Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 27
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Capítulo 27

Se quedaron en silencio después de la llamada. El reloj de la cocina avanzaba con un sonido seco y constante mientras la luz de la tarde comenzaba a inclinarse sobre el salón.

Ninguno de los dos había vuelto a sentarse. Deambulaban por la cocina sin hablar, afilando sus pensamientos con la mirada perdida.

Ethan se detuvo en la ventana y observó que el viento agitaba las copas de los árboles y levantaba pequeñas ráfagas de arena que se acumulaban al borde del asfalto.

Silvia acababa de dejar algo claro, aquello no iba de esconderse.

Victoria se sirvió otra copa de vino, bebió un sorbo corto y la dejó sobre la encimera.

—Ha hablado con el FBI y tal vez con la policía de Margaret River.

Ethan no se giró.

—O eso quiere que creamos.

—Da igual. Con que tenga una pieza lista para moverse en esa dirección ya es suficiente.

—Nos ha estudiado demasiado tiempo…

Victoria apoyó las manos sobre la encimera.

—Y nosotros a ella no lo suficiente.

Ninguno de los dos parecía ya enfadado. Volvían a reconocerse como en el pasado, aunque esta vez Ethan quería liderar el plan .

—Esto termina hoy.

Victoria le sostuvo la mirada sin decir nada.

Ethan se acercó despacio hasta quedar frente a ella.

—No vamos a seguir huyendo —dijo—. Ni esperar a que ella decida cuándo mover la siguiente ficha.

—Silvia quiere llevarnos a su terreno, hijo.

—Entonces iremos.

Victoria observó el rostro de su nieto durante unos segundos largos. Había visto antes esa expresión, mucho tiempo atrás. Era su propia mirada. La que nunca había querido ver en él.

—¿Sabes lo que significa esto? —preguntó finalmente.

Ethan asintió.

—Sí. Que tal vez acabemos pagando un alto precio esta noche.

Victoria entendió que ya no quedaba nada que pudiera hacer. Ya no se trataba de justicia, ni de proteger a su familia, ni siquiera de supervivencia. Ethan ya no buscaba permiso ni aprobación porque había tomado una decisión.

Victoria cogió la copa de vino y bebió otro sorbo, esta vez más largo.

—Entonces, no podemos fallar.

La frase quedó suspendida entre ambos y Ethan asintió lentamente, sellando aquel instante.

—Esta noche iré al Coast Garden y me aseguraré de que mamá se queda con Wade. A medianoche vendré a buscarte.

—Tres calles más allá, saldré por la parte trasera de la finca para evitar a la policía que pueda estar vigilándonos en la calle.

—Iremos armados.

—Por supuesto, te explicaré el plan cuando me recojas.

—¿Por qué no ahora?

—Porque quiero asegurarme de que vengas. Además, tengo un par de pistolas.

—¿Cómo? Pero si en este país …

Victoria se limitó a mirarlo con calma y levantó una ceja. Ethan puso una mano encima del hombro de Victoria.

—Siempre juntos, abuela. Nos ha ido bien así.

Victoria le acarició la mejilla con el muñón, justo como él odiaba, y ambos sonrieron.

2

El lunes por la noche, el ambiente en la cafetería era completamente distinto al de otros días.

El local se vaciaba temprano de curiosos y solo quedaban los lugareños más habituales.

La música sonaba baja desde unos altavoces antiguos cerca de la barra, y las conversaciones se oían como un murmullo tranquilo entre las pocas mesas ocupadas.

Wade había elegido una del fondo, desde donde podía controlar la entrada y buena parte del local sin que pareciera algo premeditado.

—Los dos de la barra —murmuró inclinándose apenas hacia Ethan—. No son clientes habituales.

Ethan no giró la cabeza. Bebió un sorbo del refresco y siguió mirando hacia delante.

—¿Policías?

—Seguro.

Casandra dejó escapar el aire lentamente.

—No sé si acabaré odiando este sitio.

Wade le pasó el brazo por detrás de la silla con naturalidad.

—Tranquila. Estando conmigo, no pasará nada.

Ethan observó de reojo a los hombres. Vestían ropa informal, pero había algo imposible de esconder en sus movimientos. La manera de observar sin parecer que lo hacían, las pausas, la atención constante al entorno, los delataban ahora que sabía de quiénes se trataban .

Wade notó que el chico estaba tenso. Se sintió obligado a velar por aquella familia que aún no era la suya y cambió de tema enseguida.

—Por cierto —dijo mirando a Ethan—. La última vez que te vi entrar al pico de una ola casi me haces sentir orgulloso.

Casandra sonrió ligeramente.

—¿Eso es mucho decir viniendo de él?

—Muchísimo.

Wade señaló a Ethan con el cuello de la botella.

—Ya no bajas la ola pensando demasiado. Antes dudabas.

—Es que ya no me caigo tanto.

—No. Ahora haces algo peor —rio Wade—. Te crees mejor de lo que eres.

Casandra soltó una pequeña carcajada.

El comentario relajó el ambiente durante unos minutos.

Hablaron de corrientes, de playas más al norte, de una competición local que probablemente cancelarían por todo lo ocurrido.

Wade llevaba el peso de la conversación con facilidad, como si estuviera decidido a mantener el mundo funcionando unas horas más.

Pero Ethan se fue apagando a medida que pasaba el tiempo. Respondía cuando tocaba y sonreía lo justo porque su mente ya estaba en otro lugar.

A las once y media dejó la botella vacía sobre la mesa y se levantó.

—Me voy.

Casandra alzó la vista.

—¿Tan pronto?

—Quiero madrugar mañana.

Wade asintió.

—¿Surf?

—Tal vez.

Se dieron un choque de manos rápido. Después Ethan se inclinó hacia su madre y dejó un beso breve sobre su cabeza .

—¿Dormirás en casa?

—No, me quedo con Wade otra vez. Ya se lo dije a la abuela.

—Portaros bien.

Casandra le dio un leve golpe en el brazo y los tres sonrieron.

Ethan salió del local y el viento fresco de la noche le golpeó la cara.

El aparcamiento estaba medio vacío. Caminó hasta el coche sin apresurarse y se detuvo antes de abrir la puerta.

Miró alrededor pero no había nada extraño.

Los coches estacionados, la carretera vacía y las luces lejanas de Prevelly. Todo en su sitio.

Aun así esperó unos segundos más. Después entró y arrancó el motor.

Condujo despacio al principio, dejando atrás la cafetería mientras observaba el retrovisor con atención. No vio nada sospechoso. Ningún coche manteniendo distancias extrañas. Ninguna luz repitiendo movimientos.

Al llegar al primer gran cruce redujo la velocidad. Allí estaba el camino recto que llevaba hacia casa. Pensó en su abuela, en el mensaje que le enviaría a través de la aplicación anónima. Después pensó en la llamada de la tarde, en Silvia y en la forma en la que Victoria había dicho:

«No podemos fallar».

Luego activó el intermitente y giró.

La carretera hacia Surfers Point apareció oscura y vacía frente a él.

Ethan aceleró suavemente.

Iba solo, y Victoria no sabía que acababa de desobedecerla.