Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 23
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Capítulo 23

La nota tenía una sola doblez y algo familiar en su textura. Ethan y Victoria se miraron sin decirse nada, mientras Casandra, en la parte trasera, observaba distraída cómo los vecinos llegaban curiosos a husmear.

Ethan siguió conduciendo, asegurándose a través del espejo retrovisor de que su madre no se había enterado.

Victoria acarició el papel. El tacto era seco y la tinta irregular y desvaída en algunas letras, como en las notas anteriores.

La abrió.

“Pensé que el dinero sería suficiente.

Me equivoqué.

Ahora quiero otra cosa.

Quiero ver cuánto tardáis en romperos.”

Victoria leyó la nota una segunda vez, más despacio, y contuvo la sensación de frío que invadió su cuerpo.

Dejó el papel sobre las piernas y escondió las manos en su regazo.

Durante unos segundos no pensó en nada. Se limitó a encajar cada palabra en su sitio, como piezas de un mecanismo que, de pronto, empezaba a mostrarse completo.

Cerró los ojos un instante. Los abrió y miró el papel otra vez.

Peter no era el autor de las notas. Era Silvia, y no venía por dinero.

Victoria necesitaba tiempo para asimilar, recomponer su posición y calcular hasta dónde podían aguantar. Pero Silvia iba por delante de ellos. No sabía cuánto tiempo llevaba observándolos. Y ya no podrían comprarla.

Victoria dobló la nota y la dejó en el compartimento central del coche, como si fuera un documento más. Ethan vio una expresión de alarma en su rostro y aceleró.

—Despacio, hijo —dijo Casandra, abrochándose el cinturón trasero.

Ethan apretó suavemente el volante, salió de la calle donde residía Peter y se incorporó a la carretera principal, que, como siempre, estaba poco transitada.

Victoria había clavado la mirada en el mar y parecía haberse perdido en él. Silvia no había dejado aquella nota para asustarlos, sino para que entendieran su nuevo juego. Y podía estar observándolos desde alguna parte.

Para no demostrar debilidad, mantuvo una expresión serena. Pero en su interior algo había terminado de encajar. Las notas de Silvia no eran solo una amenaza. Aquello era un juego en el que ella llevaba la iniciativa y, con las lecciones aprendidas del pasado, no iba a dejarles tomar la delantera.

2

El canal de televisión local no anunciaba todavía la muerte de Peter.

Casandra daba vueltas por la cocina, desquiciada, apartándose el pelo de la cara una y otra vez y llevándose las manos a la cabeza.

Victoria la miraba y recordó aquellos días en España, cuando su hija rozó los límites de la cordura.

—Ahora lo entiendo. Silvia otra vez tras nosotros. ¿Qué vamos a hacer ?

—Debemos irnos.

—No quiero seguir escapando, abuela. Ya te lo dije.

Victoria paseaba por la cocina, acariciando con la yema de los dedos por debajo de los muebles. De forma inconsciente, buscaba micrófonos que pudieran estar grabándolos.

—Al jardín trasero, todos —dijo, caminando hacia el pasillo.

La parte de atrás de la finca estaba menos cuidada que la fachada principal, algo que parecía costumbre en el vecindario. Los vecinos dejaban morir las hierbas contra los matorrales traseros, que llevaban hacia una zona frondosa y arbolada comunicada con la calle paralela.

—Enfrentémonos a ella de una vez —dijo Ethan.

—Tú no quieres enfrentamiento, hijo. Tú quieres matar.

—¡Mamá!

—Déjala. No vas a convencerla.

—A ver si lo entendéis de una vez. Silvia no ha venido a por el dinero. Ha venido a acabar con nosotros, de la forma que sea. Quiere vernos entre rejas o muertos. Cualquiera de las dos opciones le vale.

Casandra se fue a la sombra de la casa y miró la luz dorada del atardecer. Todavía quedaban una horas, pero cuando se hiciera de noche, tal vez Silvia fuera más fuerte en esas circunstancias. Eso la aterró y le hizo recordar la oscuridad de cuando la secuestró.

—¿Crees que sería capaz de matar? —preguntó Casandra.

—Han pasado dos años desde la última vez que la vimos. En aquel momento no lo hizo, pero esa chica sigue en busca y captura, está arruinada y no tiene nada que perder. Las personas cambian en esas circunstancias.

—Silvia no es capaz de matar, la conozco bien —dijo Ethan.

Victoria se cruzó de brazos y se acercó a él.

—¿Y quién crees que mató a Peter? ¿Un sicario?

Ethan y Casandra se miraron, sin saber qué decir. Victoria se apoyó en el respaldo de una silla .

—Algo no hemos hecho bien y ahora ella ha subido la apuesta.

Casandra sacó el móvil del bolsillo.

—Tengo que hablar con Wade.

—Hablar no. Dormirás en su casa, pero no le dirás ni una palabra de lo que está sucediendo.

—Casandra la miró, sorprendida—. Repartiremos el riesgo.

No vamos a estar todos bajo el mismo techo esta noche.

Ethan, asegúrate de cerrar bien con llave cuando subas a tu apartamento y mañana decidiremos qué hacer.

—Mamá…

Victoria la miró, esperando que acabara la frase con lo que se temía que iba a decir.

—No quiero irme de aquí. Amo a Wade.

—Hija, tú siempre igual.

—No, mamá, esta vez es de verdad…

Ethan se acercó a ellas, intentando rehacer con aquel gesto el viejo pacto de familia.

