera. Mañana en las noticias, toda la familia muerta.

—No vas a matar a nadie, Silvia. Escúchame.

—Ya he matado a Peter de una sola cuchillada, así que… ¡cállate!

Silvia golpeó a Ethan en la cabeza con la empuñadura del arma. El chico se tambaleó y a punto estuvo de perder el conocimiento.

—Estoy pensando que, mejor dejarla con vida. Así notará el sabor amargo de sus criptomonedas el resto de su vida. Cada vez que pase la tarjeta para pagarse algo, recordará a su madre y a su hijo muertos en Surfers Point .

Ethan notó que la sangre le brotaba y descendía primero por la nuca y después por la espalda.

—Quédate donde estás, Victoria. ¡Ni un paso más o disparo!

Victoria vio en su nieto los ojos del miedo. Aquel golpe en la cabeza había sido contundente, impropio de la chica que habían esperado encontrar.

Silvia llegó a la zona rocosa y tanteó el suelo. Victoria percibió que tenía un plan trazado. Tal vez quería escabullirse entre las rocas, dejarla a ella a campo abierto y obligarla a elegir si Ethan caía.

—Tú, no te muevas —susurró a Ethan, alejándose de él y apuntándolo con las dos manos.

El chico estaba mareado. El golpe lo había aturdido y no se recuperaba del todo.

Silvia se apartó del ángulo de visión de Victoria y apuntó a la cabeza de Ethan.

«No lo hará», pensó él, con los ojos llorosos clavados en su abuela.

Victoria quiso moverse, pero sus pies se enterraron en la arena mojada. Sus rodillas se doblaron y las piernas le fallaron. Después, se inclinó hacia un lado, con los ojos puestos en el chico.

Sus miradas se cruzaron y en ellas se reflejó la misma desesperación.

Por primera vez, Ethan no encontró en su abuela una salida. Victoria seguía erguida, con el arma en la mano y esa expresión dura, pero Ethan vio algo distinto. El cálculo desesperado bajo la sombra del cansancio.

Hasta ese instante había fantaseado con la idea de estar hecho para aquello, de ser más frío, más preciso, más peligroso que los demás.

Un asesino de verdad. Alguien capaz de imponer el miedo antes de sentirlo.

Pero frente a Silvia, con el mar rugiendo a su espalda y la noche cerrada sobre ellos, entendió que todo había sido una mentira privada .

No era superior a ella. No tenía el control. Y el miedo, el miedo auténtico, le subió desde el estómago con una claridad humillante. Por primera vez pensó que tal vez no iban a poder con ella. Que él no era el hombre que había empezado a imaginar.

Silvia empezó a accionar el gatillo, asegurándose de no fallar.

Entonces, un sonido atravesó el aire con un silbido seco.

Silvia apenas tuvo tiempo de girarse antes del impacto.

El golpe la lanzó hacia delante contra las rocas húmedas. La pistola cayó sobre la arena mientras intentaba reaccionar, sorprendida más que dolorida, como si su mente se negara a aceptar lo que acababa de ocurrir.

Ethan se apartó inmediatamente y Victoria corrió hacia el arma caída.

Silvia intentó incorporarse apoyándose contra las piedras, pero una flecha había atravesado su garganta y la sangre ya comenzaba a extenderse entre las grietas oscuras de la roca.

Justo allí. En el mismo lugar donde todo había empezado. Su respiración se volvió irregular y desordenada.

Una figura salió de entre las rocas, unos pasos atrás, sujetando la ballesta con ambas manos. Tenía los ojos llorosos y parecía incapaz de entender del todo lo que acababa de hacer.

Silvia levantó la vista hacia ella. Vio a Casandra y sonrió una última vez, como si incluso aquello terminara dándole la razón.

Entonces le sobrevino un estremecimiento que le atravesó la mandíbula.

Los dientes le castañetearon una vez. Luego llegaron unos chasquidos secos, torpes… Pero reconocibles.

Durante unos segundos, bajo toda aquella sangre, bajo la rabia y los años de huida, volvió a aparecer la chica del instituto.

Después, su cuerpo perdió fuerza lentamente sobre las rocas mientras el mar seguía golpeando a su alrededor, indiferente a todo.

2

El camino de regreso se le hacía interminable.

Casandra conducía con las manos demasiado tensas sobre el volante mientras el haz de luz del coche atravesaba la oscuridad de la carretera costera.

