Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 22
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Capítulo 22

El sol comenzaba su descenso cuando las patrullas se detuvieron frente a la casa de Peter. El barrio estaba tan sereno como cualquier domingo a primera hora de la tarde. Los mayores descansaban y los jóvenes se divertían en la playa.

Llegaron con las sirenas apagadas y aparcaron fuera de la verja, con el motor al ralentí y la grava crujiendo bajo las ruedas. El inspector Keegan bajó primero y observó la fachada. Las cortinas estaban corridas.

A su señal, uno de los agentes avanzó unos pasos y llamó con los nudillos.

Nadie respondió.

Repitió el gesto, esta vez más fuerte. Keegan intercambió una mirada con su compañero y empujaron la puerta.

Estaba abierta, como solía suceder en ese tranquilo vecindario antes de los asesinatos.

Era un indicio de confianza o de descuido.

Si Peter se sentía fuera de peligro, ¿para qué cerrar la puerta con llave?

El interior estaba en penumbra y en silencio.

No había música, ni televisión, ni el murmullo de nadie moviéndose por la casa.

Cuando entraron, el salón mostraba señales de una noche mal terminada: una botella de vino abierta sobre la mesa, un vaso medio lleno y el sillón ligeramente desplazado.

No había un desorden que llamara la atención, y, sin embargo, todo parecía fuera de lugar .

El inspector avanzó despacio por el pasillo, reparando cada detalle de las estancias con las puertas a medio cerrar. En la cocina todo parecía en su sitio, igual que en el baño y en la pequeña salita que Peter usaba como biblioteca. Pero había algo que no encajaba.

Lo encontraron al fondo del pasillo. Al asomarse a la puerta entreabierta de su dormitorio, el cuerpo estaba tendido de lado, como si hubiera caído. Keegan acercó la mano a la pistola, listo para desenfundar si era necesario.

—¿Peter?

Empujó la puerta hasta abrirla del todo, dejándola golpear lo justo para despertarlo de una siesta.

Pero Peter no se movió. Cuando el inspector entró, vio que la sangre de la puñalada en la garganta se había extendido entre la colcha y la alfombra. Keegan observó que no había destrozos ni signos de lucha prolongada. Solo una intervención precisa y eficaz.

Se agachó ligeramente, sin tocar nada, y observó el ángulo del cuerpo, la posición de las manos y la aparente serenidad de Peter. Enseguida entendió la precisión de la cuchillada, el punto exacto donde apenas hay tiempo de reacción y la muerte llega en pocos segundos.

—Llamad al forense —dijo al fin, en voz baja.

Un agente asintió, sin apartar los ojos de la escena.

El inspector se incorporó despacio y volvió al salón. La botella, el vaso, el sillón mal colocado y al girarse, la puerta principal sin cerrar con llave.

Tres muertos en pocos días. Posible conexión entre ellos.

Pero ahora, el principal sospechoso también había sido asesinado.

Regresó al dormitorio y se detuvo de nuevo ante el cuerpo.

Aquella ejecución no era del mismo tipo que los asesinatos anteriores.

Había demasiada distancia entre un golpe en la cabeza y una puñalada precisa .

Alguien había actuado justo cuando iban a detenerlo, tal vez para ocultar algo o para sacudir las fichas del tablero.

2

El cordón policial mantenía a los vecinos a una distancia prudente, pero no suficiente para evitar las miradas hacia la familia Hudson, situada junto al furgón policial.

Había un murmullo constante. Muchos de ellos habían presenciado la escena después de misa, cuando Peter animó los aperitivos algo achispado.

En la casa, los agentes entraban y salían, abarrotando el pasillo y haciéndola parecer más pequeña de lo que realmente era.

Victoria evitó mirar hacia dentro y subió al furgón sin decir nada. Un agente se colocó frente a un portátil, dispuesto a recoger una primera versión de los hechos, mientras a su lado el inspector Keegan repasaba un pequeño cuaderno antes de alzar la vista.

Casandra se abrazada a Ethan, permaneciendo próximos al portón abierto y atentos a lo que podrían oír de la declaración.

Victoria juntó las manos sobre su regazo y al ver que el inspector fijaba la vista en ellas, ocultó la mano mutilada bajo la otra. Bajó ligeramente la mirada, sosteniendo esa pose.

