Capítulo 25
El trayecto desde la casa de Wade hasta la de Victoria no era más que cinco minutos. El surfista conducía despacio, intentando alargar el trayecto.
—Qué rara te has puesto. ¿Te pasa algo, cariño? ¿Te preocupa hablar con tu madre ahora?
—Tal vez podrías entrar.
—Puedo hacerlo si vas a estar más a gusto, pero igual tu madre se violenta. Supongo que querrá hablar con su hijita.
Casandra sonrió, pero a Wade el gesto le pareció demasiado fingido.
—No me has dicho por qué habéis discutido. Casi prefiero no saberlo.
—Lo solucionaremos, como siempre hemos hecho. No te preocupes.
Al llegar a la intersección de la calle donde vivía la familia, un coche policial estaba estacionado en el arcén, con las sirenas apagadas.
—Es Roger. ¿Qué hará ahí parado?
—Vigilarnos, Wade.
—¿Por qué?
—Los asesinatos están vinculados a nosotros. Los dos primeros fueron los tipos que intentaron violar a Mila. Y estaba empezando una amistad con Ethan.
—Si vamos a eso, también eran alumnos míos. Yo podría haberlos matado .
Quizá esa posibilidad también estuviera sobre la mesa para la policía.
—Y Peter, pareja de mi madre.
—Bueno… a eso no podría llamársele pareja.
—Llámalo como quieras, pero todo el pueblo lo sabía. Los tres muertos, relacionados con mi familia.
Wade estacionó delante de la entrada, como siempre.
—Claro, por eso estás así. No te preocupes, es normal que investiguen, pero nadie os va a acusar de nada. ¿Quieres que hable con Roger?
—No, cariño. Precisamente tú eres nuestra mejor garantía —lo besó y le acarició la mejilla.
—Te recojo en una hora.
Casandra bajó del coche y atravesó el jardín.
Esta vez no se dio la vuelta antes de entrar en casa, como hacía siempre.
Wade arrancó hacia el Coast Garden y, al pasar a la altura de su amigo policía, desaceleró para saludarlo y ver si le daba pie a intercambiar unas palabras.
Pero Roger bajó la vista e hizo como que miraba el móvil, evitando mirar a su amigo.
2
Cuando Ethan se bajó del Toyota, rozó la bicicleta apoyada contra la pared del garaje. En la televisión, las noticias todavía no mencionaban el asesinato de Peter. La policía había difundido una información confusa para no alarmar a la población: muerte por causas naturales.
A Victoria le interesaba más que la noticia trascendiera en pueblo y que el revuelo despistara la investigación.
—¿Ya estás de vuelta? ¿Ha ocurrido algo?
Ethan negó, acercándose a su madre para darle un beso antes de que su expresión lo delatara .
—Igual es conveniente que difundamos algún rumor confuso —continuó Victoria.
—¿Qué quieres que hagamos exactamente, mamá?
—Tú nada, hija. Mantente al lado de ese surfista. Tiene buena reputación, es un punto a favor de nuestra familia.
—¿Ahora te cae bien?
—Para este asunto, sí. Ethan y yo iremos al Coast Garden a tomar un café y dejar claro que Peter fue asesinado.
Casandra cogió el bolso y buscó el móvil para llamar a Wade.
—Tengo miedo de que nos pase algo, mamá. Esa chica…
—Silvia no nos hará daño —dijo Ethan—. Sigue queriendo las criptomonedas y sabrá ceder. Si nos hace algo a alguno de nosotros, sabe que no las tendrá.
—Ya, pero… ¿y si está buscando algo más?
Victoria se apoyó contra la encimera y se cruzó de brazos.
—Solo hay una cosa que le interesa, hija. El maldito dinero que persigue desde hace tiempo.
Casandra se conformó con la explicación y llamó a Wade para pedirle que viniera a buscarla.
—Había un coche policial en la entrada de la calle.
—Han estado merodeando toda la noche. Es normal… nos tienen vigilados.
—Pero nosotros no hemos matado a nadie.
—Claro que no, hija —dijo Victoria, acercándose para acariciarle los hombros—. Tu novio podría llevarnos a todos a la cafetería. Que nos vean con él es lo mejor.
