Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 29
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Capítulo 29

Casandra detuvo el coche en el punto acordado y apagó las luces de inmediato.

La carretera quedó sumida en una oscuridad espesa.

Victoria apareció desde la penumbra unos segundos después.

Abrió la puerta del copiloto, subió con rapidez y cerró tras de sí sin hacer ruido.

Antes de acomodarse, miró hacia la carretera por el retrovisor.

—¿Te ha seguido alguien?

Casandra negó.

—¿Has visto coches estacionados? ¿Algún control?

—No, mamá.

Victoria siguió observando unos segundos más, como si esperara ver aparecer unas luces en cualquier momento.

—¿Estás segura?

Casandra soltó el aire.

—Sí. Nadie me ha seguido.

—Arranca.

Casandra obedeció y el coche volvió a ponerse en marcha. Tomaron una carretera interior más estrecha, rodeada de vegetación y completamente vacía a aquellas horas. El haz de luz avanzaba sobre el asfalto mientras el bosque se cerraba a ambos lados.

Durante unos momentos no hablaron, solo miraban atentas a ambos lados de la carretera. Si la policía las detectaba circulando a esas horas por aquella pista secundaria, resultaría muy sospechoso .

Casandra mantenía las manos tensas sobre el volante, con una presión en el pecho desde que su madre le había enviado el mensaje.

—¿Dónde está Ethan?

Victoria tardó unos segundos en responder.

—Ha ido por delante.

Casandra giró la cabeza hacia ella.

—¿Solo?

—Sí.

La respuesta cayó como un golpe.

—¿Cómo que solo? ¿Lo has dejado ir solo a por Silvia?

Victoria siguió mirando al frente.

—No pude detenerlo.

Casandra soltó una risa breve, nerviosa.

—Esto es una locura.

El asfalto desapareció de pronto y se adentraron en un camino forestal.

—Sigue.

La carretera descendía ahora entre árboles más densos y algunas ramas vibraban golpeando el techo.

—Si más adelante hay arena, quedaremos atrapadas. Apenas veo si…

—¡Para! Apaga las luces.

El camino de tierra finalizaba y el terreno parecía más arenoso. Estaban cerca de Surfers Point. Casandra apagó el motor.

Victoria abrió el bolso y comprobó algo en su interior.

Dos pistolas.

—¿Por qué llevas dos?

—Una es para Ethan.

—No… —susurró.

Victoria cerró el bolso y observó el frente, estudiando cómo escabullirse entre la vegetación en dirección a la playa.

—La necesitará .

—No puedes estar hablando en serio.

—Lo estoy.

—¡Es mi hijo!

La voz se quebró.

Victoria respiró hondo antes de girarse hacia ella.

—Tu hijo ya es un asesino.

—No digas eso.

—Es la verdad.

El viento sacudió los árboles alrededor del coche.

—Lo hizo más de una vez —continuó Victoria—. Y esta noche piensa volver a repetirlo.

Casandra apretó las manos contra el volante.

—Tú le has metido todo esto en la cabeza…

—No —la interrumpió Victoria con calma—. Silvia solo encontró una puerta que ya estaba abierta.

Casandra se asombró de la calma con la que su madre afrontaba la situación. Pero también detectó algo nuevo, el miedo ya no era solo suyo. Estaba dentro de toda la familia.

—Voy contigo.

—No. Sitúa el coche para salir disparada si te aviso.

—¡No voy a quedarme aquí sentada mientras mi hijo…!

—Precisamente porque es tu hijo, no puedes venir.

Casandra respiraba rápido, descontrolada.

—No entiendes nada.

—No. Eres tú quien no lo entiende todavía. Tú no sirves para esto.

La frase le dolió más de lo esperado.

—¿Y tú sí?

—Yo sí. Pero tú no eres una asesina, Casandra. Ethan y yo… sí lo somos.

El silencio posterior mientras se miraban resultó insoportable. Victoria abrió la puerta del coche y el aire fresco irrumpió inmediatamente en el interior. Antes de salir, volvió a mirarla. Esta vez había algo distinto en sus ojos. Algo que Casandra apenas le había visto nunca.

Miedo.

—Quédate aquí. Atenta al teléfono. Si te llamo, arrancas y nos sacas de este sitio.

Casandra quiso responder, pero no encontró palabras.

