Asesinos Sin Límite (Sin Límite 5) Capítulo 20
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Capítulo 20

Ethan conducía el Toyota en silencio mientras su abuela observaba el color rojizo que el sol había dejado en el horizonte. Casandra regresaría a casa más tarde, cuando en el Coast Garden ya no hubiera tanta gente y a su novio se le fueran apagando las pilas de bromear con los clásicos de cada día.

Al llegar a casa, Victoria verificó con una mirada rápida que todo seguía en su sitio en el garaje. Después, al abrir la puerta, hizo el recorrido habitual. Las puertas entreabiertas en la misma posición y los objetos detrás de ellas en el mismo lugar.

Terminadas las comprobaciones, se reunió con su nieto en la cocina.

Mientras él ponía el televisor en el canal de noticias locales, ella guardó los cubiertos en el cajón.

Al abrirlo, comprobó que el orden no era el mismo que acostumbraba, tal vez las últimas horas, o días, se había descuidado un poco.

Colocó primero los que sujetaba con los dos dedos que le quedaban en la mano mutilada, alineándolos con precisión, separando cuchillos, tenedores y cucharas.

Después deslizó ligeramente los que ya estaban dentro, corrigió apenas unos milímetros, ajustó espacios y devolvió cada pieza a su sitio exacto.

El metal chocaba suavemente mientras los ordenaba. Cuando terminó, sostuvo el cajón abierto un segundo más y comprobó que todo volvía a estar en su lugar.

En la televisión, la voz del presentador empezó a hablar sobre el hallazgo del cuerpo. Seguían hilando la teoría que empezaba a afianzarse: los antecedentes de los asesinados, un posible ajuste de cuentas ligado a su pasado y, según insinuaban, gente llegada de fuera para ejecutarlo.

Victoria no miraba hacia la pantalla. Se apoyó un instante en la encimera, revisó el la bandeja cubertera y, con el orden, volvió también lo demás.

—¿Cenamos algo, hijo?

—Ha sobrado estofado del mediodía, ¿no?

Victoria sonrió, señalando el horno. Ethan se acercó al electrodoméstico y accionó los mandos.

Después ella sacó dos copas de cristal y sirvió el vino rosado que también guardaba de la comida.

Cada uno cogió su copa y aspiró el aroma al mismo tiempo.

Después se miraron y, aunque no se hicieron ningún gesto, los dos brindaron con la mirada.

2

Ethan cerró la puerta con suavidad, dejando que el clic del pestillo se apagase en el hall de entrada.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, haciendo con la vista el mismo recorrido instintivo que habría hecho su abuela, confirmando que todo estaba en su sitio y que regresaba a la quietud de su apartamento.

Se quitó las zapatillas y, sin darse cuenta, las dejó alineadas junto a la pared. Ese pequeño orden era una prolongación natural de lo que llevaba dentro. Accionó un interruptor y las lámparas de sobremesa se encendieron, extendiendo una penumbra agradable que lo invitaba a relajarse.

Entró en el dormitorio y se dejó caer sobre la cama, boca arriba. El colchón lo recibió como un abrazo y su cuerpo se adaptó a aquella superficie como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía horas .

Sacó el móvil. La pantalla iluminó su rostro con una luz fría.

Abrió la aplicación de criptomonedas y empezó a deslizar el dedo.

Líneas ascendentes y descendentes en las gráficas dibujaban una historia silenciosa.

Bitcoin, Ethereum y algunos valores de otras criptomonedas más pequeñas y más arriesgadas.

El dinero se movía, cambiaba de valor, sin más, como si no necesitara un motivo.

Multiplicó mentalmente la cotización de ese momento por el número de criptomonedas en su poder y sonrió al comprobar que era más rico que el día anterior.

Pero no era euforia lo que le recorría el cuerpo.

Se regocijaba porque aquel resultado era la consecuencia natural de un proceso bien ejecutado desde que las había robado, años atrás, y bien protegido por quien decidió enfrentarse a todo por su familia.

Dejó el móvil apoyado sobre el abdomen y perdió la mirada en el techo. La luz de la lámpara dibujaba sombras suaves que se desplazaban con cada respiración.

Cerró los ojos y percibió equilibrio en su vida.

Asesinar le había dado paz y su abuela no lo había cuestionado.

«Tal vez sea como una terapia para mí».

No se dejó sorprender por ese pensamiento y mantuvo la calma. Después abrió los ojos con lentitud y volvió a mirar la pantalla. Las cifras ya no tenían la misma relevancia en su cabeza, pero seguían ahí, incontestables.

Giró la cabeza hacia la ventana. Más allá del cristal, el bosque se extendía por detrás de los chalets como una masa oscura y compacta, apenas distinguible en la noche. Y sin embargo, no le parecía vacío. Le recordó al mar.

Respiró hondo. Dejó que el aire le llenara los pulmones sin esfuerzo y lo soltó con la misma naturalidad.

«Así es como debería ser siempre».

Durante unos segundos permaneció así, con los ojos abiertos, mirando al techo, hasta que el nombre de Tania apareció como una variable más dentro de aquel sistema que parecía haberse ordenado por completo.