En ese momento, cuando Ethan estaba a punto de apagar la televisión con el mando, llegó una noticia local de última hora.
—La Policía de Australia Occidental ha confirmado esta mañana que la investigación relacionada con los dos homicidios ocurridos en los alrededores de Margaret River continúa abierta y ha entrado en una nueva fase tras la aparición de nuevas pruebas y testimonios relevantes .
Aunque las autoridades no han querido revelar detalles concretos, sí han asegurado que trabajan sobre varias líneas sólidas y que algunas personas ya han sido interrogadas en relación con el caso.
Fuentes cercanas a la investigación afirman que los agentes creen estar más cerca de esclarecer los hechos ocurridos durante las últimas semanas en la zona costera.
El noticiero conectó con una reportera desplazada a Surfers Point que se apartaba el pelo de la cara debido al viento.
—La policía ha pedido además colaboración ciudadana y recomienda evitar la difusión de rumores en redes sociales, especialmente tras el creciente clima de tensión que vive parte de la comunidad local desde la aparición del segundo cadáver.
Victoria agarró el bolso y se puso una chaqueta.
—No están contando bien la noticia. Los vecinos están nerviosos por la muerte de Peter. En el fondo, todos sospechan que fue asesinado —dijo, caminando hacia la salida—, pero les habrán dicho que fue un infarto. Ese novio tuyo, ¿viene o qué hace?
3
Wade llegó en pocos minutos y Casandra salió arrastrando los pies. Tras ella, Ethan, con el pelo revuelto sobre los ojos, y Victoria, que rebuscaba las llaves en el bolso.
—Espera, abuela. Se me olvida una cosa.
Casandra siguió andando y se subió al coche. Ethan la vio desde el interior de la cocina y le hizo una señal a su abuela para que entrara de nuevo.
—He estado con Silvia.
—¿Cómo dices ?
—Se escondió en el asiento trasero del Toyota y me sorprendió cuando llegué a la playa, apuntándome con un revólver.
Victoria avanzó hacia él y le sujetó con fuerza el antebrazo.
—¿Dónde está?
—Se fue. No pude hacer nada.
—¿Qué pasó? —dijo, apretando con más fuerza.
—Creo que ha dado con nosotros por mi culpa.
Victoria soltó el brazo del chico.
—Explícate.
—Hace tiempo vengo siguiendo la cuenta de Tania por Instagram.
—¿La abogada española?
—Tengo un perfil falso para eso, pero supongo que me relajé. Hace unas semanas cambié una de las fotos. —El rostro de Victoria se ensombreció por completo—. Una foto de la tabla de surf apoyada en el cartel de la playa, en Surfers Point.
Victoria estampó la mano mutilada contra el pecho de su nieto y retrocedió. Ethan continuó.
—Hace unos meses le escribí una frase sin importancia en una foto que subió en una playa.
—¿Una frase sin importancia?
—Sí, era una más en medio de cientos de frases de diferentes babosos.
—¿Y qué pretendías? ¿Volver a ser amigos?
—Supongo que tantear.
—¿Tantear? ¿Es que ahora eres idiota?
Ethan la miró con los ojos bien abiertos.
—No me lo puedo creer, Ethan. No solo ha dado contigo, ahora estamos todos a tiro.
—Lo resolveré, abuela.
—Tú no vas a resolver nada. Hay que irse de aquí cuanto antes.
—¿Irnos? No le tengo miedo .
Victoria se encaró a él.
—Escúchame, hijo. Lo has estropeado todo —sus ojos brillaban de furia—.
Este lugar ahora es una cárcel. Solo hay dos carreteras para salir de aquí y cualquier ciudad con aeropuerto queda a horas de distancia.
Pero Silvia lo tendrá todo previsto y somos una presa fácil, a tiro de una llamada a la policía.
Quién sabe si no habrá contratado a sicarios para ajustar cuentas.
—Lo he estropeado, pero lo arreglaré. No nos iremos de aquí. Mamá es feliz, al fin.