—Señora Hudson, ¿cuándo fue la última vez que vio a Peter con vida?

—Esta mañana, al salir de misa, en el Coast Garden.

El hombre anotó algo.

—¿Detectó algo raro en su comportamiento?

—Todos se lo notaron. Estaba algo bebido.

—¿Le pareció un comportamiento habitual?

—No. Aunque últimamente estaba bastante raro .

—¿A qué se refiere?

—A que… —Hizo una pausa, como si buscara la palabra adecuada— se había distanciado. Estaba más callado, más ausente.

El inspector la observó con atención.

—¿Distanciado de usted?

—De todos. Ya casi no venía por casa.

—¿Desde cuándo?

—Unos días. Tal vez una semana.

—¿Y eso le parecía normal?

Victoria negó.

—No, pero no me llamó lo suficiente la atención. A veces teníamos alguna peleílla. Ya sabe, a estas edades cada uno se lo toma como quiere.

El inspector volvió a centrarse en Victoria.

—¿Sabía a qué se dedicaba Peter estos últimos días?

—No. Y, sinceramente, empezaba a preocuparme.

—¿Por qué?

Victoria levantó la vista y se esforzó por ocultar la lucidez de su mirada.

—Porque no era él.

—¿Tenía problemas? ¿Deudas? ¿Algún conflicto reciente?

—No que yo supiera.

—¿Y enemigos?

Victoria le sostuvo la mirada con compasión.

—No era ese tipo de hombre.

El inspector cerró lentamente su cuaderno.

—Entiendo que una relación siempre deja huella, señora Hudson, pero tres personas de su entorno han muerto en pocos días.

Victoria se tomó unos segundos para responder, poniendo cara como si le costara conectar con la realidad.

—¿Tres? Yo solo respondo por Peter, no me meta en esos otros dos asesinatos, inspector .

—Su nieto tenía amistad con la chica que los denunció por agresión sexual.

Ethan y Casandra apenas escuchaban alguna palabra suelta desde su posición.

—¡Maldita sea! Un día tomó una copa con ella delante de todo el pueblo y ya es sospechoso de algo. Apenas les había dado tiempo a intercambiarse sus teléfonos.

El hombre la observó unos segundos.

—¿Dónde estaba usted esta mañana?

—En misa. Ya se lo dije.

—¿Podría alguien confirmarlo?

—Mi hija Casandra me acompañaba. Muchas personas nos vieron allí y en el bar, después.

Keegan asintió, sin apartar la mirada de Victoria.

—¿Y su nieto?

—En el bar. Esperándonos, como siempre.

El agente tecleaba, el inspector abrió el cuaderno pero no escribió nada.

—Dada su relación con el señor Peter Walsh, ¿por qué no comieron juntos?

—Los domingos son sagrados. Preparo mi tradicional estofado y como con mi familia.

—¿Y no suele invitar a su pareja ningún domingo?

—Ni a la pareja de mi hija. Salvo compromiso firme, la comida de los domingos es con los míos, los de siempre. Y a eso estábamos hasta que una patrulla vino a buscarnos.

—Señora Hudson… Si hay algo que no nos está contando, este es el momento.

Victoria dejó pasar un instante.

—No lo hay.

—De acuerdo —dijo, incorporándose—, de momento es suficiente.

El inspector le indicó con un gesto a Victoria que saliera primero, pero ella se mantuvo impasible .

—¿Cómo lo mataron?

Keegan cerró el cuaderno.

—Si le sirve de algo, no sufrió. Fue algo rápido.

—¿Un golpe en la cabeza? —dijo, fingiendo sufrimiento.

—Algo menos doloroso. De momento, no diremos nada más. Lo siento, señora.

Victoria agradeció el comentario con un movimiento de labios y buscó el apoyo de su hija y de su nieto que, en cuanto la vieron asomarse, se acercaron y la ayudaron a bajar del furgón como si necesitara ayuda.

Después se alejaron hacia el cordón, bajo la atenta mirada de los vecinos. Victoria se detuvo, miró por última vez el hogar de Peter y susurró:

—Salgamos de la casa de este perdedor y vayamos a la nuestra. Me muero por un café.

Cuando subieron al coche y se incorporaron a la carretera, el sol les dio de lleno en los ojos y Victoria bajó el parasol para protegerse. Un papel cayó sobre su regazo.