El océano aparecía y desaparecía entre los árboles como una masa negra y furiosa que rugía a lo lejos, ajena a todo lo que acababa de ocurrir.

No podía dejar de verla. El impacto de la flecha y el cuerpo de Silvia cayendo contra las rocas. La imagen volvía una y otra vez, como si con eso fuera convenciéndose de que había sido real.

—No puede ser… —susurró.

Después, lo dijo en voz alta. Luego lo repitió apenas moviendo los labios.

No podía ser ella. No podía haber hecho aquello. Siempre había sido la más frágil, la que necesitaba que otros tomaran decisiones difíciles para ella. Su madre. Ethan. Incluso Wade, desde que había aparecido en su vida.

Y sin embargo, aquella noche había disparado.

Había matado a una persona.

Casandra apretó con más fuerza el volante. La respiración seguía acelerada y sentía calor en la cara pese al viento frío que se colaba por una pequeña abertura de la ventanilla. Intentaba ordenar sus pensamientos, pero todos chocaban entre sí.

Silvia iba a matar a Ethan. Esa era la verdad.

Lo había visto. También habría matado a su madre si hubiera hecho falta.

Y después… ¿qué haría sola?

¿Huir otra vez? ¿Seguir escondiéndose? ¿Esperar la siguiente amenaza ?

Una parte de ella seguía horrorizada por lo que había hecho. Pero otra comenzaba lentamente a sentir algo distinto.

Alivio.

Silvia ya no iba a perseguirlos. Ya no existirían más llamadas. Ni notas. Ni esa sensación de estar siendo observados.

Casandra tragó saliva y se dio cuenta de que no se arrepentía.

Cuando divisó las luces de la cafetería, sintió un pequeño vuelco en el estómago. Aparcó y apagó el motor, intentando normalizar la respiración mientras se miraba en el retrovisor. Pero era imposible, todavía tenía el cuerpo alterado.

Entró en el local y el sonido de la música y las conversaciones le golpeó de inmediato. El ambiente seguía tranquilo. Algunos clientes se habían marchado y otros, vencidos por el cansancio de la hora, estaban a punto de hacerlo.

Los dos agentes de paisano conservaban su postura intacta en la barra.

Fingían prestar atención al partido silencioso del televisor, pero estudiaban los movimientos de Wade, que se había quedado un buen rato sin su novia.

Ambos levantaron la vista al verla entrar y Casandra notó la mirada de inmediato.

Wade también la vio y se incorporó en cuanto ella se acercó.

—¿Estás bien?

Ella dejó las llaves del coche sobre la mesa.

—Sí. Solo… necesito irme.

Wade frunció ligeramente el ceño y Casandra evitó sostenerle la mirada. Tenía las mejillas encendidas y respiraba más deprisa de lo normal.

—¿Qué pasa?

—Nada. —La respuesta salió demasiado seca e intentó corregirse enseguida—. Estoy cansada, eso es todo.

Uno de los policías volvió a mirarla desde la barra.

Wade se acercó un poco más.

—Casie…

—Por favor —dijo ella en voz baja—. Vámonos .

Él tardó unos segundos en asentir. Se despidió rápidamente del camarero y ambos salieron del local mientras Casandra sentía todavía las miradas clavadas en la espalda.

Wade arrancó y, durante los primeros minutos, ninguno habló. La carretera avanzaba oscura frente a ellos mientras el mar quedaba atrás. Cuando llegaron al gran cruce que conducía hacia su casa, activó el intermitente. Casandra reaccionó de inmediato.

—No.

Él giró apenas la cabeza.

—¿Qué? ¿No vamos a dormir juntos?

Casandra negó, a punto de echarse a llorar. Wade redujo ligeramente la velocidad.

—¿Por qué? ¿Quieres que te lleve con tu madre?

Casandra miró fijamente hacia delante y la respiración volvió a acelerársele.

—Sí, vamos por la otra carretera.

—Casandra…

—Hazme caso.

Algo en su voz hizo que Wade dejara de preguntar.

El coche tomó finalmente el otro desvío, alejándose de la dirección de su casa mientras la oscuridad volvía a tragarse el asfalto frente a ellos.

Y Casandra entendió que ya no había manera de regresar a la vida que había tenido antes de aquella noche, ni siquiera una última vez, aunque fuera para despedirse.