—¡Cállate! —dijo en un susurro furioso—. Una frase en medio de cientos de babosos… todo por una mísera validación. Creí que eras distinto a los muchachos de tu edad.
—No soy un muchacho, soy un hombre.
—Un hombre imbécil. Eso es lo que eres. Volvemos a empezar, hijo —suspiró—. Qué voy a hacer con vosotros…
Ethan se separó unos pasos de ella y Victoria lo miró como si quisiera estrangularlo.
—Lo principal es que tu madre no se entere. La veo afectada y no creo que tarde en venirse abajo después de lo que pasó en España.
—Sí, abuela.
—Prepararé todo para irnos y se lo diremos en el último momento. Tú recoge solo lo imprescindible.
Ethan, que unos segundos antes necesitaba un abrazo de su abuela, sintió un cosquilleo recorriéndole el cuerpo.
—No nos iremos, abuela. Si hacemos eso, alarmaremos a la policía. Y es hora de arreglar esto de una vez.
—Nos iremos, si es que todavía podemos —dijo, mirando a través del cristal cómo su hija se impacientaba en el interior del coche—. Ha tardado dos años en encontrarnos. A ver si la próxima vez aguantamos un poco más antes de hacer estupideces.
—¡Basta ya! Tú nunca me has tratado así. Arreglaré mi estupidez, abuela .
Victoria se acercó a él y, con su mano de dos dedos, apretó con fuerza su antebrazo.
—¿Cómo?
—La mataré.
Y se sacudió para deshacerse de ella.
—¿Eso es lo que quieres?
—Lo tenía que haber hecho en Blue Valley. Tenías razón. Lo haré ahora.
—Qué vas a hacer tú. Bastante confundido te veo y Silvia ya nos lleva kilómetros de ventaja, como siempre.
—Abuela, irnos nunca fue tu plan. Siempre nos dijiste que debíamos afianzarnos en algún lugar, con una vida sencilla para disfrutar de los millones robados. Este es el lugar. No vamos a escapar más. Hay que deshacerse de Silvia para siempre.
—Entiendo tu cabreo. Pero ella te ha ganado esta partida y esta vez no vamos a la guerra. Nos retiramos.
Ethan dio un paso hacia ella.
—Yo no me voy a ninguna parte. Y más vale que no trates de convencer a mi madre, porque no me vas a hacer cambiar de opinión.
Después se dio media vuelta y salió hacia el coche.
Victoria salió detrás, hecha una furia, cerró la casa con llave y subió al coche tras él.
Wade arrancó y, antes de incorporarse a la carretera, los observó un instante por el retrovisor.
Casandra iba a su lado, pero no parecía ella.
Tenía la mirada fija al frente, la boca entreabierta y una preocupación tan visible que a Wade le produjo una inquietud inmediata.
Nunca la había visto así. Ethan ocupaba el asiento trasero, ausente, encerrado en ese silencio suyo que ya no sorprendía a nadie.
Victoria, sentada junto a él, permanecía rígida, arisca, con el bolso sobre las rodillas y la vista perdida en la ventanilla.
Ninguno parecía tener ganas de hablar. Y Wade, que siempre había sabido leer el mar antes de entrar en él, tuvo la sensación de estar conduciendo hacia una corriente que no entendía .
Cuando llegaron al primer cruce una patrulla estaba aparcada en el arcén en su misma dirección. Una única trayectoria para una misma familia.
A varios cientos de metros de allí, en una carretera elevada con vistas al mar, otro coche permanecía detenido, con el motor apagado y las ventanas entreabiertas. Desde allí se veía la línea de costa y el movimiento de los vehículos en la distancia con suficiente claridad.
Silvia no necesitaba prismáticos. Había aprendido a observar sin obsesionarse y a dejar que las piezas encajaran solas. Apoyó la cabeza contra el respaldo y dejó que el viento entrara ligeramente por la ventanilla.
Todo seguía su curso, toda la familia en una única trayectoria hacia el abismo.
Silvia cerró los ojos, sin prisa. Después permaneció allí unos minutos más, en silencio. Nada había terminado. Al contrario, ni siquiera había empezado.
Giró la llave. El motor arrancó con suavidad y se fue.