—Acabemos con ella, abuela —dijo, abriendo los brazos para abrazarlas—. Irse no solucionará nada.

Pero Victoria retrocedió y el conjuro se interrumpió.

—Creo que ya es demasiado tarde para huir. La policía nos vigila de cerca y esa zorra ya tendrá esa posibilidad más que prevista.

Victoria tomó aire y levantó el mentón, como si olisqueara el peligro. Observó la luz del atardecer y después los miró.

—Llama a tu hombre y dispersémonos.

—¿No quieres que pase el resto de la tarde aquí? ¿No vamos a hablar más las cosas?

—Con ese hombre estarás protegida, hija. Y contigo aquí soy incapaz de pensar. Ethan, cógete algo para cenar y sube ya a tu apartamento.

3

Ethan no lograba dormir. Permanecía con los ojos abiertos, clavados en el techo oscuro de su dormitorio, mientras el viento silbaba sobre el tejado y las copas de los árboles crujían al rozarse unas con otras.

No era solo insomnio. Era una alerta constante, una atención afilada a cualquier sonido fuera de lugar.

Tenía la sensación de que, si cerraba los ojos, algo importante sucedería.

Quería levantarse, salir y encontrarla. Enfrentarse a Silvia allí donde estuviera.

Aunque trataba de que la muerte de Peter le importara e intentaba recordar algunos buenos momentos con él, todo eso ya había perdido peso.

Su mente volvía, una y otra vez, a la escena del asesinato de Ben Rourke, al peso del bate en las manos, al golpe seco y a la forma en que el cuerpo se desplomó sin resistencia.

Recordaba la espera, ese instante suspendido en el que se aseguró de que ya no respiraba. Y el bate hundiéndose en el mar.

«Lo hice bien».

Después recordó los primeros días en que conoció a Silvia: aquellos extraños chasquidos cuando entraba en pánico, su aspecto de niña arisca y sin futuro, y la muerte de Jason, el novio de su madre, que les había permitido robar millones en criptomonedas.

Luego recordó su llegada a Blue Valley, años después, tan cambiada que se enamoró de ella y creyó que era mutuo.

Pero sus intenciones eran otras. No paró hasta encontrarlos de nuevo en España y secuestrar a su madre, que estuvo a punto de morir en manos de un loco a sueldo.

Ahora, en Prevelly, al otro lado del mundo, la tenía cerca otra vez.

En un nuevo juego que ella estaba liderando.

Era más peligrosa. Ethan ya no era el único que sabía matar.

Ella también era una asesina, e iba a por ellos.

Ya no se trataba de recuperar un botín de criptomonedas robadas.

Ahora quería acabar con la familia Hudson.

Afuera hubo un momento de quietud, como si alguien hubiera silenciado el mundo. Escuchaba sin moverse por si algún peldaño de la escalera crujía. Pero el viento volvió a soplar, sin más novedad que su zumbido constante.

«Si esto va a terminar… terminará a mi manera».

Los minutos fueron pasando en la madrugada. Aunque dormitaba a pequeños ratos, al final el sueño lo venció. Cuando abrió los ojos, habían pasado horas.

4

Casandra abrió los ojos sin reconocer del todo el lugar. Las primeras luces del amanecer se colaban entre las contras de la ventana del dormitorio de Wade. Lo oyó trastear con cuidado la vajilla en la cocina. Aquella casa no era demasiado grande, pero no necesitaban nada mejor.

A su alrededor no había orden pero todo estaba en su sitio.

Los trajes de neopreno asomaban entre las puertas del armario, las chanclas descansaban en una esquina del dormitorio, donde se acumulaba algo de arena, y las sábanas blancas seguían arrugadas.

Pero podría adaptarse. Incluso mejorarlo con su propio toque.

No necesitaba más. Solo el aroma a café, las tortitas recién hechas y un beso de Wade. Con eso podría vivir.

«Tendría que haber venido para esta casa hace mucho tiempo».

Tal vez fuera demasiado tarde para eso. En su móvil no había ningún mensaje de su familia, lo cual no la tranquilizaba. Tal vez les hubiera pasado algo.

—¿Algo de lo que preocuparse ?

—No… —dijo, sonriendo al verlo aparecer—. Solo trasteaba con el móvil.

Wade se acercó con el torso descubierto. Su piel olía a playa, y el beso le dejó un sabor a mar en los labios que la retuvo un instante.

—Eres adorable.

—Solo contigo.

Después se fundieron en un largo abrazo.

—¿Sabes algo de tu madre? ¿Se le habrá pasado el enfado?

—Seguro que sí —dijo, para encubrir su propia mentira—. Pero debería venirme a vivir contigo de una vez.

Wade sonrió y se irguió.

—Deberías. A ver si esto te ayuda a decidirte de una vez.

Y comenzó a pellizcarla entre risas.

—¡Para! Así no vas a conseguir nada —dijo entre carcajadas.

—Venga, desayuna conmigo y después te llevo a tu casa para que te reconcilies y hagas las maletas.

Wade le guiñó un ojo y salió hacia la cocina.

Casandra, con una sonrisa en la boca que se fue apagando poco a poco, empezó a dudar de sí misma.

De sus mentiras, de las mentiras de su familia y de si quedarse sería la mejor opción para ellos.

También para Wade, que podría verse salpicado por el pasado de todos los Hudson.

Silvia estaba cerca y algo podía hacer estallar sus planes de felicidad.

Y podía suceder muy pronto, tal vez en las próximas horas.