Sintió el impulso de entrar de nuevo en su cuenta de Instagram y responder a alguna de sus fotografías recientes desde su perfil falso, solo para comprobar si la abogada española percibía su poder al otro lado del planeta.

Pero enseguida reconoció que ese sentimiento era absurdo, casi infantil, y que estaba ahí sin demasiada importancia, porque lo importante no era ella, sino su satisfacción interior.

Ethan comprendió, sin querer profundizar más, que mientras ese estado se mantuviera, lo demás sería manejable.

Volvió a cerrar los ojos.

La pantalla del móvil se apagó unos segundos después y su cuerpo se acomodó sobre el colchón hasta encontrar una posición cómoda. El sueño llegó sin esfuerzo y, en ese tránsito, justo antes de perder la conciencia, sintió que todo estaba en orden.

3

A la mañana siguiente, Casandra fue la primera en llegar a la cocina. La casa estaba en silencio y solo se percibía el sonido de los pájaros que llegaba desde el exterior. La luz entraba tenue a través de los cristales, como si tampoco tuviera prisa en avanzar.

Durante los últimos días, el descanso se había vuelto irregular.

La sensación de alerta no desaparecía desde que había descubierto que su madre y su hijo no querían que se metiera en algo que ella no lograba descifrar.

Pero esa noche había dormido bien y, por lo que observó, el resto de la familia también.

Ethan no había madrugado. El coche y la bicicleta seguían en el mismo lugar, y su madre acababa de tirar de la cisterna en el baño de su habitación.

Victoria entró en la cocina y se detuvo un instante en el umbral. Su hija, frente a la encimera, ya preparaba el café y había colocado tres tazas sobre la mesa.

—¿Has dormido bien, hija?

—Regular… —mintió.

Ethan apareció justo cuando el pan saltó de la tostadora.

—Vaya, hoy desayunamos todos juntos. ¿Qué tal has dormido, cariño? —dijo Casandra, besándolo.

El chico asintió, todavía somnoliento, con la vista fija en las tostadas que su abuela estaba untando.

Casandra tomó asiento frente a él y observó la ausencia de tensión entre ellos. Ya no estaba aquel silencio cargado de los días anteriores, ese que escondía algo. Las miradas esquivas habían desaparecido y todo fluía con la naturalidad que le resultaba familiar.

Victoria dejó la cafetera sobre la mesa y sirvió las tazas sin prisa.

—Hijo, no pongas la tele en ese canal de noticias. Estoy cansada de los asesinatos esos. Pon algo que nos relaje la mañana.

Ethan tomó un sorbo de café y puso un canal donde un monitor de fitness y sus alumnas de la tercera edad calentaban los músculos para una sesión televisada de ejercicios mañaneros.

Victoria no dijo nada, pero con un leve gesto confirmó que le valía la elección.

Casandra observó ese pequeño intercambio entre su madre y su hijo y sintió cómo algo dentro de ella empezaba a relajarse.

«Quizá lo peor ya había pasado».

Los últimos días habían sido algo tensos.

Los silencios, las miradas desconfiadas, la impresión de que había algo que nunca llegaba a entender del todo.

Una fricción acumulada que no sabía de dónde venía, pero que deseaba ver desaparecer para seguir con la vida tranquila que estaba intentando construir, lejos de su desastroso pasado.

Y ahora parecía haberse disipado.

Casandra apoyó las manos sobre la mesa y dejó que su mirada recorriera la cocina con más detenimiento.

Era un espacio sencillo, sin grandes pretensiones a pesar de que pudieran permitirse una vivienda lujosa, pero había algo que empezaba a resultarle cercano.

No era solo el lugar. Era la posibilidad que representaba.

Quería quedarse. Esa era su opción real.

Imaginó los días repitiéndose con una calma parecida a la de esa mañana. Desayunos sin tensión, conversaciones sinceras y miradas distraídas. Se vio caminando por la playa, reconociendo sus pisadas y acostumbrándose a la luz cambiante del lugar.

Inevitablemente pensó en Wade.

Su presencia apareció de forma inmediata. La forma en que la miraba, la tranquilidad que transmitía, esa sensación de estar en el sitio correcto cuando estaba con él. No había complicación en esa idea.

Podía funcionar.

Victoria dejó la cafetera a un lado y se sentó por fin.

Permanecieron en silencio, compartiendo ese espacio sin necesidad de llenarlo con nada más.

Casandra tomó otro sorbo y el calor le resultó agradable, casi reconfortante.

Volvió a mirar a Ethan. Había algo en él que también parecía haber cambiado, aunque no sabría definirlo.

Seguía siendo el mismo chico callado y observador.

Quizá lo que había visto en los últimos días no era más que una grieta puntual, una tensión que necesitaba resolverse. Quizá, después de todo, podían construir algo estable sobre lo que quedaba.

Dejó la taza sobre la mesa y miró a su madre.

—Mañana podría invitar a Wade a desayunar aquí .

Ethan acababa de dar un mordisco enorme a la tostada y se quedó mirándolas a las dos. Victoria observó a su hija, sin inmutarse. Casandra sonrió y le guiñó un ojo al chico.