Victoria salió del coche, cerró la puerta con suavidad y desapareció entre la oscuridad rumbo a Surfers Point.

Casandra permaneció inmóvil al volante, mirando hacia el lugar donde su madre acababa de desaparecer, mientras empezaba a comprender que tal vez fuera demasiado tarde para salvar a Ethan.

2

Silvia obligó a Ethan a avanzar entre la vegetación hasta que el terreno comenzó a abrirse hacia la playa. El arma seguía pegada a su espalda mientras descendían por el sendero de arena endurecida que llevaba hasta Surfers Point.

El océano rugía frente a ellos. Las olas rompían contra las rocas donde había aparecido el cadáver de Aaron Pike, y el viento arrastraba partículas de arena hacia el mar.

A aquellas horas la playa parecía un lugar completamente distinto al de los atardeceres llenos de tablas y surfistas.

Ahora estaba vacía, salvaje, demasiado grande para dos personas solas.

Ethan caminaba despacio.

—No pareces impresionada —dijo sin girarse.

Silvia soltó una pequeña risa a su espalda.

—¿Por esa arma que habías traído? ¿Creías que me asustarías?

—Funciona bien con los conejos.

—Sí. Seguro que los conejos te tienen miedo .

Ethan continuó avanzando hacia la arena.

—Te conozco demasiado bien, Silvia. —Ella no respondió—. Te protegí en el instituto cuando todos iban contra ti. En Blue Valley igual. Allí te quise de verdad. Y aunque ahora juegas a esto… sigues siendo la misma persona.

Silvia volvió a reír.

—No tienes ni idea de quién soy.

—Tú no eres una asesina.

—¿No?

—No eres capaz de dispararme.

Silvia se acercó un poco más.

El cañón del arma presionó entre sus omóplatos.

—Eso pensabas en España también.

Ethan guardó silencio y percibió la rabia en sus palabras.

No estaba hablando con la Silvia que habían vencido allí.

Aquella mujer había desaparecido. La que caminaba ahora detrás de él había esperado mucho tiempo.

Había aprendido y los había observado con paciencia mientras ellos seguían creyendo que podían anticiparse a sus movimientos.

—¿Dónde está Victoria? —preguntó ella.

Ethan no respondió. El viento agitaba el cabello de Silvia mientras ambos llegaban finalmente a la arena húmeda.

—He venido sin ella.

—¿La abandonaste?

—Sí.

Silvia sonrió apenas.

—Qué decepción.

Ethan giró ligeramente la cabeza.

—Vendrá igualmente.

—Eso espero.

Continuaron caminando unos metros más cerca del agua.

La espuma de las olas comenzaba a acercarse hasta sus pies.

—Todavía podemos arreglar esto —dijo Ethan entonces—. Si lo que quieres es dinero, podemos darte criptomonedas. Son mucho más valiosas que antes, el valor se ha disparado desde entonces.

Silvia lo observó unos segundos en silencio.

—¿De verdad crees que he pasado años huyendo, cambiando de país, desapareciendo de mi propia vida… para terminar negociando contigo?

Ethan no respondió.

—Los tiempos de esas conversaciones se terminaron hace mucho. Ya no estoy aquí por dinero. —Se acercó hasta quedar prácticamente a su lado—. Estoy aquí porque quiero aliviarme.

Después se separó y siguió apuntándole mientras el océano rugía detrás.

—¿Sabes qué es lo único que compensa de estar lejos de todo? —continuó ella—. ¿Vivir escondida, no poder llamar a tu familia y no existir para nadie? —Silvia sonrió apenas—. Matar a la familia que te arrebató todo eso.

Ethan quiso girarse despacio para mirarla a la cara, pero ella clavó el arma en la columna del chico.

—Si Victoria no aparece… tal vez empiece contigo. Y después iré a por ella. Al fin y al cabo, una vieja no me ofrecerá oposición.

Entonces ocurrió. Una voz surgió desde la oscuridad detrás de las dunas.

—¡Suelta el arma!

Silvia giró la cabeza de inmediato.

Victoria apareció a varios metros de ellos. El viento le agitaba el cabello y le pegaba la chaqueta oscura al cuerpo. Avanzaba despacio sobre la arena con el arma levantada y apuntándole directamente.

—Te juro que te mato si no lo haces.