Capítulo 28
Victoria abría una y otra vez la aplicación anónima, pero Ethan no daba señales de vida. Esperó varios minutos con la luz apagada junto a la ventana de la cocina antes de decidirse a salir.
La calle permanecía tranquila, pero después de lo ocurrido con Peter ya no confiaba en la apariencia de normalidad. Cualquier coche aparcado demasiado tiempo podía esconder vigilancia, y cualquier vecino despierto a aquellas horas podía convertirse en un problema.
Guardó el móvil en el bolsillo y caminó hacia la parte trasera de la casa.
El jardín terminaba en una pequeña zona de arbustos que descendía hasta otra calle paralela, más estrecha y menos iluminada.
Victoria abrió la puerta con cuidado y salió al exterior.
El viento nocturno golpeó inmediatamente su rostro y agitó las ramas bajas que bordeaban el terreno.
Esperó unos segundos. No había nada más que el movimiento constante del aire entre los árboles.
Avanzó despacio entre la vegetación, con un bolso pequeño y pesado, apartando las ramas con la mano mutilada sin hacer apenas ruido. La oscuridad le obligaba a medir cada paso sobre la tierra irregular, pero aun así se movía con precisión.
Cuando alcanzó la calle paralela, sacó el teléfono del bolsillo y la pantalla iluminó su rostro.
Abrió la aplicación cifrada que utilizaba con Ethan desde hacía tiempo y escribió un mensaje corto .
“¿Dónde estás?”
Lo envió. Esperó. Pero nada.
Continuó caminando y la ausencia de respuesta empezó a incomodarla. Ethan sabía perfectamente lo que significaba aquella noche. Sabía que no podían improvisar. Y precisamente por eso el silencio resultaba todavía peor.
Siguió avanzando hacia el punto acordado, alejándose de las últimas casas hasta llegar a una zona donde la carretera se estrechaba entre árboles bajos.
Allí se detuvo, oculta por la oscuridad.
Seguía sin respuesta.
Entonces abrió una conversación.
Casandra.
“¿Está Ethan contigo?”
La respuesta llegó casi al instante.
“No. Se fue hace unos veinte minutos.”
Victoria sintió cómo algo descendía lentamente por su pecho. Frío y pesado. Cerró los ojos apenas un segundo. Ethan no se retrasaba. Se había ido solo.
Solo a Surfers Point, para matar a Silvia.
Victoria apretó el teléfono entre los dedos mientras el viento levantaba mechones de su cabello. Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando la oscuridad frente a ella como si todavía pudiera cambiar algo.
Abrió de nuevo la conversación con Casandra y escribió un mensaje largo con una orden. Lo leyó una vez antes de enviarlo. Y pulsó.
En la cafetería, la música seguía sonando suavemente alrededor. Wade hablaba con el camarero y alguien reía cerca de la barra. Pero todo pareció alejarse de golpe cuando Casandra leyó el mensaje en la pantalla.
Sus ojos comenzaron a recorrer las instrucciones otra vez, más despacio.
—¿Cariño? —preguntó Wade.
Casandra levantó la vista hacia él, pero no respondió, permaneciendo inmóvil, sujetando el teléfono con ambas manos mientras una sensación de vértigo empezaba a abrirse paso dentro de ella.
—¿Estás bien?
—Necesito ir a casa un momento. ¿Me prestas el coche?
—¿Quieres que te lleve?
—No. Solo es para ayudar a mi madre con una cosa. Enseguida vuelvo.
Wade levantó las llaves, esperando un beso, pero Casandra las agarró y salió a toda prisa, procurando no llamar la atención de los policías, con las lágrimas a punto de desbordarse.
2
Ethan tomó un camino que se internaba hacia el monte y apagó el motor varios cientos de metros antes de llegar a Surfers Point.
La carretera quedó atrás, silenciosa y oscura, apenas iluminada por la luna escondida entre nubes dispersas.
Permaneció unos segundos dentro del coche, observando el exterior a través del parabrisas.
Todavía era pronto. Silvia había elegido la medianoche y aún faltaba tiempo.
Abrió la puerta sin hacer ruido y salió al aire fresco de la costa.
El océano golpeaba contra las rocas con esa violencia constante de Margaret River.
Levantó una manta oscura que ocultaba en el maletero y sacó la ballesta.
La sostuvo unos segundos entre las manos y recordó la sonrisa satisfecha de Peter cuando se lo regaló.
Luego caminó entre la vegetación, cada vez más espesa conforme descendía hacia la playa.
Arbustos bajos, árboles retorcidos por el viento y senderos apenas visibles entre la arena endurecida y la tierra seca.
El paisaje parecía otro de noche, menos abierto y más hostil.
El sonido del mar se mezclaba con el crujir de las ramas y creaba una sensación incómoda, como la de no saber si algo más se movía junto a él.
Avanzó despacio sujetando la ballesta con firmeza. Aunque escuchar resultaba casi inútil allí abajo, a veces creía percibir pasos entre la vegetación. Pero, al detenerse, solo encontraba el rumor del aire golpeando las hojas.
Continuó hacia la zona desde donde se veía parte de la playa. En algún momento tendría que ver aparecer a Silvia. Y si venía sola, aquel sería el mejor lugar para interceptarla antes de llegar a la arena.
Ethan sentía latir el corazón cada vez más rápido conforme avanzaba, lo que le producía una claridad peligrosa que llevaba días creciendo dentro de él.
Quería verla.
Verle la cara cuando entendiera que aquello terminaba allí. Sin más huidas, ni mensajes, ni llamadas.
El viento sopló con más fuerza cuando llegó a un punto donde los árboles se abrían hacia un pequeño claro natural. Ethan se detuvo.
Algo había allí. Una forma, un movimiento breve entre las sombras.
Entrecerró los ojos.
Allí.
A unos metros, entre los troncos oscuros, un bulto inmóvil.
Bajó ligeramente el cuerpo y comenzó a avanzar, apoyando cada paso con cuidado para no hacer ruido sobre las ramas secas. La ballesta se tensaba suavemente entre sus manos .
La figura seguía allí, quieta. Esperándolo mientras él se acercaba.
Ya imaginaba el momento exacto de la sorpresa. El miedo en los ojos de Silvia. Su propia voz diciéndole que aquello había terminado. Que no volvería a acercarse a su familia nunca más.
Dio otro paso.
Luego otro.
El viento zumbó en sus oídos y el mar rugió a lo lejos. El móvil vibró en su bolsillo con una notificación.
Y entonces una voz sonó justo detrás de él.
Muy cerca.
—Suelta la ballesta y no te muevas.
El frío metálico de un arma le rozó la espalda.
Ethan cerró los ojos un instante y dejó caer la ballesta.
Silvia habló de nuevo, tranquila.
—Otra vez llegas tarde.